Dominique, 30 años curando a los sin techo

¡Hola! Ya hemos llegado a albergue de Thun donde voy a atender a los huéspedes.

– Buenos días, señor.

– Buenos días, Nicky; buenos días, Gilbert.

Estamos en el albergue que lleva adelante la Cruz Roja y en el que intervengo. Está abierto 7 días por semana, 24 horas al día. Alberga a 27 hombres.

¡Hola, Tenshin! Espera, voy a cerrar la puerta.

Tenshin es del Tibet. Llegó a Francia hace un tiempo… y tiene problemas de salud: en concreto, una tuberculosis que le diagnosticaron en el hospital de Nantes.

– ¿Parece que toses menos, verdad?

Hace 30 años, apenas llegué como médico a Melan, estos pacientes sin domicilio supusieron un desafío para mí. Comprendí que la gente sin domicilio carecía de cuidados. Este primer albergue se abrió en 1986.

– ¡Esto va mucho mejor! ¡«Good!»

Entro en esta iglesia y dejo a los pies de Cristo y de la Virgen todo lo que me preocupa, las conversaciones de ese día que llevo dentro, y rezo: «¡Ayudadles!» Y ahí, vacío la papelera de mi alma

Sí, tenemos serios problemas con el idioma. Al principio se pensó en dar simplemente cobijo. Enseguida nos dimos cuenta de que eso no bastaba. que había que había que plantearse globalmente la situación, social y médica al mismo tiempo.

– ¿Cómo está usted, señor Inéfus?

– Vamos tirando, el tratamiento me sienta bien.

– No lo interrumpimos, no, no.

Este señor tiene problemas psiquiátricos

– Sí.

– Desaparecen poco a poco, pero aún las oigo.

Durante estos 30 años el público ha evolucionado. Hace 30 años, atendíamos a vagabundos ahora, son gente sin documentación. Un albergue de emergencia es un embudo en el que se dan todo tipo de disfuncionamientos personales, en los que intervienen tanto la responsabilidad de las personas como los disfuncionamientos de las estructuras, que no funcionan porque han perdido el sentido.

Se empezó excluyendo a los sin techo, ahora les toca a los sin papeles, a los ancianos, a los discapacitados

Vivimos en una sociedad de exclusión permanente. Sin duda le va a chocar lo que le voy a decir: el nazismo empezó excluyendo primero a los minusválidos, y después arremetió contra el ser humano en general, sin distinción. Aquí, pasa igual. Se empezó excluyendo a los sin techo, ahora les toca a los sin papeles, a los ancianos, a los discapacitados. Estamos en un procedimiento de exclusión permanente.

– ¿Cuántos años llevas en la calle?

– ¡Toda mi vida! O casi.

– Se le han limpiado las arterias,

Tendría que operarse de caderas pero no quiere que le operen.

No se puede ejercer esta profesión como yo la concibo sin una presencia de Dios casi permanente. Sin pensar en la escena del Evangelio en la que Cristo dice: “Estaba desnudo y me vestistéis”. Ahí estaba yo. De hecho, en el fondo cada persona es un Cristo vivo en esta tierra.

La ética de la Iglesia es globalizante. Su razonamiento es el mismo tanto para el aborto provocado, el mismo tanto para la discapacidad, como para la eutanasia, o para los sin techo.

La doctrina de la Iglesia consiste en afirmar que cada uno es una criatura de Dios, sea cual sea su estado, tenga o no tenga documentos…

Se imagina que tras resucitar Jesús alguien pregunta: «¿No tiene usted documentación? «¡Pues, fuera!»

– ¡No le he visto esta mañana!

– ¡Que elegante va hoy!

Me hice del Opus Dei en 1971. Al volver de Roma, me dije : «Me parece que lo que no funciona es el sistema de la catenaria», es decir, el AVE (tren alta velocidad) o cualquier locomotora eléctrica no puede funcionar si hay una avería en ese chisme que le da energía. Sucede a veces y el tren se inmoviliza durante horas. En nuestra vida ocurre igual: está Dios, estoy yo, y hace falta una catenaria. Y esto era la catenaria que yo necesitaba.

La ética de la Iglesia es globalizante. Su razonamiento es el mismo tanto para el aborto provocado, el mismo tanto para la discapacidad, como para la eutanasia, o para los sin techo

Entro en la iglesia cuando paso por delante. Me paro un momento, sin perder mucho tiempo, entro en esta iglesia y dejo a los pies de Cristo y de la Virgen todo lo que me preocupa, las conversaciones de ese día que llevo dentro, y rezo: «¡Ayudadles!» Y ahí, vacío la papelera de mi alma.

La oración es como el gas que calienta la olla donde se cuece la pasta: si baja la llama la pasta sale cruda. Pero a la oración hay que encontrarle su momento. ¡Eso es harina de otro costal!

En un mundo donde se empieza a trabajar a las nueve de la mañana, y donde uno acaba a las ocho de la noche, lograr un hueco para la oración, para charlar con el Señor… no es fácil. De vez en cuando, uno hace lo que puede, con empeño.

A veces le digo al Señor: «¡Después te hablaré! Ya ves, este es el trabajo que te puedo ofrecer. ¡Tómalo!». A san Josemaría, Juan Pablo II le llamó “el santo de lo ordinario”, de la vida de cada día. Soy un médico que vive una vida como la de los demás médicos.

Cuidamos a la gente, y al mismo tiempo intentamos transmitirles alegría y esperanza, y respeto de la persona, luchando cada día contra nuestras flaquezas, contra el cansancio. Josemaría lo expresaba así: «Omnia in bonum! Todo es para bien».

¡Qué va! No hay signos positivos, pero confío en Él, porque en el fondo ¡nunca hay que desesperar del hombre!

En el fondo, fondo, es algo que da esperanza, a veces sin motivo, en aquellos enfermos que acabamos de saludar. Uno va a seguir una cura de desintoxicación, pero no tengo muchas esperanzas, ¡y aún así confío en Él! Uno se lo cree no porque intelectual o clínicamente, todos los signos sean positivos. ¡Qué va! No hay signos positivos, pero confío en Él, porque en el fondo ¡nunca hay que desesperar del hombre!

Dios no se desespera nunca con nosotros, por tanto, ¿por qué desesperarnos nosotros?

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