Es cierto que una imagen vale más que mil palabras, pero también lo es que una anécdota, a veces, vale más que mil discursos. Por eso, aunque no sabría abarcar en palabras la imagen que conservo de Mons. Romero, pienso que la pequeña historia de su último día en esta tierra, aunque no agote su poderosa personalidad, puede ser lo bastante elocuente como para trascender las palabras con que intentaré recordarle.

En El Salvador, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz organizaba todos los meses unas convivencias para sacerdotes. Monseñor Romero asistía con frecuencia. Yo era entonces vicario de la delegación del Opus Dei en El Salvador—lo fui hasta que el Papa me nombró obispo auxiliar de Santa Ana, algunos años después—, y solía invitarle personalmente a esas reuniones. Justamente el día 24 de marzo de 1980 tuvimos una de esas convivencias, y monseñor Romero participó.

Recuerdo que en principio habíamos previsto otra fecha, pero él me pidió que la cambiáramos, pues ya había hecho compromisos y, me dijo, tenía mucho interés en asistir a aquel encuentro: se sentía agotado y deseaba pasar un día de descanso con nosotros. De hecho, durante la Misa de ordenación del padre Jaime Paredes, en la que coincidí con monseñor, y habiéndole contado nuestra intención de hacer la reunión de sacerdotes en la playa, él aprovechó el momento de darnos la paz para abrazarme muy fuerte, al tiempo que me decía: «Gracias por todo».

Buscando que la fecha le cayera bien a monseñor, la cambiamos un par de veces. A petición suya, ponderamos la posibilidad de hacer el paseo en día lunes, y no en martes, como solíamos. Por fin, la convivencia quedó fijada para el lunes 24 de marzo.

Hacia las 10:30 horas de aquel día fui a recogerle a las oficinas del arzobispado, situadas entonces en el actual Seminario Menor San José de la Montaña. Monseñor Romero acababa de recibir un documento sobre la formación de los seminaristas en el llamado curso propedéutico, y me propuso, antes de salir, que aprovecháramos aquella reunión con sacerdotes para estudiarlo. Salimos en automóvil hacia la playa de San Diego, donde nos habían prestado una casa para la convivencia. Acompañando al arzobispo íbamos Mons. Modesto López Portillo, párroco de la Catedral de San Salvador; el padre Sergio Moreno Quintanilla, párroco de San José Guayabal, el padre Andrés Ocaña Cornejo, y yo.

Llegamos al lugar, en la playa San Diego, tras poco más de media hora de camino. En el trayecto se fue leyendo por turnos el documento que la Santa Sede acababa de publicar sobre la formación en los seminarios, lo que motivó que monseñor nos hiciera comentarios sobre la necesidad de favorecer la manutención de los futuros sacerdotes, y hasta felicitando al padre Moreno por la labor con agricultores que a la sazón realizaba en su parroquia.

Se habían previsto bien todas las cosas, pero, por algún malentendido, al llegar a nuestro destino nos encontramos con la desagradable sorpresa de que la casa estaba cerrada. Los asistentes a la convivencia tuvimos que acomodarnos sobre la hierba, en el pequeño jardín exterior de la propiedad. Y allí, a la sombra de unas palmeras, seguimos comentando el documento que había traído monseñor Romero.

Monseñor no se bañó en el mar ese día por encontrarse enfermo de un oído. El padre Andrés Ocaña, que también es médico, le aconsejó que no era prudente meterse al agua. Así, mientras algunos nos dábamos un rápido baño, el arzobispo habló en privado con Mons. Modesto López.

Después extendimos un mantel en el suelo y disfrutamos de una agradable comida y de un rato de sobremesa. Al poco tiempo llegó el guardián de la casa, se disculpó con nosotros y nos puso unas sillas. Se lo agradecimos de veras.

Seguimos de tertulia, y recuerdo, entre otras cosas, que monseñor hizo ver al párroco de la Catedral de San Salvador que los ornamentos litúrgicos —antiguos, de gran valor histórico— corrían serio peligro en aquellos tiempos de frecuente ocupación del templo por la guerrilla urbana. Le sugirió, en concreto, que mientras durasen aquellas penosas circunstancias, los depositara en custodia en algún lugar donde estuvieran seguros.

Monseñor Romero, de quien muchos solo conocían sus audaces comentarios semanales sobre los dramáticos hechos que estaban turbando la vida del país, era un obispo bueno y sencillo, y su vida de piedad era patente tanto en el rico contenido espiritual de su predicación, como en hechos tan «materiales» como el desvelo por los ornamentos con que se rendía culto a Dios.

Recuerdo también que durante aquel breve coloquio, monseñor Romero volvió a insistirle al padre Moreno sobre la posibilidad de que en su parroquia se cultivaran maíz y frijoles con vistas al aprovisionamiento del seminario. En fin, la conversación discurrió por muchos otros derroteros. En algún momento hasta se habló del padre Pro y de los «cristeros» de México…

Hacia las 3 de la tarde, monseñor Romero nos sugirió que levantáramos la reunión. Quería regresar pronto a la ciudad, pues tenía un compromiso. En el camino de vuelta proseguimos la lectura y discusión del documento sobre los seminarios. Dejé a monseñor en el Hospital de la Divina Providencia en torno a las 3:30 o las 4 p.m. Poco después, a eso de las 6:15 de la tarde, justo durante el ofertorio de la Misa, le abatió una bala explosiva.

Siempre que recuerdo aquella jornada vienen a mi mente esas virtudes menos conocidas de monseñor Romero: su preocupación por los sacerdotes, su sincera piedad, su sencillez. Cualidades que pude percibir muchas veces, también con ocasión de aquella última reunión de su vida, cuando nadie —ni él mismo— sabía que estaba ya citado ese día con la muerte.

Mons. Fernando Sáenz, Arzobispo Emérito de San Salvador.