Un colegio para acercar dos mundos en Buenos Aires

“Una cosa es la inclusión, otra la integración, que es más difícil”, dice Juan Martín Fernández, Desarrollador de Fondos del Colegio Buen Consejo (Buenos Aires, Argentina), sobre la original y exitosa experiencia de esa institución educativa cuya matrícula está compuesta en más del sesenta por ciento por chicos que viven en la villa 21-24, la más grande de la Capital. El resto del alumnado proviene de familias de clase media de Barracas, La Boca o Avellaneda.

Estos dos mundos geográficamente colindantes pero socialmente separados de la zona sur de la ciudad de Buenos Aires se mezclan y se integran provechosamente en este Colegio, que no es gratuito para las familias de la villa -“queremos que la gente se sienta digna porque tiene la capacidad de desarrollarse por sí misma”-, pero sí está subvencionado.

En esta charla con Infobae, Fernández explica cómo el Buen Consejo se convirtió en un puente de inclusión para los chicos de la villa vecina -“todos los que egresan van a la universidad”- y hace una convocatoria a los que deseen colaborar con este proyecto que no para de crecer.

Uno escucha la palabra “privado”, y piensa en una escuela para ricos. ¿Cómo puede un colegio privado tener una matrícula formada mayormente por chicos que viven en una villa?

— El Buen Consejo está a cinco cuadras de la villa 21, en Barracas. Era un colegio de clase media que no tenía muchos alumnos y entonces una gran persona, ya fallecida, Otto Kraft, fue a ver al padre Pepe y le propuso hacer un colegio de inclusión, para integrar a la villa con el barrio, porque si bien todo es Barracas son dos sectores que no se reconocen para nada. Así empezó este trabajo de educación e integración, que es lo que más nos caracteriza. Porque inclusión es un término amplio, que a veces no se trabaja bien. Hacemos todo un esfuerzo por la inclusión porque es la manera efectiva de

educar. Pero integrar es mucho más difícil, porque estamos trabajando con dos sectores sociales que no se reconocen, con muchos prejuicios.

Sin embargo…

— Sin embargo, salió. Por supuesto por la ayuda de los curas de la villa, que recomendaron a esos padres mandar a sus hijos al colegio, pero también porque los chicos no tienen los prejuicios de los grandes. El proyecto nace así, de manera muy espontánea, como suelen surgir estas cosas, cuando uno quiere hacer el bien. Poco a poco fuimos programando y haciéndolo mucho más profesional. Actualmente hay un 62 por ciento de alumnos de la villa, los demás son de clase media de Barracas, Avellaneda y La Boca.

¿Qué cosas cambiaron a partir de esta integración?

— Por un lado, esto nos llevó a tener que trabajar problemáticas que no teníamos antes, y para eso nos asesoramos mucho con los sacerdotes de la villa. Pero además empezó a crecer el colegio; los resultados eran muy buenos, tanto desde el punto de vista académico, como espiritual. En todo colegio lo académico es lo más importante, pero en nuestro caso es importante lo académico, lo humano y lo espiritual, la formación integral, la persona en su totalidad. Y en lo académico nos podemos jactar de que el 100% de los alumnos que egresan van a la universidad… Es el signo de que evolucionamos hacia otra etapa. Porque empezamos con la etapa de la integración, inclusión, la consolidación de ese sistema, y salió todo tan bien que nos dijimos que estos chicos pueden tener trabajos bien rentados e ir a la universidad.

Ahora bien, cómo un chico de la villa, de una familia que cabe suponer de bajos ingresos, probablemente los padres, si trabajan, lo hacen en negro, ¿cómo puede ese chico ir a un colegio privado?

— Bueno, en realidad, el problema es más de vivienda que de ingresos. En general, ambos padres trabajan, en negro lamentablemente, pero pueden pagar un colegio, están pagando 460 pesos por cada chico, y lo pueden hacer, no es un problema eso. Además, valoran tanto la educación y la mayoría de los chicos que vienen son paraguayos y bolivianos, y tienen una cultura del progreso, del esfuerzo, un respeto a la autoridad, una religiosidad popular enorme, que eso nos ha favorecido un montón y somos privilegiados por estar trabajando con estas personas. En otras villas se vive una realidad mucho más difícil. Pero este tipo de gente que quiere luchar, progresar, mejorar, hace el esfuerzo de pagar la cuota, que tampoco es sideral.

Pero una parte está subvencionada. Ellos ponen esos 460, ¿y el resto?

— Claro. La sustentabilidad del colegio se basa en lo que sería la tercera integración: la primera es la integración humana de la persona, la segunda es la integración villa-barrio y la tercera integración es Estado-privado-sociedad civil. ¿A qué me refiero? No podríamos sacar adelante este proyecto sin el apoyo del Estado, que paga los sueldos; sin las empresas, asociaciones, fundaciones, que nos dan dinero de manera ocasional; y sin los padrinos, que complementan la cuota de los alumnos cuyos padres no pueden pagar la totalidad, que son aproximadamente 680 pesos. Hace unos años empezó la construcción de la primaria de varones. El próximo paso es el secundario

O sea que ustedes buscan padrinos para los alumnos.

— Sí, exactamente. Y a cada padrino le damos un seguimiento, informes de los maestros. No le presentamos directamente al alumno porque es un poco chocante, es un concepto antiguo de la solidaridad, del patrón que te asiste, pero les damos oportunidades de ver cómo van los alumnos, e incluso charlar con ellos.

Inicialmente el Buen Consejo era sólo un colegio para niñas…

— Sí, jardín, primaria y secundaria.

¿Y ahora?

— Nosotros heredamos este colegio de una obra religiosa y era un colegio de mujeres. Pero por pedido de los padres, al ver que las chicas estaban muy elevadas en su formación académica y humana respecto de sus hermanitos, primos o vecinos varones, los curas de la villa, Pepe (Di Paola), Juan (Isasmendi), Charly (Olivero), nos dijeron “muchachos, hagan el colegio de varones”. Así que hace seis años decidimos comenzar y empezamos dentro del mismo edificio del de mujeres, pero pronto no dábamos abasto, así que después de tres años de búsqueda, de pelea y de recaudar fondos, compramos una antigua fábrica de yerba a dos cuadras del otro edificio. Y a partir de muchísimo voluntariado, porque el voluntariado es otra parte de la sustentabilidad, pasa muchísima gente a ayudar y a colaborar, sobre todo mucha gente joven. Otro aspecto de la sustentabilidad es la campaña que iniciamos de microdonantes. Porque hay gente que no puede donar mucho dinero o no puede pagar…

Sí, 600 por mes puede ser una carga considerable para muchos.

— Exactamente. Ahora, un microdonante puede aportar 50, 100 pesos, ahorrarse un café, un paquete de cigarrillos o una cerveza y el resto lo paga el colegio. Puede parecer menor, pero gran parte de la sustentabilidad son estos muchos microdonantes. Por eso hemos comenzado ahora con esta campaña que para nosotros es muy importante.

Las familias con menos recursos pagan una parte de la cuota y el resto se subsidia con padrinazgos y donaciones.

¿Cómo es el colegio desde el punto de vista de la exigencia? Lo pregunto porque con frecuencia hay una actitud paternalista, esa idea de dar por sentado que la persona de bajos recursos no puede rendir en un colegio…

— Ese es un prejuicio espantoso. En el Colegio tenemos varios proyectos, como teatro, coro, ajedrez, un programa en el cual las chicas hacen la experiencia de crear empresas, y ganan siempre premios. Y llega un punto por ejemplo en el que los docentes no les podemos jugar al ajedrez porque nos ganan. Pasan cosas maravillosas, que nos asombran por la capacidad intelectual de estos chicos.

El paternalismo no ayuda a las personas a salir de la situación en la que están.

— Justamente lo que queremos es romper con esa solidaridad mal entendida de dar y conformarnos. Que es un poco también lo que está diciendo el Papa: que la gente se sienta digna porque tiene la capacidad de desarrollarse por sí misma. Entonces, lo que el colegio promueve es el espíritu de lucha, la voluntad, el no caer en ningún tipo de paternalismo porque además no lo necesitan. El padre que manda a su chico al colegio sabe que hay que esforzarse. Las virtudes son claves para romper ese paternalismo, nosotros le decimos a los chicos que es bueno trabajar el orden, porque los hace mejores personas, la responsabilidad, el compañerismo. Entonces sabe que eso lo va a mejorar como persona y no va a esperar que todo venga de arriba; a la larga eso es una bomba de tiempo porque cuando llega a la adolescencia explota: “a mí que me den todo”.

¿Cuántos alumnos tiene actualmente el Colegio?

— Tenemos aproximadamente 1.200 alumnos. Y todavía nos queda por construir la secundaria de los varones. Recién terminamos el primer nivel.

Hace poco la pastoral villera pidió que se declare la emergencia por el tema de la droga para proteger a los chicos. ¿Cómo viven esa problemática?

— Para nosotros la primera prevención es la de la familia y la segunda, la del colegio. Como los sacerdotes de la villa tienen el Hogar de Cristo, que es el lugar donde recuperan a los chicos, los consultamos mucho. Ellos nos dijeron que hay que trabajar sobre todo la prevención. Entonces han venido a dar charlas para mostrarles a los chicos lo que significa el arruinarse la vida, el elegir esa mala opción. Además luchamos contra un ambiente muy adverso, porque en el colegio funciona todo más o menos lindo, todos con las mismas ideas y nos portamos bien. Ahora, salen del colegio, especialmente los que vienen de la villa, y tienen muy malos ejemplos. Al que vende la droga lo tienen en la puerta de la casa. La prevención la hemos trabajado sobre todo ahogando el mal en la abundancia de bien. ¿Qué quiere decir? Ver lo positivo de luchar por conseguir un trabajo, un futuro, poder salir de la villa, tener amigos, una buena novia, una buena mujer o, para las chicas, un buen varón. En general las chicas no caen tanto en el tema de la droga, es más fuerte en los varones. Ellas tienen otras problemáticas también muy delicadas.

¿Por ejemplo?

— Por ejemplo, el tema abusos. Y una cosa que nos ha asustado es la preocupación que expresan por el riesgo de caer en redes de trata. Hicimos un sondeo entre las alumnas más grandes y para el 70% la preocupación es la trata de personas.

Les preocupa eso.

— Sí, porque lo tienen al lado. Y era algo de lo que no teníamos registro para nada, ni siquiera los sacerdotes de la villa.

Algo nuevo.

— No diría que tan nuevo…

Pero de los últimos años.

— Sí, sí. Sobre todo porque son engañadas; hay mucho mito de la camioneta blanca que rapta. No, no, es el engaño en complicidad con ciertas autoridades.

Web del Colegio Buen Consejo

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