Visita al centro de readaptación social de Ciudad Juárez

Palabras improvisadas en la capilla de la cárcel

¡Buenos días!

Les agradezco su presencia aquí. Les agradezco todo el bien que hacen aquí. Mil maneras de hacer bien que no se ve.

Y ustedes se van a encontrar con mucha fragilidad. Por eso quise
traer esta imagen de lo más frágil. El cristal es lo más frágil, se
rompe enseguida. Y Cristo en la Cruz es la fragilidad más grande de la
humanidad y, sin embargo, con esa fragilidad nos salva, nos ayuda, nos
hace andar adelante, nos abre las puertas de la esperanza.

Deseo que cada uno de ustedes, con la bendición de la Virgen y
contemplando la fragilidad en Cristo, que se hizo pecado, se hizo muerte
para salvarnos, sepan sembrar semillas de esperanza y de resurrección.

[Rezo del Ave María y Bendición Apostólica]

Nuestra Señora de Guadalupe [R: Ruega por nosotros]

San Maximiliano Kolbe [R: Ruega por nosotros]

Y no se olviden de rezar por mí.


DISCURSO DEL SANTO PADRE

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy concluyendo mi visita a México. No quería irme sin venir a
saludarlos, sin celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes.

Agradezco de corazón las palabras de saludo que me han dirigido, en
las que manifiestan tantas esperanzas y aspiraciones, como también
tantos dolores, temores e interrogantes.

En el viaje a África, en la ciudad de Bangui, pude abrir la primera puerta de la misericordia para el mundo entero –de este
Jubileo, porque la primera puerta de la Misericordia la abrió nuestro
Padre Dios con su Hijo Jesús–. Hoy, junto a ustedes y con ustedes,
quiero reafirmar una vez más la confianza a la que Jesús nos impulsa: la
misericordia que abraza a todos y en todos los rincones de la tierra.
No hay espacio donde su misericordia no pueda llegar, no hay espacio ni
persona a la que no pueda tocar.

Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es recordar el
camino urgente que debemos tomar para romper los círculos de la
violencia y de la delincuencia. Ya tenemos varias décadas perdidas
pensando y creyendo que todo se resuelve aislando, apartando,
encarcelando, sacándonos los problemas de encima, creyendo que esas
medidas solucionan verdaderamente los problemas. Nos hemos olvidado de
concentrarnos en lo que realmente debe ser nuestra verdadera
preocupación: la vida de las personas; «sus» vidas, las de sus familias,
la de aquellos que también han sufrido a causa de este círculo de
violencia.

La misericordia divina nos recuerda que las cárceles son un síntoma
de cómo estamos en sociedad, son un síntoma en muchos casos de silencios
y de omisiones que han provocado una cultura del descarte. Son un
síntoma de una cultura que ha dejado de apostar por la vida; de una
sociedad que, poco a poco, ha ido abandonando a sus hijos.

La misericordia nos recuerda que la reinserción no comienza acá en
estas paredes; sino que comienza antes, comienza «afuera», en las calles
de la ciudad. La reinserción o rehabilitación comienza creando un
sistema que podríamos llamarlo de salud social, es decir, una sociedad
que busque no enfermar contaminando las relaciones en el barrio, en las
escuelas, en las plazas, en las calles, en los hogares, en todo el
espectro social. Un sistema de salud social que procure generar una
cultura que actúe y busque prevenir aquellas situaciones, aquellos
caminos que terminan lastimando y deteriorando el tejido social.

A veces pareciera que las cárceles se proponen incapacitar a las
personas a seguir cometiendo delitos más que promover los procesos de
reinserción que permitan atender los problemas sociales, psicológicos y
familiares que llevaron a una persona a determinada actitud. El problema
de la seguridad no se agota solamente encarcelando, sino que es un
llamado a intervenir afrontando las causas estructurales y culturales de
la inseguridad, que afectan a todo el entramado social.

La preocupación de Jesús por atender a los hambrientos, a los sedientos, a los sin techo o a los presos (Mt
25,34-40), era para expresar las entrañas de misericordia del Padre,
que se vuelve un imperativo moral para toda sociedad que desea tener las
condiciones necesarias para una mejor convivencia. En la capacidad que
tenga una sociedad de incluir a sus pobres, a sus enfermos o a sus
presos está la posibilidad de que ellos puedan sanar sus heridas y ser
constructores de una buena convivencia. La reinserción social comienza
insertando a todos nuestros hijos en las escuelas, y a sus familias en
trabajos dignos, generando espacios públicos de esparcimiento y
recreación, habilitando instancias de participación ciudadana, servicios
sanitarios, acceso a los servicios básicos, por nombrar sólo algunas
medidas. Ahí empieza todo proceso de reinserción.

Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es aprender a no
quedar presos del pasado, del ayer. Es aprender a abrir la puerta al
futuro, al mañana; es creer que las cosas pueden ser diferentes.
Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es invitarlos a
levantar la cabeza y a trabajar para ganar ese espacio de libertad
anhelado. Celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes es repetir
esa frase que escuchamos recién, tan bien dicha y con tanta fuerza:
«Cuando me dieron mi sentencia, alguien me dijo: “No te preguntes por qué estás aquí sino para qué“»;
y que este «para qué» nos lleve adelante, que este «para qué» nos haga
ir saltando las vallas de ese engaño social que cree que la seguridad y
el orden solamente se logra encarcelando.

Sabemos que no se puede volver atrás, sabemos que lo realizado,
realizado está; pero, he querido celebrar con ustedes el Jubileo de la
misericordia, para que quede claro que eso no quiere decir que no haya
posibilidad de escribir una nueva historia, una nueva historia hacia
delante: «para qué». Ustedes sufren el dolor de la caída –y ojalá que
todos nosotros suframos el dolor de las caídas escondidas y tapadas–,
sienten el arrepentimiento de sus actos y sé que, en tantos casos, entre
grandes limitaciones, buscan rehacer esa vida desde la soledad. Han
conocido la fuerza del dolor y del pecado, no se olviden que también
tienen a su alcance la fuerza de la resurrección, la fuerza de la
misericordia divina que hace nuevas todas las cosas. Ahora les puede
tocar la parte más dura, más difícil, pero que posiblemente sea la que
más fruto genere, luchen desde acá dentro por revertir las situaciones
que generan más exclusión. Hablen con los suyos, cuenten su experiencia,
ayuden a frenar el círculo de la violencia y la exclusión. Quien ha
sufrido el dolor al máximo, y que podríamos decir «experimentó el
infierno», puede volverse un profeta en la sociedad. Trabajen para que
esta sociedad que usa y tira a la gente, no siga cobrándose víctimas.

Y, al decirles estas cosas, recuerdo aquellas palabras de Jesús: «el
que esté sin pecado que tire la primera piedra», y yo me tendría que ir.
Al decirles estas cosas no lo hago como quien da cátedra, con el dedo
en alto, lo hago desde la experiencia de mis propias heridas, de errores
y pecados que el Señor quiso perdonar y reeducar. Lo hago desde la
conciencia de que, sin su gracia y mi vigilancia, podría volver a
repetirlos. Hermanos, siempre me pregunto al entrar a una cárcel: «¿Por
qué ellos y no yo?». Y es un misterio de la misericordia divina; pero
esa misericordia divina hoy la estamos celebrando todos mirando hacia
delante en esperanza.

Quisiera también alentar al personal que trabaja en este Centro u
otros similares: a los dirigentes, a los agentes de la Policía
penitenciaria, a todos los que realizan cualquier tipo de asistencia en
este Centro. Y agradezco el esfuerzo de los capellanes, las personas
consagradas, los laicos, que se dedican a mantener viva la esperanza del
Evangelio de la Misericordia en el reclusorio, los pastores, todos
aquellos que se acercan a darles la Palabra de Dios. Todos ustedes, no
se olviden, pueden ser signos de la entrañas del Padre. Nos necesitamos
unos a otros, nos decía nuestra hermana recién, recordando la carta a
los Hebreos: Siéntanse encarcelados con ellos.

Antes de darles la bendición me gustaría que oráramos en silencio,
todos juntos; cada uno sabe lo que le va a decir al Señor, cada uno sabe
de qué pedir perdón. Pero también les pido a ustedes que en esta
oración de silencio agrandemos el corazón para poder perdonar a la
sociedad que no supo ayudarnos y que tantas veces nos empujó a los
errores. Que cada uno pida a Dios, desde la intimidad del corazón, que
nos ayude a creer en su misericordia. Oramos en silencio.

Y abrimos nuestro corazón para recibir la bendición del Señor.

Que el Señor los bendiga y los proteja, haga brillar su rostro sobre
ustedes y les muestre su gracia, les descubra su rostro y les conceda la
Paz. Amén .

Y les pido que no se olviden de rezar por mí. Gracias.


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