Vivo en la ciudad de Ribeirão Preto, situada a 350 kilómetros de São Paulo (Brasil). Un gran número de ciclistas circulan por esta atractiva ciudad. Suelen reunirse en grupos y a menudo se reúnen para dar un paseo nocturno o bien se ponen a pedalear antes de que salga el sol.

Como me gusta mucho ir en bicicleta, empecé a salir con alguno de esos grupos. Pronto me di cuenta de que no disponían de mucho tiempo para dedicarse a hacer obras de misericordia. En medio de ese ambiente, pensé en qué tipo de obra de misericordia despertaría algún interés en mí y en mis nuevos amigos.

Finalmente, me vino a la cabeza la posibilidad de impulsar un grupo que ya existía en otra ciudad: personas que utilizan bicicletas con dos sillines para que quienes tienen dificultades de vista puedan practicar ciclismo junto con otro ciclista.

Me reuní con dos amigos, Carlos y Marcus, y empezamos a dar forma a la idea, que comenzó con un episodio sorprendente. Como estábamos entusiasmados con la idea de ayudar a los ciegos, empezamos por contactar con personas que tuvieran esa deficiencia y estuviesen interesadas en practicar ese deporte. Así, llamamos a la asociación de deficientes visuales de la ciudad, para explicarles nuestra idea.

La propia asistente social se quedo un poco desconcertada cuando oyó nuestra pretensión: «Queremos andar en bicicleta con ciegos»; el diálogo se interrumpió y, sin desconectar el teléfono, comentó en tono de sorpresa con la persona que trabajaba con ella: «Tengo al teléfono un chico que se ofrece a hacer un trabajo voluntario de andar en bicicleta con nuestros alumnos». Acordamos encontrarnos en la sede de la asociación y explicamos nuestro proyecto, que fue el inicio de una colaboración muy provechosa a la que hemos llamado «Guías del pedal».

Ya hemos salido a pedalear en siete ocasiones, siempre los domingos por la mañana: son muchos los testimonios de superación y de cómo esa práctica deportiva deja alegres a quienes guiamos. Para que tengan una experiencia semejante a la que tienen quienes no ven, todos los voluntarios pasan por un proceso de entrenamiento, pedaleando con los ojos vendados sentados en el sillín de atrás. Así se dan cuenta de las dificultades y pueden experimentar un poco las sensaciones de quien tiene la limitación de no ver.

De esta forma, con esa práctica sencilla, esperamos que el proyecto «Guías del Pedal» pueda seguir atrayendo a nuevos guías y ayudando cada vez más a los deficientes visuales en Ribeirão Preto, e incluso inspirando prácticas semejantes en otros lugares.