«En Sudáfrica la gente no necesita ni la misma religión ni color de piel para aceptarte, quererte y escucharte»

Cuéntanos un poco de ti.

Mis abuelos, de parte de mi mamá y de mi papá, se vinieron de Japón a causa de la Segunda Guerra Mundial; querían escapar de todo lo que estaba pasando ahí. Mis papás se conocieron en México. Soy la sexta hermana de una familia de doce y nací en la Ciudad de México. Soy numeraria del Opus Dei.

Antes de llegar a León, Guanajuato, viviste en Sudáfrica. ¿Cuánto tiempo estuviste ahí?

Viví ahí diez años, en Johannesburgo y Pretoria.

¿Cuándo inició la labor del Opus Dei en Sudáfrica?

La labor de mujeres comenzó en 1999, pero los hombres llegaron un año antes.

¿Es difícil para los sudafricanos entender el mensaje de la santificación en medio del mundo?

Los sudafricanos trabajan mucho, eso les ayuda a entender lo que es santificar su trabajo, pero hay que considerar que solo el 7% de la población es católica, por lo tanto la labor es más lenta y tienes que conocer muy bien a la gente y dar las bases necesarias para que entiendan el Opus Dei. Aunque también es muy bonito que mucha gente que no es católica se acerca a la Obra para conocerla, y ayudan muchísimo.

El grupo de Sudáfrica que acudió a la beatificación de Mons. Álvaro del Portillo.

¿Los sudafricanos son receptivos al catolicismo?

Sí, porque la mayoría es cristiana. En Sudáfrica aprovechamos para mejorar como personas creando vínculos entre diferentes religiones. También es cierto que algunas personas se han acercado a la Obra y se han convertido al catolicismo.

En Sudáfrica aprovechamos para mejorar como personas creando vínculos entre diferentes religiones

¿Y cuál fue la mayor diferencia entre tu vida en México y en Sudáfrica?

Prácticamente todo, hay que tomar en cuenta que allá hay muchísimas razas y en México solo una. Me parece que hay que entender la historia de Sudáfrica. Las primeras elecciones democráticas fueron en 1994 y tuvimos al primer presidente negro, pero antes de eso existía un régimen de apartheid, es decir que la segregación racial era legal. Por lo tanto, los negros no tenían derechos.

Yo llegué en el 2005, pero fue difícil porque la segregación todavía existe. Las personas no se dan cuenta que ciertos gestos y maneras de actuar son racistas, porque la gente se ha acostumbrado

Yo llegué en el 2005, pero fue difícil porque la segregación todavía existe. Las personas no se dan cuenta que ciertos gestos y maneras de actuar son racistas, porque la gente se ha acostumbrado. Pero cuando llegas a un centro de la Obra ves que todas son de diferentes naciones: de Kenya, Argentina, México… Cuando salíamos, todo el mundo se nos quedaba mirando, y se impresionaban porque todas comíamos en una misma mesa. Poco a poco los sudafricanos entendieron que eso era lo normal, pero les causaba sorpresa.

«Cuando llegas a un centro de la Obra ves que todas son de diferentes naciones: de Kenya, Argentina, México... Cuando salíamos, todo el mundo se nos quedaba mirando»

¿Qué aprendiste de los sudafricanos?

Aprendí mucho, pero sobre todo la generosidad. Son personas que siempre piensan primero en el que está enfrente, gente muy dedicada que tiene mucho amor a la familia y también a la sociedad.

Sudáfrica ha sufrido muchísimo, pero a pesar de todo la gente perdona (…) Nelson Mandela decía que para construir un país lo primero que hay que hacer es aprender a perdonar

Sudáfrica ha sufrido muchísimo, pero a pesar de todo la gente perdona. Y esto se nota. Es muy sorprendente ver que hasta en las manifestaciones la gente baila y canta; es una manera muy diferente de expresar lo que no les gusta o no entienden.

Nelson Mandela decía que para construir un país lo primero que hay que hacer es aprender a perdonar. Esto suena muy bonito, pero también hay que recordar que él estuvo 27 años en la cárcel…

¿Qué es lo más te gustó de Sudáfrica?

Conocer diferentes tipos de personas, con diferentes religiones, credos y valores, pero que son capaces de vivir juntas. Esta diversidad es algo que en México no tenemos, y en Sudáfrica ves que esa convivencia es posible, que la gente no necesita ni la misma religión ni color de piel para aceptarte, quererte y escucharte.

Yayoi Namba con varias amigas, delante del altar de la beatificación de Mons. Álvaro del Portillo.

Sudáfrica es el país con el mayor índice de personas infectadas de VIH, ¿cómo se refleja esto en el trabajo del Opus Dei?

Es una realidad que afecta a muchas familias. El SIDA tiene una connotación muy fuerte, porque la mayoría de los afectados son gente joven, por lo que hay un número creciente de huérfanos que viven con sus abuelos.

Quizá en un principio es solo pensar en la enfermedad [el SIDA], pero en realidad se trata de la vida de una persona: la gente se ve forzada a reflexionar y a pensar: “¿Qué quiero de mi vida?

Por eso, a las chicas que van al centro de la Obra hay que hablarles muy claro sobre la fidelidad, la castidad y el amor. Cuando les platicas a profundidad sobre estos temas ellas mismas van con sus amigas y familiares para explicarles; se dan cuenta que ellas son personas dignas de ser amadas y respetadas y que merecen ser consideradas más que un objeto de placer. Ves que la gente está buscando esa verdad. Quizá en un principio es solo pensar en la enfermedad, pero en realidad se trata de la vida de una persona: la gente se ve forzada a reflexionar y a pensar: “¿Qué quiero de mi vida? ¿por qué quiero hacer eso?”. Lo tienes que pensar porque es una realidad que afecta a tanta gente, tienes que ser responsable.

«El SIDA tiene una connotación muy fuerte, porque la mayoría de los afectados son gente joven, por lo que hay un número creciente de huérfanos que viven con sus abuelos»

¿Hay alguna historia que recuerdes especialmente?

Un día llegó a la casa una universitaria que, literalmente, tocó la puerta y nos dijo: “mi novio me dijo que podía venir aquí”. Empezó a hacerse amiga de una que vivía en la casa. Nos explicó que era cristiana, pero que quería conocer más sobre la Iglesia católica, así que empezó a tomar clases de catecismo.

Un día nos preguntó cómo podía ser católica. Como ya estaba bautizada, solo tenía que hacer la profesión de fe, pero, además de eso, recibir la gracia de ser llamada a la Iglesia. Sólo le dijimos que rezara. Comenzó a venir a la labor, a la meditación… y decidió hacer la profesión de fe. Después nos preguntó: “¿Qué se necesita para ser del Opus Dei? A mí me gusta mucho”. Otra vez le recomendamos que rezara para ver si Dios le concedía la vocación. Meses después pidió la admisión al Opus Dei como supernumeraria. Ahora está casada, tiene dos hijos y vive en Singapur.

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