Arrondo, Jefe de negociado en un ministerio, había anunciado con tiempo que aquella Cuaresma pensaba dejar de fumar en plan penitente, Aquellos
pitillos cuaresmales renunciados aparecían a sus ojos como una buena inversión a largo plazo.
Durante la noche del martes al miércoles de Ceniza, ya no podía parar, acostumbrado como estaba a meterse en la cama con un pitillo en la boca. No paraba. Su mujer insinuaba.‑
‑ Es la primera noche, Julián.
El se indignó ante la creencia de que su renuncia fuese heroicidad de unas horas. Anunció que toda la Cuaresma sería igual:
‑ ¡No dormiré!
‑ "No dormiremos", coreó ella dulcemente.
Ahorramos relatar cómo se fue agriando progresivamente el humor de Julián Arrondo y la paciencia de su buena esposa.
Pero, mire usted por dónde, que al final vino a morir el penitente, porque andaba con la tensión bastante alta y las venas endurecidas. Horas después San Pedro le concedía un lugar modesto en el cielo, muy cerquita de la puerta. Pero Arrondo no estaba satisfecho. Pensaba que tenía derecho a algo más.
- «No entiendo. Pasé toda la Cuaresma sin fumar».
Curioso, porque el Apóstol no había encontrado nada por el estilo en el libro donde se apuntan nuestros méritos. Volvió a abrir el libro de la gran contabilidad, donde a dos columnas estaban anotados los nombres de los acreedores y los méritos contraídos. Recorrió con su dedo magistral las columnas de la A. De pronto, Arrondo vio su nombre. Pero el Apóstol le hizo observar que decía:
«Arrondo ( Señora de... ). Y al lado, en la columna de méritos de ella: " Una Cuaresma sin fumar su marido».
"