Viviendo entre los cristianos del Líbano: la historia de Mariam

Me llamo Mariam, soy de una ciudad siria que se llama Alepo y desde hace tres años formo parte del millón y medio de refugiados sirios en el Líbano. Desde que empezó la guerra en mi país hasta que nos dimos cuenta en mi familia de las repercusiones que podía tener en nuestra vida pasó un poco de tiempo.

Al principio, la idea de salir de Alepo no pasaba por nuestra mente pero, poco a poco, el cerco se fue cerrando: quemaron nuestra casa, los bombardeos en el barrio se hicieron frecuentes y conseguir algo de comer era una odisea.

Un día, estando encerrados en casa durante un bombardeo yo con mis padres y mis hermanos alguien llamó a la puerta. Fuimos con miedo a ver quién era,se trataba de mi tío que venía dispuesto a sacarnos y conducirnos a un sitio más seguro.

Salimos de Alepo empujando entre los escombros la silla de ruedas de mi hermana minusválida.

La salida fue dura, tengo una hermana que es minusválida y no puede andar; había que empujar su silla de ruedas en medio de los escombros. Pasamos dos años yendo de un sitio para otro hasta que decidimos pasar la frontera del Líbano y nos instalamos en una casa que mi hermano Mohamad, el mayor de la familia, había conseguido para nosotros unos meses antes. La casa se encuentra en un pueblo en la montaña.

Ante las dificultades, la pandereta

Pasamos los primeros meses en el Líbano en medio de bastantes dificultades. La vida para los refugiados sirios en este país no es sencilla: todo es muy caro y el trabajo escaso. El dinero, que en Siria nunca nos había faltado, empezó a ser un motivo de angustia; por otro lado, estaban los problemas de salud, mi madre con cáncer tenía que seguir un tratamiento en Siria y había que ir y volver; estaban además las noticias terribles que recibíamos de nuestros amigos y parientes…

Contra todo esto tenemos el recurso de la oración y también de la música: mi familia es muy alegre, mi madre especialmente, cuando ve que los ánimos declinan saca una pandereta y comienza a cantar.

Cuando empezó la guerra en Siria, yo estaba cursando mi primer año en la universidad. Me encanta estudiar, pero al principio pensé que no sería posible continuar mi formación en el Líbano. Rita, la hija de los libaneses que nos alquilan la casa, habló a mi madre del Instituto en el que ella había estudiado hotelería: el IMS (Institute of Management and Services), una escuela llevada por gente del Opus Dei en la zona rural de Byblos.

Mi madre quería que continuase mis estudios, por eso me acompañó a conocer el IMS. Quedé encantada del ambiente: salí dando saltos de alegría.

Al principio yo no quería ir: pensé que no aceptarían a una siria, musulmana y con velo; por otro lado, sentía que tenía que ayudar en casa porque había varios enfermos. Mi madre insistió en que continuara los estudios, me dijo que era lo más importante. Ella misma me acompañó a conocer el IMS y quedé encantada del ambiente y la gente que allí me recibió. Les hablé de mis dificultades financieras y me dijeron que se podría pedir una beca de estudio para ayudarme a costearlos. Salí dando saltos de alegría.

La sonrisa de san Josemaría y mi velo

Ahora estoy en mi segundo año de Estudios Técnicos Superiores. En el IMS he aprendido mucho sobre hotelería y gestión, pero no se han quedado ahí los descubrimientos.

El primer día que entré en la capilla de la escuela vi una imagen de la Virgen, de San José y de San Josemaría. Esa noche soñé con San Josemaría que me sonreía y me decía que iba a ayudar a mi familia. Por cierto, en mi sueño yo estaba muy preocupada porque no llevaba el velo, pero a San Josemaría no parecía importarle. Su sonrisa me ha ayudado a estar contenta a pesar de las dificultades, he enviado su imagen a gente de Siria, de modo que cuando el Opus Dei vaya a mi país a hacer otros IMS se encontrará con que ya mucha gente conoce a San Josemaría.

Mi hermano mayor trabaja en un pequeño taller de carpintería y sostiene a toda la familia. Las condiciones de trabajo no son muy favorables, el jefe está siempre enfadado, no hay espacio suficiente para manipular los muebles y el salario es mínimo. Además, un compañero suyo no es creyente y mi hermano se desanimaba en las conversaciones con él porque no encontraba esperanza.

Mi madre le dijo que entre tener trabajo o tener a Dios mejor es tener a Dios, y que si iba a seguir con esa mala influencia prefería que dejara el trabajo. La respuesta a las oraciones de mi madre fue que el colega de mi hermano dejó de trabajar con él.

Dios me quiere, a pesar de todo

En el IMS he aprendido que Dios nos quiere, a pesar de todo; muchas veces tengo que encerrarme en mi cuarto para llorar, porque llegan noticias muy duras, pero poco a poco he ido aprendiendo que el bien siempre es más fuerte.

Intento trasmitir esto a mi hermano Mohamad, cuando está desanimado; le dejé una fotocopia del libro de Job que me dieron en el IMS: me explicaron que los males no son necesariamente un castigo de Dios, sino una bendición. No lo comprendo mucho todavía, pero estoy aprendiendo a rezar y llevar las cosas con más serenidad.

He encontrado una familia. Cuando llegamos al Líbano estábamos muy solos, siempre encerrados en casa. Ahora importo a alguien

En una ocasión me avisaron desde el IMS de que un hotel estaba remodelando su decoración y ofrecían los muebles antiguos. Organizamos las cosas para que mi hermano mayor fuera con Farouq, que es el mantenedor del IMS. Es un hombre muy generoso y está muy cerca de Dios, suele contratar a sirios como obreros en su trabajo y les ayuda mucho. Pienso que esto puede ser el comienzo de una amistad positiva para mi hermano.

En el IMS me tratan como una alumna más, pero también se hacen cargo de mi situación y han ayudado a mi familia, con pequeños gestos: una gestión en una clínica para conseguir exámenes médicos más baratos, pequeñas limosnas de gente que está alrededor del IMS en momentos en los que hay que hacer pagos extraordinarios; regularmente me dan ropa para llevar a las familias de refugiados que conozco.

En el IMS he encontrado una familia; cuando llegamos a Líbano estábamos muy solos, siempre encerrados en casa y solo nos relacionábamos con otros refugiados sirios. En el IMS me encuentro a gusto, cuando tengo un problema siempre puedo contárselo a alguien, siento que se preocupan por mí, que les importo, yo y los míos.

Dar esperanza, entre llantos y risas

Al principio me ponía enferma con mucha frecuencia, porque trataba de no llorar y somatizaba la preocupación; tuve un problema de ulcera en el estómago y hubo que operar. Las del IMS vinieron a verme a mi casa, fue un gesto que no olvidaré nunca y que me hizo sentirme querida. Ahora prefiero llorar cuando lo necesito, y al mismo tiempo rezo.

Soy de natural muy alegre, como mi madre. Canto, cuento chistes, recito poesías, tengo un don para el teatro. Hago reír mucho a mis compañeras en el IMS, por eso, cuando tuve que elegir un proyecto de pequeña empresa para presentar en la asignatura de Gestión Empresarial, se me ocurrió hacer un teatro móvil para hacer pasarlo bien a los niños. Esta idea ha ido tomando cuerpo, en el IMS me han animado mucho, y es un proyecto que me da esperanza y concreta mis deseos de hacer el bien; espero poder llevar este teatro móvil a los campos de refugiados para alegrar la vida de los niños que se encuentran ahí.

En Navidad participé en el concierto de villancicos que las alumnas preparamos para las familias. Cuando estaba en Alepo veía a los cristianos muy felices en esas fechas. Este año he podido vivir este gozo desde dentro. También colaboré en la campaña de Navidad que se organizó en el IMS; aparte de visitar a familias pobres libanesas y ancianos en asilos, preparamos bolsas de ropa para llevar a Damasco a través de una chica siria que viaja ahí regularmente. Me encantó poder cooperar en esto y sentirme así cerca de la gente que está pasándolo mal.

Le pido a Dios que la guerra en Siria acabe pronto, y que hasta entonces me de la fuerza de mantener la esperanza y ayudar a la gente que está a mi alrededor y en Siria sufriendo, como me han ayudado a mí.

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El IMS (Institute of Management and Services) es un Instituto Tecnico Superior que ofrece la titulación de Gestión de Servicios, Hotelería y Turismo rural. Sus alumnas son de distintas religiones y provienen de diversos pueblos. A lo largo de los dos años que dura el programa se las ayuda a desarrollar un proyecto para llevar a cabo en sus pueblos, que sea rentable y que contribuya al desarrollodel lugar. Esto facilita que la gente no tenga que emigrar a las ciudades, que se mantenga la tradición y se dé relieve a la riqueza delos pueblos. Más información: https://www.facebook.com/ims.maad

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