«Os presento la mejor universidad del mundo: mi peluquería»

Me llamo Federico Barbero. Y soy peluquero, una profesión que me ha aportado muchas satisfacciones.

Estoy recién jubilado. Pero me pasé muchos días de mi vida alrededor de un sillón, entorno a una cabeza, y sin embargo, os presento la mejor universidad del mundo. En el trabajo directo con personas distintas nada puede ser monótono, y todo es una ocasión de aprender, y de ayudar.

En mi peluquería la gente llegaba, se sentaba, y contaba. A veces, sus penas, otras, sus alegrías. Casi siempre, sus inquietudes, su experiencia, y su sabiduría.

Mis clientes han sido parte esencial de mi trabajo, y por eso me sé sus nombres y me hago cargo de buena parte de sus vidas.

Cada persona que tomaba asiento ante el espejo de mi peluquería tiene una historia. Haciendo memoria, déjame que destaque cinco de mil.

Mi mejor amigo

En el mostrador de mi peluquería tengo un cuadro pequeño de san Josemaría. Un día, un cliente, al verlo, comenzó a criticar el Opus Dei. Le dejé hablar. Concluyó sentenciando que la Obra era sólo para gente especial.

– ¿Tú conoces a alguien del Opus Dei?

– No.

– ¿Y por qué criticas sin conocer a nadie?

– Dicen que el Opus Dei es sólo para gente distinguida y elitista.

– Entonces, ¿un peluquero como yo no podría pertenecer a la Obra?

– ¡Claro que no!

– ¡Ah, no! ¡Pues, para tu conocimiento, que sepas que te está atendiendo un supernumerario del Opus Dei!

Se quedó mudo.

Para animarle un poco, le tiré un poco más de la lengua:

– Tú, ¿qué concepto tienes de mí?

– Que eres una persona afable y buen profesional.

– Gracias, amigo, porque eso es, justamente, lo que me enseñan en el Opus Dei.

Me pidió sinceras disculpas por sus juicios a bulto y desde entonces es mi mejor amigo.

Federico con su hijo.

Como un muñeco sin pilas

Aquél cliente me tenía ya un poco agotado con sus críticas a la Iglesia. Cada vez que venía, tomaba la alternativa, y se quedaba a gusto sin dejarme argumentar: que si la Iglesia en el pasado, que si la jerarquía…

Le dije que los cristianos no somos perfectos. Que si la perfección era condición previa, nadie podría pertenecer a la Iglesia. Que debemos ayudarnos y rezar unos por otros para mejorar. Y que era saludable fijarse más en lo bueno que hace tantísima gente en nombre de Jesucristo.

Un día decidí callar y rezar por él. Inesperadamente, el hombre se fue apagando, como un muñeco al que se le gastan las pilas. Y se impuso el silencio. Nos mirábamos a través del espejo mientras yo seguía haciendo mi trabajo, sin decir una palabra. Al final, con tono conciliador, me dice: “No, si yo también creo algo…”. No contesté nada, por miedo a estropearlo…

A los pocos días vi a un señor que se le parecía en la iglesia del barrio. Pensé que sería un hermano. Después de comulgar coincidí con él de frente y, efectivamente, era mi cliente. Pasó un tiempo, y seguía viéndole en Misa.

Cuando pasaba por mi peluquería ya no hablamos más ni de la Iglesia, ni de la religión. Pero había muchos otros temas interesantes de conversación. Meses más tarde cayó enfermo, y me tocó ir a arreglarle el pelo al hospital. Me sorprendió ver en su mesita una estampa de Jesús crucificado.

– Veo que está usted muy bien acompañado.

– Sí. A mí no me falta mi Jesús.

Cuando su señora me despidió en el pasillo del hospital, me dijo:

– Nunca pude con este hombre. De un tiempo a esta parte ha dado un cambio que no me explico.

Federico en plena faena.

El que no existes eres tú

Un cliente en mi peluquería aseveró con mucha seguridad un buen día: “Dios no existe”. Le puse la mano en el hombro y mirándole con descaro le dije:

– El que no existes eres tú. Si no inventas algo, si no escribes un libro que tenga éxito, si no pintas un cuadro famoso, cuando pasen dos generaciones, nadie sabrá que has estado en este mundo. Ni siquiera entre tus familiares y conocidos cercanos permanecerás mucho tiempo en el recuerdo. Y no porque seas tú. Nos va a pasar a todos. Sin embargo, Dios seguirá existiendo siempre en el corazón de la gente de buena voluntad.

Y seguimos cortando el pelo y arreglando el mundo por otros derroteros…

Perdonar 8 euros, y ahorrarse 500…

Frente a mi negocio hay un supermercado. Una mañana me encontré allí a un joven pidiendo en la puerta. Me pareció un chico educado y de buen talante. Todas las mañanas le saludaba: “¡Buenos días, Víctor!”

Un día, Víctor entró a cortarse el pelo, y aproveché la ocasión para saber más de él. Me contó que se había escapado de su casa… Le recomendé volver y hacer las paces con su familia, imaginando también el mal rato que estarían viviendo sus padres. Terminé el servicio y preferí no cobrarle nada.

Ese mismo día, por la tarde, tenía yo el coche aparcado en la calle en un sitio que no podía controlar desde la peluquería, pero Víctor, desde el lugar en que pedía limosna, lo vio muy claro: un conductor, dando marcha atrás, le dio un golpe a mi coche y pretendía darse a la fuga. Víctor me avisó rápidamente y gracias a eso pudimos hacer que su seguro me pagara los 500 euros de la reparación. 500 euros que yo me ahorré por la diligencia de mi joven amigo.

La historia de Víctor acabó bien. Volvió a casa. Entre varios comerciantes de la zona le pagamos el viaje de regreso.

Volver a intentarlo

Era empresario, y estaba desesperado. La crisis le había destrozado el negocio. No podía pagar ni a los proveedores, ni a sus empleados. Con todos sus bienes embargados, ahí, en el sillón de la peluquería, soltó su conclusión:

– La única solución que me queda es quitarme la vida.

Viendo sus lágrimas y la tristeza con la que hablaba, no dudé en que su propia amenaza podía ir en serio.

Me quedé perplejo. No sabía qué decir. Para ganar tiempo, le dejé solo y fui a un bar cercano a traerle un refresco.

– Échese un trago, que tengo que decirle algo.

Pasaba el tiempo, y a mí no se ocurría nada que sirviera para tranquilizarle. Nada. En absoluto. Pedí ayuda al Señor, y, de repente, le grité con fuerza:

– ¡Cobarde! ¡Es usted un cobarde! ¿Qué quiere, quitarse de en medio y dejarle los problemas a su mujer, con la pena añadida de su muerte? ¡Es usted un cobarde! ¡Ya quisiera cambiarle mi problema por el suyo para que mi hijo discapacitado estuviera bien!

Después de un largo silencio, continué:

-Lo que debe hacer cuando salga de aquí es ir al médico. Sin quitar una sola coma, le explica todo como me lo ha contado a mí. Que le dé la baja y le ponga tratamiento, porque usted tiene una depresión de caballo. Después, busque a un abogado que entienda de estos temas económicos. A lo mejor no está todo perdido. Y en tercer lugar, vaya usted a ver un sacerdote, que le vendrá bien echar un rato de charla con él.

Ni los consejos ni la manera de exponerlos me parecieron cosa mía. Me vi desbordado por la situación y además carezco de formación psicológica para afrontar estas situaciones de emergencia.

Este señor se prejubiló por incapacidad, liquidó su negocio, y no sufrió excesivas pérdidas económicas. Nos vemos con frecuencia. Siempre me muestra su agradecimiento por haberle hablado con dureza. Quizás fue aquello lo que le sirvió para entrar en razón.

Aprobó la oposición

Mi amigo Alberto es joven, inteligente y está muy preocupado por su futuro. Estudió Económicas. Ha suspendido tres veces seguidas unas oposiciones difíciles. Desilusionado, un día de peluquería me dijo:

-Este año será la última vez que me presente. Si no apruebo, me buscaré un trabajo para no seguir dependiendo económicamente de mis padres.

– Ten esperanza –le dije muy serio- Esta vez aprobarás. Voy a rezarle por ti a un amigo. No le pediré que haga un milagro, sino que el día del examen tengas la mente despejada y el esfuerzo de tu estudio dé sus frutos.

Esta vez, aprobó. Pasado el examen, vino a darme un abrazo y a contarme lo siguiente:

– De los 91 temas posibles, me salió el 32. Justo el que mejor me sabía. Cuando lo tuve en mis manos me di cuenta de que esto estaba chupado.

Le felicité. Le recordé que tenía una deuda con Dios. Y le recomendé que le diera gracias todos los días.

Se casó. Se fue a vivir a otra ciudad. Pero nos seguimos viendo cuando llegan las vacaciones.

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