La oración del sacrificio

«Señor: Dame una buena digestión y naturalmente
alguna cosa que digerir. Dame la del cuerpo con el buen necesario
para mantenerla. Dame un sana, Señor, que tenga siempre ante los ojos lo
que es bueno y puro, de manera que frente al no me escandalice, sino que
sepa encontrar la forma de ponerle remedio. Dame un alma que no conozca el
aburrimiento, los refunfuños, los suspiros y los lamentos y no permitas que me
tome demasiado en serio esa cosa tan invasora que se llama "yo". Dame el sentido
del humorismo, dame el don de saber reír de un chiste, a fin de que sepa traer
un poco de alegría a la vida y hacer partícipes a los otros. Amén». Tomás Moro
(1478-1535).

¿Tiene sentido la mortificación?

Para quienes se horrorizan de la mortificación
cristiana

Cada año con la llegada de la Cuaresma -tiempo
que los católicos dedicamos a intensificar la y la penitencia- se
reavivan las críticas, burlas o incomprensiones, hacia las prácticas
de mortificación, llegando en ocasiones al escándalo: no faltan quienes se
sorprenden indignados de que todavía en el secularizado y moderno haya
quienes se mortifican.

Problemas de
entendimiento
No deja de resultar curioso el rechazo que siente
la cultura postmoderna por la mortificación ajena. En el fondo, parecería
encerrar una buena dosis de .

Si se lo mira, desde un punto de
vista meramente terrenal, se trata de algo libre que además beneficia a quien lo
practica. En efecto:
· supone el ejercicio de la libertad personal: nadie es
obligado a hacerlo, sino que se hace de buena gana
· se realiza por motivos
espirituales: de elevación y mejora personal
· no perjudica a nadie: por el
contrario, muchas mortificaciones favorecen a los demás (uno se niega a sí mismo
en beneficio del prójimo).
· no daña la propia salud: es más, muchas
mortificaciones contribuyen a su mejora.
· se practica privadamente: no tiene
por qué molestar, ya nadie hace gala de sus mortificaciones, ni las muestra, ni
las hace en público, sino que intenta ser lo más discreto posible por una
cuestión de humildad, siguiendo la enseñanza del Maestro: “cuando ayunéis, no os
finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran sus rostro para que la gente
vea como ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en
cambio, cuando ayunes perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que los hombres no
adviertan que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en
lo oculto, te recompensará” (Mt 6,16-18).

Así mirado, en realidad debería
mover a la admiración y alabanza ajena.
Por el contrario, es llamativo que en
una cultura que se dice tolerante con todas la opciones personales, la
mortificación produzca semejante rechazo: debería entrar entre lo buenamente
tolerado.
Este escándalo es por lo menos contradictorio. Se da en un mundo
que “bendice” -por ejemplo- la eutanasia, lo que podría considerarse la peor de
las mortificaciones (obviamente no lo es, ya que no es un acto de generosidad,
en el que uno se ofrece por los demás). Y paradójicamente se da que quien no ve
con malos ojos que quien está harto de vivir (o sufre) se mate a sí mismo y que
la sociedad lo ayude a hacerlo, se horroriza porque una persona decide sufrir un
poco por motivos altruistas.

El es parte de la vida de
cualquier persona. Cambian las motivaciones y las prácticas concretas. De hecho,
la cultura que rinde culto al cuerpo tiene también su “mortificación”
secularizada:
· piercing: agujerearse el cuerpo y llevar colgando todo tipo
de metales en las partes más variadas del cuerpo: lengua, ceja, cintura, pechos,
etc.
· tatuajes: marcarse el cuerpo como antiguamente se hacía a los esclavos
con inscripciones que duran para toda la vida
· cinturones gástricos que
impiden comer más de al cuenta
· costosas cirugías estéticas para mejorar el
perfil de la cara
· la deportiva exige a los atletas sacrificios
dietéticos y de entrenamientos muy duros.
· dietas extenuantes para lucir el
cuerpo exageradamente flaco que exigen a las los cánones estéticos
actuales; y que no pocas veces conducen a enfermedades psiquiátricas como la
anorexia o la bulimia
· horas agotadoras de gimnasio para conseguir una
musculatura “dibujada” y una pancita plana.
· exposición solar por horas
sufriendo un calor a veces insoportable para lucir un bronceado que teóricamente
mejore la propia imagen (esto sólo lo hacen los blancos, paradójicamente las
personas de otras razas intentan blanquear el color de su piel)
· encierro
por horas en boliches sin luz, sin aire, llenos de humo, con
ensordecedora, en horarios que exigen horas de paciente espera…

¿No
será que lo no se entiende y hasta escandaliza no sea la mortificación en sí
misma, sino el motivo por el que se realiza?
En efecto, lo que no se entiende
de la mortificación cristiana es el por qué: no se hace para ganar , ni
para adquirir fama, ni gloria, ni poder, ni para triunfar profesional o
deportivamente, ni para tener un cuerpo más atractivo, ni por motivos egoístas.
Todo sacrificio hecho por motivos terrenales es elogiado. Pero, si la motivación
dice ser espiritual, la cosa cambia. Desconcierta… y hasta indigna.

Y a
ese mismo mundo de las dietas estrictas le parece un horror el ayuno: que una
persona deje voluntariamente de comer por amor a le suena como un acto
oscurantista, , masoquista y superado… Y le molesta que haya gente
que lo practique. De la práctica de la mortificación corporal ni
hablemos.

Y los que se escandalizan por el celibato (que haya quienes no
se casen por el Reino de los Cielos les parece una afrenta a la humanidad), son
los mismos que no quieren casarse para no atarse a nadie (¿para qué casarse, se
preguntan, si se puede gozar de una mujer/hombre sin compromisos y sin hijos, y
cambiarlo/a cuando se quiera, sin más trámite?)

La sorpresa de algunos de
nuestros contemporáneos ante la mortificación resulta más curiosa todavía si se
tiene en cuenta que no es algo nuevo: los se han mortificado
ininterrumpidamente durante los 2000 años del . No se trata de un
invento reciente de algunos cristianos, sino de una práctica dos veces milenaria
de todos ellos. Sin ir más lejos, la Cuaresma (ese tiempo de preparación para la
Pascua que se caracteriza por la práctica de la mortificación más intensa)
procede de los primerísimos siglos: consta que ya en el siglo II los cristianos
ayunaban como preparación a la fiesta de la .

Esta
incapacidad para entender la mortificación es una limitación cultural. Ya
pasará, es consecuencia de las modas imperantes.
La cultura hedonista es un
fracaso antropológico, que hace mucho daño al hombre. Basta ver sus frutos:
depresión, , odio a los , disminución de , plaga de
divorcios, abortos, promiscuidad, exaltación de la pornografía y de la
prostitución, sida, masacres de embriones, experimentación con seres humanos,
intentos de “producción” de seres humanos para la provisión de órganos a
personas enfermas…
El hedonismo hace mucho daño al hombre. Ya pasará, como
todas las modas. Es una lástima la gran cantidad de gente que destruye su vida
(¡la única que tiene!) encandilados por la cultura de la , con un proyecto
vida tan dañino para ellos mismos. Es cuestión de paciencia porque sabemos que
después de una generación viene otra… y las modas pasan.

Los cristianos
entendemos que quienes tienen una planteo materialista de la vida no puedan
entender la mortificación y muchas otras cosas. El mismo Jesús, cuando reprendió
a Pedro por intentar convencerlo de que eso de la cruz era una locura, le dijo
“tus pensamientos no son de Dios, sino de los hombres” (Mt 16,23). Por ese
camino no se entiende. Y Pablo señala: “el hombre animal no puede entender
las cosas que son del de Dios, son necedad para él” (1 Cor 3, 14).
Sucede que quien está saturado de , piensa y juzga todas las cosas
según esas solas coordenadas: según el antiguo adagio, ya citado por el mismo
: “comamos y bebamos que ñana moriremos” (1 Cor
15,32).

¿Por qué los cristianos se
mortifican?
La mortificación pertenece a la esencia misma del
cristianismo: no hay cristianismo sin cruz. Así consta en la y
así lo vivieron los cristianos desde el comienzo.

Es más, fue también así
en el . En efecto Dios envía a los profetas a predicar la
penitencia. Baste pensar en Jonás y su predicación en Nínive: “dentro de
cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3,4). Y como la penitencia de sus
habitantes movió la divina (Jonás 3,10).

Y los tiempos
mesiánicos, se abren con San Bautista, que “curiosamente” vive en el
desierto, se alimenta de manera rudimentaria, viste penitentemente, etc. (Mt
3,4). Y no es casualidad, es parte del plan divino. Su predicación precisamente
es “haced penitencia, pues el reino de los cielos está al llegar” (Mt 3,3).
Y
el mismo Mesías comienza su vida pública, con cuarenta días de ayuno en el
desierto (Mt 4,2). Invita a llevar la cruz. Anuncia la persecución a sus
(Lc 21,12). Duerme a la intemperie en sus viajes (no tiene donde
reclinar su cabeza: Mt 8,20). Afirma que nadie tiene amor más grande que dar la
vida por sus (Jn 15,13). El mismo se entrega a la muerte para salvarnos:
téngase en cuenta que todos los sufrimientos soportados por Cristo en la Pasión
deben considerarse voluntarios, no sólo como el ofrecimiento de algo sucedido
contra la propia voluntad y que no puede evitarse: “por eso me ama el Padre,
porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy
voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo”. Como
explica a sus discípulos que era necesario que así sucediese (Lc 24,25-26): no
había otro camino.

Es tan necesario que resulta incluso una condición
básica para poder ser cristiano. El mismo Jesús lo subraya cuando invita a
seguirlo: “Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga”
(Mt 16,24). Y los discípulos, a quienes les costó mucho aceptarlo al principio,
acabaron entendiendo: poco después de Pentecostés cuando son azotados por el
Sanedrín, salen de haber sido considerado dignos de sufrir por Cristo
(Hechos 5,41) y sus cartas están llenas de referencias optimistas y hasta
gozosas a la cruz. Un ejemplo entre muchos, en San Pablo: “Ahora me alegro por
los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta
a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col
1,24).

Por eso los cristianos desde muy temprano adoptaron la cruz -el
instrumento donde su Dios fue torturado y asesinado- como el signo cristiano por
excelencia. Y no por masoquismo, sino por piedad: es la máxima manifestación del
amor de Dios.
Y, aunque nadie busca serlo, los mártires son los héroes
cristianos: se considera el martirio una .
Y nos preparamos para la
fiesta más grande (la Resurrección de Cristo) con un largo tiempo de penitencia:
cuarenta días de Cuaresma, que conmemoran los cuarenta días de ayuno de Jesús en
el desierto (en los que –además de la oración, sacrificio y caridad personales-
se nos manda hacer dos días de ayuno). Y todos los del año son días
penitenciales, en los que a través de la nos unimos a la Pasión
Redentora[1].

Y Dios perdona nuestros pecados en el
de la penitencia, donde la misericordia divina nos “aplica” los méritos de la
Pasión y Muerte de Cristo. Y la purificación de las “secuelas” del pecado se
realiza uniéndose personalmente a la cruz de Jesús a través de la penitencia en
sus dos dimensiones: la principal -interior, el cambio de corazón- y su
manifestación externa -la mortificación- ( de la Iglesia n.
1431).

En la cristiana la salvación eterna pasa por la cruz. Ahí
nos redimió , y por allí debemos pasar también los discípulos. Santa
Rosa de lo decía de un modo gráfico: “fuera de la cruz no hay otra escalera
por la que subir al cielo”.

La mortificación tiene dos “versiones”. La
“pasiva” consiste en la aceptación generosa y alegre de las penas, dolores y
sufrimientos que nos vienen sin buscarlas. La “activa” son las que nos buscamos
por propia iniciativa (sobre formas de penitencia, cfr. Catecismo de la Iglesia,
nn. 1434-1439).

Una aclaración. Los cristianos no estamos . Nadie
piense que sentimos placer en el dolor -nos duele como a cualquiera, aunque
obviamente con el tiempo uno se acostumbra-. Tampoco pensamos que es un “precio”
que hemos de pagar por nuestra salvación.
Nos mueve el amor. Siendo el primer
mandamiento el amor a Dios (Mt 22,37-40) -y a fin de cuentas el único, ya que
todos los demás se dirigen a eso- no podía ser de otra manera: nos mortificamos
por amor: como expresión de amor y para hacernos capaces de amar mejor.
Y,
aunque es muy necesaria, la mortificación está muy lejos de ser la principal
práctica cristiana. Tiene una función de purificación interior, y, por lo mismo
no es un fin en sí misma: nos purificamos para ser más gratos a Dios y
disponernos a ser más dóciles a la acción del Espíritu .
La
mortificación sólo tiene sentido y valor en un contexto de amor a Dios. Quien se
mortificara por otros motivos -por soberbia o vanidad, para sentirse puro,
superior, o lo que sea- perdería todo el mérito de su acción, que quedaría
vaciada de contenido.

Y la verdad es que tampoco es para tanto… No
somos mártires, ni nos sentimos héroes, ni víctimas. Nos parece que es lo menos
que podemos hacer por quien ha sufrido tanto por
nosotros.

Los beneficios de la
mortificación
Los principales beneficios de la mortificación
son espirituales.
¡Hace tanto bien al alma! Purifica de los propios pecados y
de sus consecuencias, “espiritualiza” aumentando la sensibilidad para la
oración, da dominio sobre uno mismo, aleja las tentaciones, libera de caprichos,
inmuniza contra el consumismo y la frivolidad, es de generosidad. Lleva
a superar defectos y a crecer en virtudes.
Y como la mejor mortificación es
la que nos ayuda a mejorar nuestro carácter y a darnos a los demás, tiene muchas
consecuencias en el plano humano. Nos ayuda a trabajar mejor (la puntualidad y
el orden, por ejemplo, son excelentes mortificaciones). A vivir mejor la caridad
y la convivencia (soportar pacientemente las inoportunas, escuchar a
personas pesadas, etc. son otros tantos ejemplos de mortificación). Incluso
ayuda a disfrutar más las cosas buenas de la vida (la falta de negación de uno
mismo lleva a que las cosas “empalaguen”), de la misma manera que cuando éramos
chicos, los caramelos que nos gustaban, los disfrutábamos más cuanto menos los
comíamos.

La mortificación no nos amarga la vida, ni nos empequeñece el
ánimo, sino que acaba siendo fuente de alegría.

Así lo vivieron los
santos y millones de cristianos “comunes” que ven en la cruz una de
Dios.

Para comprender el sentido de la mortificación del cristiano es muy
recomendable, por ejemplo, leer los textos de la Liturgia de Cuaresma: las
oraciones y lecturas de las Misas de cada uno de esos cuarenta días. Se puede
encontrar allí un tesoro de doctrina.

Y si tenemos en cuenta que Dios
sólo nos pide lo que necesitamos, descubriremos que paradójicamente la
mortificación es clave para la consecución de la felicidad

Pbro. Dr. Eduardo María
Volpacchio
15.3.06

Artículo extraído de http://algunasrespuestas.blogspot.com/2006/03/tiene-sentido-la-mortificacin.html
[1] En la , la Conferencia Episcopal autoriza a
reemplazar la abstinencia de carne por la abstinencia de bebidas alcohólicas, o
por una obra de caridad o por una práctica de piedad.