Papa: predicación, testimonio, caridad; tres pilares que afianzan el futuro de la Orden de los Predicadores

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy podriamos describir este
dia como “Un jesuita entre frailes”: a la mañana con ustedes y en la tarde en
Asís con los franciscanos: entre frailes.

Les doy la bienvenida y agradezco el saludo que Fray Bruno Cadoré, Maestro
general de la Orden, me ha dirigido en nombre propio y de todos los presentes,
ya culminando el Capítulo general, en Bolonia, donde desean reavivar sus raíces
junto al sepulcro del santo Fundador.

Este año tiene un significado especial para vuestra familia religiosa al
cumplirse ocho siglos desde que el papa Honorio III confirmó la Orden de los
Predicadores. Con ocasión del Jubileo que celebran con este motivo, me uno a
ustedes en acción de gracias por los abundantes dones recibidos durante este
tiempo . Además quiero expresar mi gratitud a la Orden
por su significativo aporte a la Iglesia y la colaboración que, con espíritu de
servicio fiel, ha mantenido desde sus orígenes hasta el día de hoy con la Sede Apostólica.

Y este octavo centenario nos
lleva a hacer memoria de hombres y mujeres de fe y letras, de contemplativos y
misioneros, mártires y apóstoles de la caridad, que han llevado la caricia y la
ternura de Dios por doquier, enriqueciendo a la Iglesia y mostrando nuevas
posibilidades para encarnar el Evangelio a través de la predicación, el
testimonio y la caridad: tres pilares que afianzan el futuro de la Orden,
manteniendo la frescura del carisma fundacional.

Dios impulsó a santo Domingo a fundar una «Orden de Predicadores», siendo
la predicación la misión que Jesús encomendó a los Apóstoles. Es la Palabra de
Dios la que quema por dentro e impulsa a salir para anunciar a Jesucristo a
todos los pueblos (cf. Mt 28,19-20). El padre Fundador decía: «Primero
contemplar y después enseñar». Evangelizados por Dios, para evangelizar. Sin
una fuerte unión personal con él, la predicación podrá ser muy perfecta,  muy
razonada, incluso admirable, pero no toca el corazón, que
es lo que debe cambiar. Es tan imprescindible el estudio serio y asiduo de las
materias teológicas, como todo lo que permite aproximarnos a la realidad y
poner el oído en el pueblo de Dios. El predicador es un contemplativo de la
Palabra y también lo es del pueblo, que espera ser comprendido (cf. Evangelii
gaudium, 154).

Transmitir más eficazmente la Palabra de Dios requiere el testimonio:
maestros fieles a la verdad y testigos valientes del Evangelio. El testigo
encarna la enseñanza, la hace tangible, convocadora, y no deja a nadie
indiferente; añade a la verdad la alegría del Evangelio, la de saberse amados
por Dios y objeto de su infinita misericordia (cf. ibíd, 142).

Santo Domingo decía a sus seguidores: «Con los pies descalzos, salgamos a
predicar». Nos recuerda el pasaje de la zarza ardiente, cuando Dios dijo a
Moisés: «Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno
sagrado» (Ex 3,5). El buen predicador es consciente de que se mueve en terreno
sagrado, porque la Palabra que lleva consigo es sagrada, y sus destinatarios
también lo son. Los fieles no sólo necesitan recibir la Palabra en su
integridad, sino también experimentar el testimonio de vida  de quien predica (cf. Evangelii
gaudium, 171). Los santos han logrado abundantes frutos porque, con su vida y
su misión, hablan con el lenguaje del corazón, que no conoce barreras y es
comprensible por todos.

Por último, el predicador y el testigo deben serlo en la caridad. Sin esta,
serán discutidos y sospechosos. Santo Domingo tuvo un dilema al inicio de su
vida, que marcó toda su existencia: «Cómo puedo estudiar con pieles muertas,
cuando la carne de Cristo sufre». Es el cuerpo de Cristo vivo y sufriente, que
grita al predicador y no lo deja tranquilo. El grito de los pobres y los
descartados despierta, y hace comprender la compasión que Jesús tenía por las
gentes (Mt 15,32).

Mirando a nuestro alrededor, comprobamos que el hombre y la mujer de hoy,
están sedientos de Dios. Ellos son la carne viva de Cristo, que grita «tengo
sed» de una palabra auténtica y liberadora, de un gesto fraterno y de ternura.
Este grito nos interpela y debe ser el que vertebre la misión y dé vida a las
estructuras y programas pastorales. Piensen en esto cuando reflexionen sobre la
necesidad de ajustar el organigrama de la Orden, para discernir sobre la
respuesta que se da a este grito de Dios. Cuanto más se salga a saciar la sed
del prójimo, tanto más seremos predicadores de verdad, de esa verdad anunciada
por amor y misericordia, de la que habla santa Catalina de Siena (cf. Libro
della Divina Dottrina, 35). En el encuentro con la carne viva de Cristo somos
evangelizados y recobramos la pasión para ser predicadores y testigos de su
amor; y nos libramos de la peligrosa
tentación, tan actual hoy día, del nosticismo.

Queridos hermanos y hermanas, con un corazón agradecido por los bienes
recibidos del Señor para vuestro Orden y para la Iglesia, los animo a seguir
con alegría el carisma inspirado a santo Domingo y que ha sido vivido con
diversos matices por tantos santos y santas de la familia dominica. Su ejemplo
es impulso para afrontar el futuro con esperanza, sabiendo que Dios siempre
renueva todo… y no defrauda. Que Nuestra Madre, la Virgen del Rosario,
interceda por ustedes y los proteja, para que sean predicadores y testigos
valientes del amor de Dios. Gracias!

Anécdota de Anecdonet.com