«¿Has visto alguna vez los ojos de una vaca?»

El año pasado viví en Praga (Chequia), en la residencia de estudiantes Na Baste. Siguiendo la llamada de Papa Francisco de aprender de los mayores y dedicar el propio tiempo a los demás, decidimos realizar con más frecuencia visitas solidarias. Anteriormente, las hacíamos de vez en cuando y, por así decirlo, de una manera improvisada, pero pensamos que estaría bien organizarlas de forma sistemática para ofrecer a nuestros amigos la posibilidad de hacer algo por los demás.

Queríamos dedicar parte de nuestro tiempo libre para contribuir a hacer felices a las personas que tienen dificultades en la vida.

En ese momento, no conocíamos personalmente a familias o personas en situación de necesidad, así que nos acercamos a un hospicio y a una casa de ancianos. Al director del asilo le explicamos lo que queríamos hacer: dedicar parte de nuestro tiempo libre para contribuir a hacer felices a las personas que tienen dificultades en la vida. Se quedó un poco sorprendido a la vez que encantado, y nos pusimos de acuerdo en ir los sábados por la mañana. Al llegar, las enfermeras nos sugerían a quién le gustaría dar un paseo o charlar un rato. Luego, al mediodía, ayudábamos en el comedor.

Los universitarios experimentaban esa alegría característica de quien se empeña en hacer feliz a otro.

Ya teníamos lugar y personas que nos estaban esperando. Ahora solo nos hacían falta los voluntarios: nuestros amigos. Pero, claro, no es habitual entre los estudiantes dedicar los sábados por la mañana a hacer este tipo de actividades… Al principio, no fue tarea fácil convencerles de que su ayuda no solo era importante para los demás, sino que, sobre todo, era uno mismo quien saldría ganando. Con algunos tuvimos poco éxito, con otros más. Inicialmente venían con cierta aprensión, quizá estimulados, más que por convencimiento propio, por el compromiso de la amistad; pero después de cada visita la satisfacción iba en aumento, pues experimentaban esa alegría característica de quien se empeña en hacer feliz a otro. Los ancianos también quedaban bastante emocionados cuando comprobaban que íbamos a visitarles desinteresadamente e intentaban corresponder con el mayor afecto.

Las enfermeras y el personal de la residencia también estaban encantados, sobre todo al comprobar cómo algunos ancianos que tenían dificultad para comer, lo hacían gozosos cuando era uno de nosotros quien le ayudaba.

Las anécdotas surgidas por el trato con aquellas personas son abundantísimas. Me acuerdo de una anciana de 104 años de edad que nos relataba con una lucidez asombrosa sus recuerdos de la Primera Guerra Mundial: ¡fascinante!

Algunos ancianos que tenían dificultad para comer, lo hacían gozosos cuando era uno de nosotros quien le ayudaba.

Un abuelo muy sencillo me contó con nostalgia su primer desamor. Su novia le dejó cuando él le aseguró, con devoción de enamorado, que tenía unos ojos tan bonitos como los de una vaca. Al ver mi cara de sorpresa, me preguntó: ¿Has visto alguna vez los ojos de una vaca? ¡Es la cosa más bella del mundo!

En nuestras conversaciones también surgían pesares e historias tristes. Al sentirse escuchados, los ancianos sentían la necesidad de aligerar sus amarguras. No era extraño, después de un largo desahogo, que, al tiempo que se enjugaban las lágrimas, apareciera una sonrisa luminosa en señal de agradecimiento.

Visitar a los necesitados siempre será una magnífica oportunidad para hablar con mayor profundidad con los amigos. Es algo que surge espontáneamente después de palpar la miseria y la indigencia humana.

Misma idea, en Bratislava

Actualmente vivo en Bratislava, en la residencia de estudiantes Dowina. Viendo la buena experiencia de Praga, hemos empezado las visitas de solidaridad también de forma sistemática. Solemos ir un día a la semana al mismo hospital, organizando los turnos entre los asistentes a las diferentes clases de formación cristiana que ofrece el Opus Dei a gente joven.

También en Bratislava queríamos un instrumento para que los jóvenes que se acercan a la labor de la Obra tengan la posibilidad de vivir la caridad cristiana.

Dado que el sistema funcionaba, nos dijimos: ¿Por qué no pasamos al siguiente nivel? Y así fue. De aquí surgió la asociación “Periférie”. Queríamos secundar la llamada del Papa Francisco a ir en busca de los necesitados. Los estudiantes que vienen por la residencia y algunos jóvenes del Opus Dei son los encargados de sacarla adelante. El objetivo no solo es llevar cariño y consuelo al que sufre, sino aportar un instrumento para que los jóvenes que se acercan a la labor de la Obra tengan la posibilidad de vivir la caridad cristiana y experimenten la alegría de dar su tiempo gratuitamente.

En un hogar de ancianos nos estamos encargando de organizar las fiestas
mensuales que tienen para celebrar los cumpleaños de los residentes:
cantamos e incluso bailamos con ellos.

Los miembros de la junta de gobierno nos reunimos regularmente para tratar los diferentes retos: cómo llegar a más gente, conseguir subvenciones, etc. Ya tenemos una forma legal, por lo que podemos hablar de la asociación en la universidad para que se apunten voluntarios. Hemos creado un grupo en Facebook y una página web. Actualmente atendemos dos residencias de ancianos y estamos intentando ampliar los tiempos de dedicación, además de los sábados, a otros días de la semana, para que puedan sumarse más estudiantes. La tarea no es difícil: con algunos simplemente damos un paseo, a otros les acompañamos al médico, a comprar o al banco…

En un hogar de ancianos nos estamos encargando de organizar las fiestas mensuales que tienen para celebrar los cumpleaños de los residentes: cantamos e incluso bailamos con ellos. Hemos conseguido un pequeño grupo de música que toca canciones tradicionales eslovacas. Los ancianos están emocionados.

Gracias a Dios, nos hemos ido haciendo cada vez más conocidos. Ojalá esto nos ayude a extender esta maravillosa obra de caridad que tanto gustaba a san Josemaría.

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