Ceremonia de acogida de los jóvenes en el Parque Jordan, en Błonia, Cracovia

Queridos jóvenes, muy buenas tardes.

Finalmente nos encontramos. Gracias por esta calurosa bienvenida. Gracias al Cardenal Dziwisz, a los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y laicos y a todos aquellos que los acompañan. Gracias a los que han hecho posible que hoy estemos aquí, que se la «han jugado» para que pudiéramos celebrar la fe. Es decir, celebrar la fe. Hoy nosotros, todos juntos, estamos celebrando la fe.

En esta, su tierra natal, quisiera agradecer especialmente a San Juan Pablo II – pero fuerte, fuerte – que soñó e impulsó estos encuentros. Desde el cielo nos está acompañando viendo a tantos jóvenes pertenecientes a pueblos, culturas, lenguas tan diferentes con un solo motivo: celebrar que Jesús está vivo en medio nuestro. ¿lo han entendido? Celebrar a Jesús que está vivo en medio de nosotros. Y decir que está vivo, es querer renovar nuestras ganas de seguirlo, nuestras ganas de vivir con pasión el seguimiento de Jesús. ¡Qué mejor oportunidad para renovar la amistad con Jesús que afianzando la amistad entre ustedes! ¡Qué mejor manera de afianzar nuestra amistad con Jesús que compartirla con los demás! ¡Qué mejor manera de vivir la alegría del Evangelio que queriendo «contagiar» su Buena Noticia en tantas situaciones dolorosas y difíciles!

Y Jesús es quien nos ha convocado a esta 31 Jornada Mundial de la Juventud; es Jesús quien nos dice: «Felices los misericordiosos, porque encontrarán misericordia» (Mt 5,7). ¡Felices aquellos que saben perdonar, que saben tener un corazón compasivo, que saben dar lo mejor a los demás; lo mejor, no aquello que les sobra: lo mejor!

Queridos jóvenes, en estos días Polonia, esta noble tierra, se viste de fiesta; en estos días Polonia quiere ser el rostro siempre joven de la Misericordia. Desde esta tierras con ustedes y también unidos a tantos jóvenes que hoy no pueden estar aquí, pero que nos acompañan a través de los diversos medios de comunicación, todos juntos vamos a hacer de esta jornada una auténtica fiesta Jubilar, es este Jubileo de la Misericordia.

En los años que llevo como Obispo he aprendido algo – he aprendido muchas – pero una quiero decirla ahora: no hay nada más hermoso que contemplar las ganas, la entrega, la pasión y la energía con que muchos jóvenes viven la vida. ¡Esto es bello! Y ¿De dónde viene esta belleza? Cuando Jesús toca el corazón de un joven, de una joven, este es capaz de actos verdaderamente grandiosos. Es estimulante escucharlos, compartir sus sueños, sus interrogantes y sus ganas de rebelarse contra todos aquellos que dicen que las cosas no pueden cambiar. Aquellos que yo llamo los estáticos: “nada se puede cambiar”. No, los jóvenes tienen esa fuerza de oponerse a esto. Pero algunos no están seguros de esto. Yo les pregunto, ustedes respondan: ¿las cosas se pueden cambiar? ¡No se escucha! Es un regalo del cielo poder verlos a muchos de ustedes que, con sus cuestionamientos, buscan hacer que las cosas sean diferentes. Es lindo, y me conforta el corazón, verlos tan revoltosos. La Iglesia hoy los mira – diría más aún – el mundo hoy los mira y quiere aprender de ustedes, para renovar su confianza en que la Misericordia del Padre tiene rostro siempre joven y no deja de invitarnos a ser parte de su Reino, que es un Reino de alegría, es un Reino siempre de felicidad, es un Reino que siempre nos lleva adelante, es un Reino capaz de darnos la fuerza de cambiar las cosas. Yo lo he olvidado. Les hago una pregunta una vez más: ¿las cosas pueden cambiar? ¡De acuerdo!

Conociendo la pasión que ustedes le ponen a la misión, me animo a repetir: la misericordia siempre tiene rostro joven. Porque un corazón misericordioso se anima a salir de su comodidad; un corazón misericordioso sabe ir al encuentro de los demás, logra abrazar a todos. Un corazón misericordioso sabe ser refugio para los que nunca tuvieron casa o la han perdido, sabe construir hogar y familia para aquellos que han tenido que emigrar, sabe de ternura y compasión. Un corazón misericordioso, sabe compartir el pan con el que tiene hambre, un corazón misericordioso se abre para recibir al prófugo y al migrante. Decir misericordia junto a ustedes, es decir oportunidad, es decir mañana, es decir compromiso, es decir confianza, es decir apertura, hospitalidad, compasión, es decir sueños. ¿Pero ustedes son capaces de soñar? Y cuando el corazón está abierto es capaz de soñar y hay lugar para la misericordia, hay lugar para acariciar a aquellos que sufren, hay lugar para ponerse al lado de aquellos que no tienen paz en el corazón y les falta lo necesario para vivir o les falta la cosa más bella: la fe. Misericordia. Digamos juntos esta palabra: Misericordia. ¡Todos! ¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Otra vez, para que el mundo escuche!

También quiero confesarles otra cosa que aprendí en estos años. No quiero ofender a nadie. Me genera dolor encontrar a jóvenes que parecen haberse «jubilado» antes de tiempo. Esto me entristece. Jóvenes que parecen que se han jubilado a 23, 24, 25 años. Esto me entristece. Me preocupa ver a jóvenes que «tiraron la toalla» antes de empezar el partido. Que están «entregados» sin haber comenzado a jugar. Que caminan con rostros tristes, como si su vida no valiera. Son jóvenes esencialmente aburridos… y aburridores. Es difícil, y a su vez cuestionador, por otro lado, ver a jóvenes que dejan la vida buscando el «vértigo», o esa sensación de sentirse vivos por caminos oscuros, que al final terminan «pagando»…y pagando caro. Cuestiona ver cómo hay jóvenes que pierden hermosos años de su vida y sus energías corriendo detrás de vendedores de falsas ilusiones – existen, ¡Vendedores de falsas ilusiones! (en mi tierra natal diríamos «vendedores de humo»), que les roban lo mejor de ustedes mismos. Y esto me entristece. Yo estoy seguro que hoy entre ustedes no hay ninguno de estos, pero quiero decirles: existen jóvenes jubilados, jóvenes que tiran la toalla antes de iniciar el partido, hay jóvenes que entran el vértigo de las falsas ilusiones y terminan en nada.

Por eso, queridos amigos, nos hemos reunidos para ayudarnos unos a otros porque no queremos dejarnos robar lo mejor de nosotros mismos, no queremos permitir que nos roben las energías, la alegría, los sueños, con falsas ilusiones.

Queridos amigos, les pregunto: ¿Quieren para sus vidas ese vértigo alienante o quieren sentir esa fuerza que los haga sentirse vivos, plenos? ¿Vértigo alienante o fuerza de la gracia? Para ser plenos, para tener fuerza renovada, hay una respuesta; no es una cosa, no es un objeto, es una persona y está viva, se llama Jesucristo.

Jesucristo es quien sabe darle verdadera pasión a la vida, Jesucristo es quien nos mueve a no conformarnos con poco y a dar lo mejor de nosotros mismos; es Jesucristo quien nos cuestiona, nos invita y nos ayuda a levantarnos cada vez que nos damos por vencidos. Es Jesucristo quien nos impulsa a levantar la mirada y a soñar alto. Pero padre – alguno podría decirme – es tan fácil soñar alto, es tan difícil subir, estar siempre en salida. Padre, yo soy débil, yo caigo, yo me esfuerzo, pero muchas veces caigo”. Los alpinistas, cuando suben a las montañas, cantando una canción muy bella, que dice así: “en el arte de subir, aquello que interesa no es caer, sino no quedarse tirado”. Si tú eres débil, tú te caes, mira un poco a lo alto y ve la mano de Jesús que te dice: “Levántate, ven conmigo”. “Y ¿si lo hago otra vez? También. Pero Pedro una vez pregunto al Señor: “Señor, ¿cuántas veces? 70 veces 7. La mano de Jesús esta siempre tendida para levantarnos, cuando nosotros nos caemos. ¿Lo han entendido?

En el Evangelio hemos escuchado que Jesús, mientras se dirige a Jerusalén, se detiene en una casa ―la de Marta, María y Lázaro— que lo acoge. De camino, entra en su casa para estar con ellos; las dos mujeres reciben al que saben que es capaz de conmoverse. Las múltiples ocupaciones nos hacen ser como Marta: activos, dispersos, constantemente yendo de acá para allá…; pero también solemos ser como María: ante un buen paisaje, o un video que nos manda un amigo al móvil, nos quedamos pensativos, en escucha. En estos días de la Jornada, Jesús quiere entrar en nuestra casa; nos mirará en nuestras preocupaciones, en nuestro andar acelerado, como lo hizo con Marta… y esperará que lo escuchemos como María; que, en medio del trajinar, nos animemos a entregarnos a él. Que sean días para Jesús, dedicados a escucharnos, a recibirlo en aquellos con quienes comparto la casa, la calle, el club o el colegio.

Y quien acoge a Jesús, aprende a amar como Jesús. Entonces él nos pregunta si queremos una vida plena: ¿Quieres una vida plena? Empieza por dejarte conmover. Porque la felicidad germina y aflora en la misericordia: esa es su respuesta, esa es su invitación, su desafío, su aventura: la misericordia. La misericordia tiene siempre rostro joven; como el de María de Betania sentada a los pies de Jesús como discípula, que se complace en escucharlo porque sabe que ahí está la paz. Como el de María de Nazaret, lanzada con su «sí» a la aventura de la misericordia, y que será llamada feliz por todas las generaciones, llamada por todos nosotros «la Madre de la Misericordia».

Entonces, todos juntos, ahora le pedimos al Señor: Lánzanos a la aventura de la misericordia. Lánzanos a la aventura de construir puentes y derribar muros (cercos y alambres), lánzanos a la aventura de socorrer al pobre, al que se siente solo y abandonado, al que ya no le encuentra sentido a su vida. Impúlsanos a la escucha, como María de Betania, de quienes no comprendemos, de los que vienen de otras culturas, otros pueblos, incluso de aquellos a los que tememos porque creemos que pueden hacernos daño. Haznos volver nuestro rostro, como María de Nazaret con Isabel, sobre nuestros ancianos para aprender de su sabiduría.

Aquí estamos, Señor. Envíanos a compartir tu Amor Misericordioso. Queremos recibirte en esta Jornada Mundial de la Juventud, queremos confirmar que la vida es plena cuando se la vive desde la misericordia, que esa es la mejor parte, y que nunca nos será quitada. Amen.

Anécdota de Anecdonet.com