(RV).- Con la meditación del último viernes de marzo, el Padre Raniero Cantalamessa concluyó sus meditaciones ofrecidas al Papa Francisco y a la Curia Romana sobre el reconocimiento de la fe común de Oriente y Occidente, dando por terminadas, de este modo, su predicaciones de Cuaresma en preparación a la Pascua.

En esta ocasión abordó el tema de la salvación, es decir, cómo los ortodoxos y el mundo latino han comprendido a lo largo de los siglos el contenido de la salvación cristiana.

“Es, probablemente, el campo en el cuál es más necesario, para nosotros latinos, dirigir la mirada a Oriente, para enriquecernos y en parte corregir nuestra manera difusa de concebir la redención realizada por Cristo. Tenemos la suerte de hacerlo en esta capilla donde la obra de Cristo y el misterio de la salvación ha sido representado por el arte del padre Rupnik, según la concepción que ha tenido de ello la Iglesia de Oriente y la iconografía bizantina”.

El Predicador partió de una conocida presentación de la distinta forma de entender la salvación entre Oriente y Occidente que se lee en el  Diccionario de Espiritualidad, y que sintetiza la opinión dominante en los ambientes teológicos, diciendo:

“El fin de la vida para los cristianos griegos es la divinización,  el de los cristianos de Occidente es la santidad […]. El Verbo se ha hecho carne, según los griegos, para devolver al hombre la semejanza perdida con Dios en Adán y divinizarlo. Según los latinos, Él se ha hecho hombre para redimir a la humanidad […] y para pagar la deuda que se debe a la justicia de Dios”.

De ahí que haya ilustrado donde se funda esta visión distinta y qué hay de verdad en la forma en la que se presenta. Aludiendo a los dos elementos de la salvación en la Escritura, dijo:

“Hay algo que Dios vendrá a quitar al hombre: la iniquidad, el corazón de piedra, y algo que vendrá a dar al hombre: un corazón nuevo, un espíritu nuevo”.

Y añadió que en el Nuevo Testamento estos dos componentes son evidentes, porque desde el inicio del Evangelio, Juan Bautista presenta a Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, pero también como “el que bautiza en el Espíritu Santo”.

El Padre Cantalamessa propuso además “corregir algunas generalizaciones que hacen parecer las dos visiones de la salvación más distantes entre ellas de lo que son en realidad”. Y dijo que no hay que sorprenderse si en el ámbito latino no encontramos algunos conceptos centrales para los griegos, como el de “divinización” y de “restauración de la imagen de Dios”.

También recordó que el término divinización, suscitaba reservas por el uso que se hacía de él en el lenguaje pagano y en el de la Roma imperial; mientras los latinos expresaron el efecto positivo del bautismo con el concepto paulino de la filiación divina.

Al afrontar el punto titulado “una comparación asimétrica“, el Predicador de la Casa Pontificia no se detuvo excesivamente sobre el modo occidental de concebir la salvación obrada por Cristo, porque nos resulta es  más familiar. Y afirmó que la confrontación entre Oriente y el Occidente latino daría lugar a resultados muy diferentes y mucho menos conflictivos, si se tuviera en cuenta los muchos movimientos espirituales y autores místicos católicos, en los cuales la salvación cristiana no es teorizada, sino vivida.

Del último punto, “una oportunidad para Occidente“, citando a San Juan Pablo II, en un discurso ante los responsables de la Renovación Carismática Católica, en 1998, dijo:

“El movimiento carismático católico, […] como un nuevo Pentecostés, ha suscitado en la vida de la Iglesia un extraordinario florecimiento de asociaciones y movimientos, particularmente sensibles a la acción del Espíritu. […] ¡Cuántos fieles laicos han podido experimentar en su vida la sorprendente fuerza del Espíritu y de sus dones! ¡Cuántas personas han redescubierto la fe, el gusto por la oración, la fuerza y la belleza de la palabra de Dios, traduciendo todo esto en un generoso servicio a la misión de la Iglesia! ¡Cuántas vidas han cambiado totalmente!”

Naturalmente afirmó que no se trata de unirse a este “movimiento”, o a algún otro movimiento, sino de abrirse a la acción del Espíritu, en cualquier estado de vida que uno se encuentre. Porque el Espíritu Santo no es monopolio de nadie, y mucho menos del movimiento pentecostal y carismático.  

Y concluyó diciendo:

Hemos hecho nuestras reflexiones sobre la fe común de Oriente y Occidente, teniendo delante de nosotros, en esta capilla, la imagen de la Jerusalén celestial con santos ortodoxos y católicos reunidos en grupos mixtos, de tres en tres. Les pedimos que nos ayuden a realizar, en la Iglesia de aquí abajo, la misma comunión fraterna de amor que ellos viven en la Jerusalén celestial.

Agradezco al Santo Padre y a ustedes Venerables Padres, hermanos y hermanas, la amable atención y les deseo a todos una ¡Feliz Pascua!

(María Fernanda Bernasconi – RV).

(from Vatican Radio)