El corazón de una madre sólo lo entiende otra Madre

Soy la tercera de una familia numerosa de trece hermanos. Mis padres siempre han sido profundamente cristianos; mi padre se parece al santo Job -y un poco a Papá Noel- y mi madre, a Judith por su belleza y su carácter.

Kika y Marina, madre e hija.

Ella fue siempre profunda en argumentos y sentimientos, rebelde en una sociedad acomodada y muy valiente. Pero sobre todo era madre por definición. Nos educó sin programas ni recetas, con la naturalidad de una familia, celebrando todo lo que se podía celebrar y estando muy presente en casa. Leía mucho, hablaba y disfrutaba con nosotros, y nos reñía de vez en cuando -tenía 113 motivos-. Todos recordamos el día en que fue a estampar una tarta en la cara de mi padre y, al ver su cara de susto, giró la mano, de forma que la tarta se incrustó en el techo. Mientras la recogían les entró la risa tonta y tras su reconstrucción nos la comimos felizmente.

Mi madre nos educó sin programas ni recetas, con la naturalidad de una familia, celebrando todo lo que se podía celebrar y estando muy presente en casa

A pesar de los lógicos roces, siempre nos hemos considerado una familia muy unida y privilegiada por tantos regalos recibidos de Dios a lo largo de los años: el mayor, el don de la fe, que pudimos reafirmar junto a Juan Pablo II en la misa del primer Encuentro de las Familias en 1994. Otro, saber disfrutar de la vida. Nos encantan las relaciones humanas, las reuniones con familiares y amigos, etc. Tener la oportunidad de vivir es una maravilla que siempre hemos valorado:

Los planes de Dios no son nuestros planes

Cuando yo tenía 19 años fui al Santuario de Torreciudad con unos amigos. Allí, mi hermana Paula, que es supernumeraria, me presentó a una chica del Opus Dei y, desde ese momento, empecé a ir a algunas actividades. Siempre pensé que mi vida sería similar a las de mis padres, por la gran admiración que les tenía y por mi inclinación natural al matrimonio y la maternidad. Sin embargo, los planes de Dios no son nuestros planes y, después de años de búsqueda, cuando estaba acabando la carrera de Arquitectura Técnica, descubrí que Dios me pedía una vida de entrega a Él y a los demás, como numeraria del Opus Dei. Poco antes, mi hermano Arturo había tomado la misma decisión de responder a la llamada de Dios.

Cuando lo hablé con mi madre, su reacción fue totalmente inesperada. No creía que tuviera verdadera vocación: montó literalmente en cólera y me dijo que, si quería vivir esa vida, me echaba de casa con lo puesto, y así lo hizo. Acto seguido, habló con mi hermano Arturo para decirle que hiciera la maleta y se fuera él también. Tanto nosotros como el resto de la familia estábamos muy desconcertados con lo que había pasado, pero el corazón de una madre sólo lo puede entender otra madre.

Mi padre también reaccionó mal al principio pero, después de escuchar mi historia, me dijo: “Esto es de Dios, cuando lo oiga tu madre seguro que se convence”; pero mi madre no tenía fuerzas para escuchar

Mi padre también reaccionó mal al principio pero, después de escuchar mi historia, me dijo: “Esto es de Dios, cuando lo oiga tu madre seguro que se convence”; pero mi madre no tenía fuerzas para escuchar. Mi padre siempre la ha apoyado, han sido un sólo corazón y una sola cabeza, y eso ha sido un ejemplo para todos. Se puede decir que han cumplido a la letra la promesa hecha en su matrimonio: “Te querré en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… todos los días de mi vida”.

Muchas veces oía en mi corazón cómo el Señor me decía: “Ten confianza, tu cuida de mis cosas, que yo cuido de las tuyas”.

Dos semanas después volvimos a casa, pero nuestra familia ya no volvió a ser la misma. La relación con mi madre cambió bastante: habitualmente discutíamos y había incomprensiones mutuas. Yo sufría pensando que lo que me pedía Dios, podía separar a mi madre y a mis hermanos de Él y de la Iglesia. Muchas veces oía en mi corazón cómo el Señor me decía: “Ten confianza, tu cuida de mis cosas, que yo cuido de las tuyas”. Dentro de las “mías” estaba nuestra familia.

Pasaron los años y mi madre seguía sin comprender nuestra vocación, aunque las relaciones se fueron suavizando. El nacimiento de mi sobrina Marina nos acercó un poco más

Pasaron los años y mi madre seguía sin comprender nuestra vocación, aunque las relaciones se fueron suavizando. El nacimiento de mi sobrina Marina nos acercó un poco más. Mis padres seguían sin pisar los centros dónde vivíamos ni saber nada de nuestra vida con relación al Opus Dei. Nunca dejaron de querernos y contaban con nosotros. Solíamos ir por casa con frecuencia, aunque no tanta como ellos deseaban, y nos lo hacían notar. Arturo bromeaba con mi padre diciéndole que no tenía el “don de la bilocación”, que querría estar siempre en sus dos casas. Una Nochebuena, mi padre le regaló un anillo de la bilocación -de papel-, pero lógicamente, no funcionó. Yo lo llevaba peor, porque no conseguía bromear con mi madre. Como el tiempo pone las cosas en su sitio, mi madre terminó por admitir que la nuestra era verdadera vocación y no el fruto de una “volada” y contaba con nosotros para que rezáramos por diversas intenciones, que casi siempre tenían que ver con mis hermanos y familiares.

Una enorme crisis familiar

La armonía familiar parecía restablecida, pero cuando ya habían pasado catorce años desde el primer “terremoto”, mi hermana Paz decidió entregarse a Dios como consagrada del Regnum Christi. Se entregó al Señor el día de mi cumpleaños, 27 de agosto de 2012, y considera la coincidencia una señal clara de que su respuesta es consecuencia de la mía. Nos preguntamos cómo reaccionarían nuestros padres. Pensábamos que quizá se lo tomarían bien, pero esta vez el equilibrio precario se rompió, desatando una enorme crisis. Tras años de sufrimiento moral, y cansada de ser “la mala de la película”, mi madre estalló. El día que se lo dijo, Paz se vio también de “patitas en la calle”. Nos costaba entender esta falta de aceptación, pero mi madre era la primera que no aceptaba no aceptarlo.

En enero mi madre decidió marcharse a vivir al apartamento que tenemos en la playa y le dijo a mi padre que “había decidido separarse de él”

Ante esta nueva situación y la incapacidad de asumirla, mi madre se sumergió en una depresión bastante fuerte que le llevó a rechazar lo que más quería. En enero decidió marcharse a vivir al apartamento que tenemos en la playa y le dijo a mi padre que “había decidido separarse de él”. Al principio no la creímos porque parecía la típica amenaza que se pasa en poco tiempo; pero transcurrían días, semanas y meses y ella seguía sin querer saber nada de mi padre. Estaba cansada de asumir las decisiones importantes de la familia, de luchar por cada uno de nosotros y quería dejar de sufrir de una vez. Así que optó por “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Sin saber qué hacer, decidimos pedirle con fuerza a la Virgen que nos devolviera a nuestra madre.

Sin saber qué hacer, decidimos pedirle con fuerza a la Virgen que nos devolviera a nuestra madre. Un día quedamos mi padre, Paz y yo para ir a un Santuario Mariano. En aquellas fechas, la renuncia de Benedicto XVI y la elección del Papa Francisco y otras circunstancias, la conmovieron. Por otro lado, a mi hermano le tocaba ser clavario en nuestra Cofradía de la Sangre y Cristo de San Marcelo y mi madre se desplazó a Segorbe con toda la familia, aunque seguía manteniendo cierta distancia con mi padre.

La Virgen de Torreciudad cambia los corazones

Hablé con mi madre y le propuse ir a Torreciudad tras Semana Santa, aprovechando que Arturo estaba allí en una convivencia con chavales y yo pasando unos días de descanso y formación en La Solana, una casa de retiros cercana. Para mi sorpresa, accedió. Mi madre seguía dura de corazón, sin ganas de cambiar.

El primer día, la invité a comer y a pasar la sobremesa conmigo en La Solana. La administración preparó paella valenciana y la gente estuvo muy cariñosa. Al acabar estaba feliz, conmovida por la atención y los detalles. Cuando me enteré que venía fui a hablar con don Javier Mora-Figueroa, que entonces era el rector del Santuario y le expliqué la situación: “Tiene que hablar con mi madre, tiene que ser usted”. Él, con la mejor de sus sonrisas, me replicó: “No, tiene que ser la Virgen; tú reza, pídeselo a Ella”.

“Tiene que hablar con mi madre, tiene que ser usted” -le pedí a D. Javier Mora-Figueroa-. Él, con la mejor de sus sonrisas, me replicó: “No, tiene que ser la Virgen; tú reza, pídeselo a Ella”

Durante esos días íbamos a comer con mi madre, de excursión, o visitábamos los lugares del santuario. Una tarde decidimos ir al rezo del rosario y la bendición con el Santísimo. Nada más acabar miré a mi madre, que estaba muy seria, y le dije: “Mamá, le he dicho al rector que estás aquí: ¿te gustaría hablar con él?” Ella sin dudar contestó: “Sí, ahora mismo”. Después me contó la conversación que había tenido con él, en concreto le dijo: “Reconozco tantos errores de mi vida… Pero no quiero cambiar, no quiero volver con mi marido, así que, no podría confesarme”. El sacerdote le dijo: “Tú por eso no te preocupes, que el propósito de la enmienda te lo dará Dios”. Y así fue porque al día siguiente quedaron para limpiar el alma. Ese día mi madre era otra vez mi madre y estaba feliz.

Una semana después mi madre volvió a Valencia con Arturo, contenta de volver a casa. Insegura de sí misma pero segura de Dios

Los días siguientes, tanto el rector como el vicerrector se volcaron con nosotros. Me impactaba el trato delicado y cariñoso, la comprensión y misericordia tan exquisitas. Una de las virtudes de las personas que acogen a la gente en Torreciudad es la capacidad para atenderte como si fueras la única persona en el mundo. En una visita guiada, el vicerrector nos enseñó la capilla de la Sagrada Familia. Nos dijo que allí se celebraban muchos aniversarios de boda. Mi madre dijo que ese 12 de octubre, hacían cuarenta años de casados, y sería buen momento para ir con todos. Entonces el vicerrector riendo dijo que sí, que esperar a los cincuenta es arriesgado; primero, porque hay que ver si llegas, y segundo, porque hay que ver cómo llegas. Una semana después mi madre volvió a Valencia con Arturo, contenta de volver a casa. Insegura de sí misma pero segura de Dios.

Una llamada urgente

El 24 de septiembre de 2013, me llamó mi padre alarmado para decirme que mi madre estaba en el hospital porque de repente tenía problemas serios en el habla. Fui corriendo y, cuando llegué, la doctora nos dijo que tenía un tumor cerebral bastante claro. Decidimos decírselo enseguida porque ella siempre ha querido saber la verdad y además es experta en pillarnos cualquier disimulo o mentira. Así que, con el alma rota, acompañamos a la médico. Estábamos en la habitación mi madre, Paula, mi padre y yo. Ante la noticia, mi madre miró a la doctora y le dijo: “Bueno, de algo hay que morirse; unos vamos antes y otros, después”. Entonces rompimos en sollozos y mi madre nos dijo que “no hiciéramos dramas y nos fuéramos a comer”.

Estábamos en la habitación mi madre, Paula, mi padre y yo. Ante la noticia, mi madre miró a la doctora y le dijo: “Bueno, de algo hay que morirse; unos vamos antes y otros, después”

En el bar, mi padre, entre lágrimas y con una risa nerviosa, me dijo que estaba alucinado de la fortaleza de mi madre y que pensaba que tendría que haber sido todo al revés: que la médico tendría que habérselo dicho a ella primero y después preguntarle: “Bien, señora, ¿en qué momento ve mejor que se lo comuniquemos a su esposo e hijos?”, porque realmente la noticia nos cayó como una bomba: mi madre era joven y nosotros todavía la necesitábamos mucho.

Yo le contesté: “A ver mamá, el Papa Francisco está hablando de misericordia. Dios se reirá cuando llegues al Cielo y te dará un abrazo muy grande”.

Esa noche me quedé en el hospital con ella. Hubo un momento en el que, con cara de preocupación, me dijo: “Menudo palo me va a dar Dios cuando llegue a la otra vida, porque, tantos años oponiéndome a su voluntad…”. Yo le contesté: “A ver mamá, el Papa Francisco está hablando de misericordia. Dios se reirá cuando llegues al Cielo y te dará un abrazo muy grande”. Intentó sonreír, pero yo me di cuenta que no estaba tranquila. Me dormí en el sillón del hospital pidiendo al Señor que le diese la paz que le faltaba. Al día siguiente le dije: “Te traeré esta tarde rosquilletas. ¿Quieres algo más?”. Y ella contestó: “Sí, tráeme a un cura”. Durante su estancia en el hospital hablamos mucho de Dios, de la vida eterna, de la oración, etc. Le pedía al Señor que “le inflamase el corazón como a Santa Teresa de Jesús”.

“Pensat y fet”

Después de mil pruebas, los médicos decidieron que había que operar el 14 de octubre. Llamamos al vicerrector de Torreciudad para decir que no podríamos celebrar allí el aniversario de mis padres. Mi madre estaba apenada por no ir. El 11 de octubre, a las tres de la madrugada rezaba: “Caray, Señor, te podrías haber esperado a lo del tumor un poco más y así nos habríamos ido a Torreciudad toda la familia”. Sintió que el Señor le contestaba: “¿Y quién te impide ir?”. Entonces pensó: “¡Es verdad! ¡Nadie nos impide ir!”, y se lo dijo a mi padre. A las 8 de la mañana estábamos todos avisados. Pidió permiso en el hospital y así, al más puro estilo valenciano –pensat y fet-, nos fuimos al día siguiente los treinta y seis en un autobús, ida y vuelta en el día.

El 11 de octubre, a las tres de la madrugada rezaba: “Caray, Señor, te podrías haber esperado a lo del tumor un poco más y así nos habríamos ido a Torreciudad toda la familia”. Sintió que el Señor le contestaba: “¿Y quién te impide ir?”

Para mí, ese día fue agridulce. Muy dulce por la maravilla de ir con todos a Torreciudad. Era la respuesta del Señor: “yo la lié, yo lo arreglé”. Pero un poco agrio porque pensaba que podría ser el último viaje que hiciéramos en familia; que la operación tenía un alto porcentaje de fracaso y mi madre estaba preparada para afrontar el paso al Cielo. San Josemaría afirmaba que Dios no es un cazador furtivo que se lleva a su presa en el momento más inesperado, sino que es un jardinero que corta la rosa en el momento más bello: así veía yo a mi madre, como una flor hermosa que se puede cortar. La Virgen derramó su gracia sobre cada uno de nosotros. Mis padres se quisieron volver a confesar antes de la ceremonia y alguno de mis hermanos dio un paso decisivo hacia la conversión. Solo podíamos dar gracias a Dios por la familia que nos había dado.

“Quiero dar testimonio”

El 14 de octubre la operación fue muy bien. Pudieron extirpar el tumor de manera limpia y sin dañar el cerebro. Por la tarde, vimos a mi madre en la UCI. A Arturo y a mí nos tocó los últimos. Entramos en el box y nos dijo con el rostro radiante: “Hoy ha sido el día más feliz de mi vida”. Le pregunté si había tenido miedo en la operación y contestó que no.

Unos días después, fui a dormir al hospital con ella y me atreví a preguntarle sobre lo que había pasado en la operación. Ella me dijo: “No lo sé exactamente, solo sé que Dios se me ha dado como un don, y no quiero perderlo. No entiendo cómo se me ha dado de este modo, yo que he estado tan lejos, yo que me he opuesto a su voluntad tantas veces, yo que el año pasado quería abandonar todo”. Le dije que ciertamente era un misterio, pero que siempre había intentado vivir rectamente y eso Dios lo veía. Se sentía como Dimas, el buen ladrón, que en el último momento le robó el Cielo a Jesucristo. Luego le pregunté: “Mamá, ¿y ahora entiendes nuestra vocación?” Y, sin casi dejarme acabar, me dijo: “No sólo la entiendo, sino que entiendo que es lo mejor que os ha podido pasar”. Después, hablando con una hermana, me contó que al entrar en planta tras la operación le dijo a varios hermanos: “Quiero que sepáis una cosa: me he pasado toda mi vida confiando mucho en Dios, pero confiando hasta un punto. Y ese punto era mi soberbia, y ese punto me impedía la unión con Dios y entender sus cosas”. Esos días también tuvo muchas palabras de reconciliación, ternura y comprensión con mi hermana Paz.

Luego le pregunté: “Mamá, ¿y ahora entiendes nuestra vocación?” Y, sin casi dejarme acabar, me dijo: “No sólo la entiendo, sino que entiendo que es lo mejor que os ha podido pasar”

Días después, nos decía que quería dar testimonio de una madre que ha vivido obcecada con la vocación de sus hijos, de una madre que se ha equivocado. No obstante mi madre no se equivocó, porque nos supo educar y nos enseñó a ser generosos, de modo que es una realidad que debemos el noventa por ciento de nuestra vocación a nuestros padres -como decía San Josemaría-; yo diría que en nuestro caso el 99%.

Al analizar el tumor, nos dieron la mala noticia de que le quedaban entre seis meses y un año de vida. Han sido meses de tratamiento: radioterapia, quimioterapia, etc., y de regalo de vida porque ahora han pasado dos años. Ha podido vivir acontecimientos importantes: bodas, bautizos, una peregrinación a Tierra Santa, visita a la Virgen de Fátima, a Torreciudad, etc. Pero no sólo eso, cada día nos ha enseñado nuevas cosas, ha tenido tiempo para pedir perdón, para dar gracias, para hablar con cada uno, para pedirnos que seamos no buenos sino santos.

No obstante mi madre no se equivocó, porque nos supo educar y nos enseñó a ser generosos.

En septiembre de 2014, mis padres acudieron a la Beatificación de Álvaro del Portillo en Madrid. Fueron unos días inolvidables, también cargados de mucha gracia de Dios y agradecimiento por nuestra parte. Allí, el día de la Misa de acción de gracias, por “casualidad” pudieron decir unas palabras conmovedoras que se recogieron en la página web de la Obra, en un reportaje titulado Los chicos del coro.

La historia de conversión de mi madre ha sido la historia de conversión de mi padre y de cada uno de sus hijos. Ella decía que se iba a ir al Cielo a prepararnos la casa de modo que esté acogedora. Falleció el 24 de febrero 2016, rodeada de sus hijos y nietos con una gran serenidad y alegría. Ella es la que tirará desde arriba hasta conseguir que todos vayamos junto a ella, junto a la familia de Nazaret, junto a la Trinidad Beatísima. Allí en el Cielo no habrá ni llanto, ni dolor, ni quimios, ni incomprensiones… solo habrá una gran comunión de amor y espero encontraros a todos vosotros, los que leéis este relato.

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