Jóvenes refugiados se preparan para recibir el bautismo en Salzburgo

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Me llamo Dieter y vivo en Salzburgo (Austria). Colaboro con el Centro de formación Juvavum (Bildungszentrum Juvavum) de Salzburgo, en el que actualmente 15 refugiados se están preparando para recibir el bautismo. Proceden de Irak, Irán y Afganistán. Os contaré algunas de sus historias.

Por ejemplo, recientemente participé con algunos -quienes, en el momento de emprender la huida a Austria, eran de religión musulmana- en “La larga Noche de las iglesias”, una iniciativa de la Iglesia austriaca en la que muchos templos católicos abren su puertas de noche (“Lange Nacht der Kirchen”).

En uno de los lugares, ofrecían la posibilidad de escribir en un tablón los propios pensamientos y deseos. Un joven afgano escribió algo en persa: “Deseo que Jesús permanezca siempre conmigo”, me tradujo. Y no era el único.

¿Cómo empezó todo? Con ocasión del Año de la misericordia, en Juvavum, un centro de formación atendido espiritualmente por el Opus Dei, nos planteamos cómo ayudar a los refugiados. Organizamos partidos de fútbol, clases de alemán y algunas excursiones con jóvenes refugiados que ya vivían en nuestra ciudad.

Los cristianos me ofrecen alojamiento, alimentos, dinero para vivir… y además son muy amables. ¿Por qué lo hacéis?

Algunos de los participantes se han interesado en la fe católica. Uno me contó lo siguiente: “En Afganistán sólo oía que los cristianos eran malos. Ahora tengo veinte años y puedo formarme mi propia idea. He llegado a Austria y compruebo que los cristianos me ofrecen alojamiento, alimentos, dinero para vivir… y además son muy amables. ¿Por qué lo hacéis? Deseo saber más sobre el cristianismo.”

Otro me dijo que cuando entró en Traiskirchen -un campamento que acoge a los refugiados recién llegados a nuestro país- vio un árbol de Navidad adornado y oyó hablar de Jesús. En ese momento, saltó la primera “chispa”.

A quienes se interesan por la fe, les ofrecemos participar en un curso que tiene como guía el Catecismo de la Iglesia Católica. Cada uno de los participantes cuenta con un acompañante que le explica las dudas particulares, participa con él en la misa de los domingos, le ayuda a hacer un rato de oración, etcétera.

Cuando comenzamos, yo dudaba sobre el deseo de algunos, pues podían manifestar interés en la fe pensando en que así obtendrían más fácilmente el permiso de residencia. Pero procuramos que entiendan que son dos cosas distintas. Recientemente, cuando recordé a uno que la preparación al bautismo dura un año, me dijo: “Aunque tuviera que esperar cinco años, lo acepto. Mi conversión no tiene nada que ver con los motivos de mi huída”.

A otro, nervioso por el resultado de sus trámites de acogida, le envié un WhatsApp de ánimo, invitándole a ponerse en manos del Señor. Me respondió: “Me da igual si recibo una respuesta administrativa positiva o negativa: ¡he encontrado a Jesús!”.

Un afgano, que venía con gusto a las clases de catecismo, faltó a dos seguidas por lo que le invité, con un mensaje, a charlar. Me contó que un iraní le había echado en cara que él sólo iba a la catequesis porque creía que le facilitaba conseguir asilo. Cuando yo le dije que estaba convencido de su buena intención, reanudó con alegría la asistencia a la catequesis.

A veces son ellos quienes “me dan la catequesis”. Una vez sugerí a uno que dedicara diariamente algunos minutos a la oración y me respondió: “Esto ya me lo sugeriste hace tres meses y desde entonces rezo siempre, por la mañana y por la tarde”.

He comprobado que quien encuentra a Jesús, encuentra también la cruz, y esto vale igualmente para los refugiados

Nos hemos dado cuenta de que no basta con instruirles en la fe católica. Tienen que aprender también a estudiar mucho y con intensidad -a pesar de su compleja situación- para estar en condiciones de encontrar un trabajo.

También he comprobado que quien encuentra a Jesús, encuentra también la cruz, y esto vale igualmente para los refugiados. Pondré como ejemplo la historia de dos jóvenes.

Un iraquí, que había recibido graves heridas en la cabeza cuando las milicias habían intenta­do secuestrarle, y que por ese motivo había huído a Austria, habló con entusiasmo de la nueva fe que había descubierto y, como consecuencia, fue víctima de graves acosos en la residencia para refugiados en la que vivía. Le manifestaron que no era persona grata y le destro­zaron sus trajes. Esto me obligó a mí a buscar para él -y para otro catecúmeno- un alojamiento privado.

Poco después recibió la noticia de que su hermana había sido se­cuestrada y que la habían matado. Cuando su propia familia recibió la noticia de su conversión, suspendió toda comunicación con él. El día que cumplía 27 años vino a la catequesis, me mostró su móvil y dijo: “Nadie de mi familia me ha llamado. Jesús y María son ahora mi familia”.

También fue difícil la historia de un amigo mío iraní, que tuvo que abandonar su país porque se había acercado a la fe.

El día que cumplía 27 años, vino a la catequesis, me mostró su móvil y
dijo: “Nadie de mi familia me ha llamado. Jesús y María son ahora mi
familia”

Al poco tiempo de su llegada a Salzburgo recibió el bautismo. Al rellenar el formulario para formalizar su ingreso en la Iglesia católica, me enteré de que se había casado en Irán pero que su mujer, debido a su conversión, le había abandonado y se había casado con otro hombre. Cuando le pregunté si había amado a su esposa o había contraído matrimonio porque así lo habían planeado sus padres, se echó a llorar. No sólo había perdido a su familia, sino que las gestiones para quedarse en Europa se trababan continuamente. Aunque no entendía por qué Dios permitía aquello, me dijo que estaba dispuesto a cargar con su cruz.

Para mí, el encuentro con estos refugiados hambrientos de fe ha sido un gran regalo. Jamás habría imaginado un tal desarrollo de acontecimientos. Aunque trabajo 40 horas a la semana en otras tareas, doy gracias a Dios porque con mi sorpresa, encuentro tiempo para atender a todos estos amigos y ayudarles con la catequesis. Para mí, son un ejemplo: les he visto sufrir y llorar, luchar y vencer. Veo cómo, a pesar de sus muchas dificultades personales y experiencias traumáticas, progresan continuamente en su vida cristiana.

La única pena es, que todavía ninguno de ellos ha conseguido una respuesta administrativa positiva para obtener el permiso de asilo (por eso, no he mencionado sus nombres). Me cuesta imaginarme lo que podría suceder si alguno de ellos recibiera una respuesta negativa definitiva y tuviera que regresar a su tierra natal… Por eso, rezo diariamente por estos jóvenes refugiados y su camino en la fe.

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