«He pensado con
frecuencia de qué forma la Iglesia puede hacer más evidente su misión de ser
testigo de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión
espiritual; y tenemos que recorrer este camino. Por eso he decidido convocar un
Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Será un
Año santo de la misericordia». Lo anunció el Papa Francisco el viernes 13 de
marzo, por la tarde, segundo aniversario de su elección al Pontificado, durante
la celebración penitencial presidida en la basílica de San Pedro.

También este año,
la víspera del cuarto domingo de Cuaresma, nos hemos reunido para celebrar la
liturgia penitencial. Estamos unidos a muchos cristianos que hoy, en todas las
partes del mundo, han acogido la invitación de vivir este momento como signo de
la bondad del Señor. El sacramento de la Reconciliación, en efecto, permite
acercarnos con confianza al Padre para tener la certeza de su perdón. Él es
verdaderamente «rico en misericordia» y la extiende en abundancia sobre quienes
recurren a Él con corazón sincero.

Estar aquí para experimentar su
amor, en cualquier caso, es ante todo fruto de su gracia. Como nos ha recordado
el apóstol Pablo, Dios nunca deja de mostrar la riqueza de su misericordia a lo
largo de los siglos. La transformación del corazón que nos lleva a confesar
nuestros pecados es «don de Dios». Nosotros solos no podemos. Poder confesar
nuestros pecados es un don de Dios, es un regalo, es «obra suya» (cf. Ef
2, 8-10). Ser tocados con ternura por su mano y plasmados por su gracia nos
permite, por lo tanto, acercarnos al sacerdote sin temor por nuestras culpas,
pero con la certeza de ser acogidos por él en nombre de Dios y comprendidos a
pesar de nuestras miserias; e incluso sin tener un abogado defensor: tenemos
sólo uno, que dio su vida por nuestros pecados. Es Él quien, con el Padre, nos
defiende siempre. Al salir del confesionario, percibiremos su fuerza que nos
vuelve a dar vida y restituye el entusiasmo de la fe. Después de la confesión
renacemos.

El Evangelio que hemos escuchado
(cf. Lc 7, 36-50) nos abre un camino de esperanza y de consuelo. Es
bueno percibir sobre nosotros la mirada compasiva de Jesús, así como la
percibió la mujer pecadora en la casa del fariseo. En este pasaje vuelven con
insistencia dos palabras: amor y juicio.

Está el amor de la mujer pecadora
que se humilla ante el Señor; pero antes aún está el amor misericordioso de
Jesús
por ella, que la impulsa a acercarse. Su llanto de arrepentimiento y
de alegría lava los pies del Maestro, y sus cabellos los secan con gratitud;
los besos son expresión de su afecto puro; y el ungüento perfumado que derrama abundantemente atestigua cuán precioso es Él
ante sus ojos. Cada gesto de esta mujer habla de amor y expresa su deseo de
tener una certeza indestructible en su vida: la de haber sido perdonada. ¡Esta
es una certeza bellísima! Y Jesús le da esta certeza: acogiéndola le demuestra
el amor de Dios por ella, precisamente por ella, una pecadora pública. El amor
y el perdón son simultáneos: Dios le perdona mucho, le perdona todo, porque «ha
amado mucho» (Lc 7, 47); y ella adora a Jesús porque percibe que en Él
hay misericordia y no condena. Siente que Jesús la comprende con amor, a ella,
que es una pecadora. Gracias a Jesús, sus muchos pecados Dios los carga sobre
sí, ya no los recuerda (cf. Is 43, 25). Porque también esto es verdad:
cuando Dios perdona, olvida. ¡Es grande el perdón de Dios! Para ella ahora
comienza un nuevo período; renació en el amor a una vida nueva.

Esta mujer encontró verdaderamente
al Señor. En el silencio, le abrió su corazón; en el dolor, le mostró el
arrepentimiento por sus pecados; con su llanto, hizo un llamamiento a la bondad
divina para recibir el perdón. Para ella no tendrá lugar ningún juicio si no es
el que viene de Dios, y es el juicio de la misericordia. El protagonista de
este encuentro es ciertamente el amor, la misericordia que va más allá de la
justicia.

Simón, el dueño de casa, el fariseo,
al contrario, no logra encontrar el camino del amor. Todo está
calculado, todo pensado… Él permanece inmóvil en el umbral de la formalidad.
Es algo feo el amor formal, no se entiende. No es capaz de dar el paso sucesivo
para ir al encuentro de Jesús que le trae la salvación. Simón se limitó a
invitar a Jesús a comer, pero no lo acogió verdaderamente. En sus pensamientos
invoca sólo la justicia y obrando así se equivoca. Su juicio acerca de la mujer
lo aleja de la verdad
y no le permite ni siquiera comprender quién es su
huésped. Se detuvo en la superficie –en la formalidad–, no fue capaz de mirar al corazón. Ante la
parábola de Jesús y la pregunta sobre cuál servidor amó más, el fariseo
respondió correctamente: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y Jesús no
deja de hacerle notar: «Haz juzgado rectamente» (Lc 7, 43). Sólo cuando
el juicio de Simón se dirige al amor, entonces él está en lo correcto.

La llamada de Jesús nos impulsa a
cada uno de nosotros a no detenerse jamás en la superficie de las cosas, sobre
todo cuando estamos ante una persona. Estamos llamados a mirar más allá, a centrarnos
en el corazón
para ver de cuánta generosidad es capaz cada uno. Nadie puede
ser excluido de la misericordia de Dios; todos conocen el camino para acceder a
ella y la Iglesia es la casa que acoge a todos y no rechaza a nadie. Sus
puertas permanecen abiertas de par en par, para que quienes son tocados por la
gracia puedan encontrar la certeza del perdón. Cuanto más grande es el pecado,
mayor debe ser el amor que la Iglesia expresa hacia quienes se convierten. ¡Con
cuánto amor nos mira Jesús! ¡Con cuánto amor cura nuestro corazón pecador!
Jamás se asusta de nuestros pecados. Pensemos en el hijo pródigo que, cuando
decidió volver al padre, pensaba en hacer un discurso, pero el padre no lo dejó
hablar, lo abrazó (cf. Lc 15, 17-24). Así es Jesús con nosotros. «Padre,
tengo muchos pecados…». –«Pero Él
estará contento si tu vas: ¡te abrazará con mucho amor! No tengas miedo».

Queridos hermanos y hermanas, he
pensado con frecuencia de qué forma la Iglesia puede hacer más evidente su
misión de ser testigo de la misericordia. Es un camino que inicia con una
conversión espiritual; y tenemos que recorrer este camino. Por eso he decidido
convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la
misericordia de Dios. Será un Año santo de la misericordia. Lo queremos
vivir a la luz de la Palabra del Señor: «Sed misericordiosos como el Padre»
(cf. Lc 6, 36). Esto especialmente para los confesores: ¡mucha
misericordia!

Este Año santo iniciará en la
próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción y se concluirá el 20 de
noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo y
rostro vivo de la misericordia del Padre. Encomiendo la organización de este
Jubileo al Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización,
para que pueda animarlo como una nueva etapa del camino de la Iglesia en su
misión de llevar a cada persona el Evangelio de la misericordia.

Estoy convencido de que toda la
Iglesia, que tiene una gran necesidad de recibir misericordia, porque somos
pecadores, podrá encontrar en este Jubileo la alegría para redescubrir y hacer
fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar
consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo. No olvidemos que Dios perdona
todo
, y Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perdón.
Encomendemos desde ahora este Año a la Madre de la misericordia, para que
dirija su mirada sobre nosotros y vele sobre nuestro camino: nuestro camino
penitencial, nuestro camino con el corazón abierto, durante un año, para
recibir la indulgencia de Dios, para recibir la misericordia de Dios.