Alegría
y esperanza son las características del cristiano. Y es triste encontrar a un
creyente que no sabe gozar, asustado en su apego a la fría doctrina. Ha sido
por eso un auténtico himno a la alegría el que lanzó el Papa Francisco en la
misa celebrada el jueves 26 de marzo, en la capilla de la Casa Santa Marta. Al
inicio, el Papa recordó la «hora de oración por la paz» promovida en todas las
comunidades carmelitas. «Queridos hermanos y hermanas», dijo tras el saludo
litúrgico, «pasado mañana, 28 de marzo, se conmemorará el quinto centenario del
nacimiento de Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia». Y «por
petición del padre general de los Carmelitas Descalzos, hoy aquí presente con
el padre vicario, ese día tendrá lugar en todas las comunidades carmelitas del
mundo una hora de oración por la paz. Me uno de corazón —afirmó el Papa
Francisco— a esta iniciativa, a fin de que el fuego del amor de Dios venza los
incendios de guerra y de violencia que afligen a la humanidad, y el diálogo
predomine por doquier sobre el enfrentamiento armado». Y concluyó así: «Que
Santa Teresa de Jesús interceda por esta petición nuestra».

«En las dos lecturas» propuestas hoy
por la liturgia, destacó inmediatamente el Pontífice, «se habla de tiempo, de
eternidad, de años, de futuro, de pasado» (Génesis 17, 3-9 y Juan
8, 51-59). En tal medida que precisamente el tiempo parece que es la realidad
«más importante en el mensaje litúrgico de este jueves». Pero el Papa Francisco
prefirió «tomar otra palabra» que, sugirió, «creo que es precisamente el
mensaje de la Iglesia hoy». Y son las palabras de Jesús que presenta el
evangelista Juan: «Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día;
lo vio y se llenó de alegría».

Así, pues, el mensaje central de hoy
es «la alegría de la esperanza, la alegría de la confianza en la promesa de
Dios, la alegría de la fecundidad». Precisamente «Abrahán, en el tiempo del que
habla la primera lectura, tenía noventa y nueve años y el Señor se le apareció
y le aseguró la alianza» con estas palabras: «Por mi parte, esta es mi alianza
contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos».

Abrahán, recordó el Papa Francisco,
«tenía un hijo de doce, trece años: Ismael». Pero Dios le asegura que se convertirá
en «padre de una muchedumbre de pueblos». Y «le cambia el nombre». Luego
«continúa y le pide que sea fiel a la alianza» diciendo: «Mantenderé mi alianza
contigo y con tu descendencia en futuras za generaciones, como alianza
perpetua». En concreto, Dios dice a Abrahán «te doy todo, te doy el tiempo: te
doy todo, tú serás padre».

Seguramente Abrahán, dijo el Papa,
«era feliz por esto, sentía una consolación plena» escuchando la promesa del
Señor: «Dentro de un año tendrás otro hijo». Cierto, ante esas palabras
«Abrahán rió, dice la Biblia a continuación: ¿cómo un hijo a los cien años?».
Sí, «había engendrado a Ismael a los ochenta y siete años, pero a los cien un
hijo es demasiado, no se puede comprender». Y así «rió». Pero precisamente «esa
sonrisa, esa risa fue el inicio de la alegría de Abrahán». He aquí, por lo
tanto, el sentido de las palabras de Jesús que hoy vuelve a proponer el Papa
como mensaje central: «Abrahán, vuestro padre, exultó en la esperanza». En
efecto, «no se atrevía a creer y dijo al Señor: «Pero si al menos Ismael
viviese en tu presencia»». Y recibió esta respuesta: «No, no será Ismael. Será
otro».

Para Abrahán, por lo tanto, «la
alegría era plena», afirmó el Papa. Pero «también su esposa Sara, un poco más
tarde, rió: estaba un poco oculta, detrás de las cortinas de la entrada,
escuchando lo que decían los hombres». Y «cuando estos enviados de Dios dieron
a Abrahán la noticia sobre el hijo, también ella rió». Es precisamente este,
afirmó el Papa Francisco, «el inicio de la gran alegría de Abrahán». Sí, «la
gran alegría: exultó en la esperanza de ver de este día; lo vio y se llenó de
alegría». Y el Papa invitó a contemplar «este hermoso icono: Abrahán ante Dios,
postrado con el rostro en tierra: escuchó esta promesa y abrió el corazón a la
esperanza y se llenó de alegría».

Y es precisamente «esto y aquello lo que no
entendían los doctores de la ley» destacó el Papa Francisco. «No entendían la
alegría de la promesa; no entendían la alegría de la esperanza; no entendían la
alegría de la alianza. No entendían». Y «no sabían alegrarse, porque habían
perdido el sentido de la alegría que llega solamente por la fe». En cambio,
explicó el Papa, «nuestro padre Abrahán fue capaz de alegrarse porque tenía fe:
fue justificado en la fe». Por su parte, esos doctores de la ley «habían
perdido la fe: eran doctores de la ley, pero sin fe». «Más aún: habían perdido
la ley, porque el centro de la ley es el amor, el amor a Dios y al prójimo».
Ellos, sin embargo, «tenían sólo un sistema de doctrinas precisas y que
necesitaban cada día más para que nadie los tocara».

Eran
«hombres sin fe, sin ley, apegados a doctrinas que se convierten igualmente en
actitudes casuísticas». Y el Papa Francisco propuso ejemplos concretos: «¿Se
puede pagar el tributo al César? ¿No se puede? Esta mujer, que estuvo casada
siete veces, ¿será esposa de esos siete cuando vaya al cielo?». Y «esta
casuística era su mundo: un mundo abstracto, un mundo sin amor, un mundo sin
fe, un mundo sin esperanza, un mundo sin confianza, un mundo sin Dios».
Precisamente «por ello no podían alegrarse».

No
se alegraban ni hacían alguna fiesta para divertirse: tanto que, afirmó el
Papa, seguramente habrán «destapado algunas botellas cuando Jesús fue
condenado». Pero siempre «sin alegría», es más «con miedo porque uno de ellos,
tal vez mientras bebían», recodaría la promesa de «que resucitaría». Y, así «de
rápido, con miedo, fueron al procurador para decirle: por favor, ocupaos de
esto, que no vaya a ser un engaño». Y todo porque «tenían miedo».

Pero
«esta es la vida sin fe en Dios, sin confianza en Dios, sin esperanza en Dios»,
afirmó nuevamente el Papa. «La vida de estos que sólo cuando entendieron que no
tenían razón» –añadió– pensaron que únicamente les quedaba el camino de tomar las piedras
para lapidar a Jesús. Su corazón se había petrificado». En efecto, «es triste
ser creyente sin alegría –explicó el Papa Francisco– y no hay alegría cuando no
hay fe, cuando no hay esperanza, cuando no hay ley, sino solamente las
prescripciones, la doctrina fría. Esto es lo que vale». En contraposición, el
Papa volvió a proponer «la alegría de Abrahán, ese hermoso gesto de la sonrisa
de Abrahán» cuando escucha la promesa de tener «un hijo a los cien años». Y
«también la sonrisa de Sara, una sonrisa de esperanza». Porque «la alegría de
la fe, la alegría del Evangelio es el criterio para ver la fe de una persona:
sin alegría esa persona no es un verdadero creyente».

Como conclusión, el Papa Francisco
invitó a hacer propias las palabras de Jesús: «Abrahán, vuestro padre, saltaba
de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría». Y pidió «al Señor
la gracia de ser exultante en la esperanza, la gracia de poder ver el día de
Jesús cuando nos encontremos con Él y la gracia de la alegría».