Artículo original publicado en www.iglesiaendirecto.com

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1. “Permiso”, “gracias”, “perdón”. En efecto, estas
palabras abren camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz.
Son palabras sencillas, pero no tan sencillas de llevar a la práctica.
Encierran una gran fuerza: la fuerza de custodiar la casa, incluso a
través de miles de dificultades y pruebas; en cambio si faltan, poco a
poco se abren grietas que pueden hasta hacer que se derrumbe (13 de mayo
de 2015).

2. La primera palabra es “permiso” (…) Entrar en la vida del otro,
incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una
actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto. La
confianza, en definitiva, no autoriza a darlo todo por descontado. Y el
amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón (13 de mayo de 2015)

3. Antes de hacer algo en familia: «Permiso, ¿puedo hacerlo? ¿Te gusta que lo haga así?». Es un lenguaje educado, lleno de amor. Y esto hace mucho bien a las familias (13 de mayo de 2015)

4. Un cristiano que no sabe dar gracias es alguien
que ha olvidado el lenguaje de Dios. Escuchad bien: un cristiano que no
sabe dar gracias es alguien que ha olvidado el lenguaje de Dios (13 de
mayo de 2015).

5. Una vez escuché decir a una persona anciana, muy sabia, muy buena,
sencilla, pero con la sabiduría de la piedad, de la vida: «La gratitud
es una planta que crece sólo en la tierra de almas nobles». Esa nobleza
del alma, esa gracia de Dios en el alma nos impulsa a decir gracias, a la gratitud. Es la flor de un alma noble. Esto es algo hermoso (13 de mayo de 2015).

6. La tercera palabra es “perdón”. Palabra difícil,
es verdad, sin embargo tan necesaria. Cuando falta, se abren pequeñas
grietas —incluso sin quererlo— hasta convertirse en fosas profundas (13
de mayo de 2015).

7. Reconocer el hecho de haber faltado, y mostrar el deseo de
restituir lo que se ha quitado —respeto, sinceridad, amor— hace dignos
del perdón. Y así se detiene la infección. Si no somos capaces de
disculparnos, quiere decir que tampoco somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire,
las aguas comienzan a verse estancadas. Muchas heridas de los afectos,
muchas laceraciones en la familias comienzan con la pérdida de esta
preciosa palabra: «Perdóname» (13 de mayo de 2015).

8. En la vida matrimonial se discute, a veces incluso “vuelan los platos”, pero os doy un consejo: nunca terminar el día sin hacer las paces.
Escuchad bien: ¿habéis discutido mujer y marido? ¿Los hijos con los
padres? ¿Habéis discutido fuerte? No está bien, pero no es este el
auténtico problema. El problema es que ese sentimiento esté presente
todavía al día siguiente. Por ello, si habéis discutido nunca terminar
el día sin hacer las paces en la familia. ¿Y cómo debo hacer las paces?
¿Ponerme de rodillas? ¡No! Sólo un pequeño gesto, algo pequeño y vuelve
la armonía familiar. Basta una caricia, sin palabras. Pero nunca
terminar el día en familia sin hacer las paces. ¿Entendido esto? No es
fácil pero se debe hacer. Y con esto la vida será más bonita (13 de mayo
de 2015).

9. Jesús nació en una familia. Él podía llegar de manera
espectacular, o como un guerrero, un emperador… No, no: viene como un
hijo de familia. Esto es importante: contemplar en el belén esta escena tan hermosa
(…) La familia de Nazaret nos compromete a redescubrir la vocación y la
misión de la familia, de cada familia (17 de diciembre de 2014).

10. Cuánto podrían aprender las madres de las atenciones de María
hacia ese Hijo. Y cuánto los padres podrían obtener del ejemplo de José,
hombre justo, que dedicó su vida a sostener y defender al niño y a su
esposa —su familia— en los momentos difíciles. Por no decir cuánto
podrían ser alentados los jóvenes por Jesús adolescente en comprender la
necesidad y la belleza de cultivar su vocación más profunda, y de soñar
a lo grande. Jesús cultivó en esos treinta años su vocación para la
cual lo envió el Padre. Y Jesús jamás, en ese tiempo, se desalentó, sino
que creció en valentía para seguir adelante con su misión (17 de
diciembre de 2014).

11. Cada familia cristiana —como hicieron María y José—, ante todo,
puede acoger a Jesús, escucharlo, hablar con Él, custodiarlo,
protegerlo, crecer con Él; y así mejorar el mundo (…) Esta es la gran
misión de la familia: dejar sitio a Jesús que viene,
acoger a Jesús en la familia, en la persona de los hijos, del marido, de
la esposa, de los abuelos… Jesús está allí. Acogerlo allí, para que
crezca espiritualmente en esa familia (17 de diciembre de 2014).

12. Las madres son el antídoto más fuerte ante la difusión del
individualismo egoísta. “Individuo” quiere decir “que no se puede
dividir”. Las madres, en cambio, se “dividen” a partir del momento en el
que acogen a un hijo para darlo al mundo y criarlo. Una sociedad sin
madres sería una sociedad inhumana, porque las madres saben testimoniar siempre,
incluso en los peores momentos, la ternura, la entrega, la fuerza moral
(…) Sin las madres, no sólo no habría nuevos fieles, sino que la fe
perdería buena parte de su calor sencillo y profundo (7 de enero de
2015).

13. Es verdad que tú debes ser “compañero” de tu hijo, pero sin olvidar que tú eres el padre. Si te comportas sólo como un compañero de tu hijo, esto no le hará bien a él (28 de enero de 2015).

14. La primera necesidad es que el padre esté presente en la familia.
Que sea cercano a la esposa, para compartir todo, alegrías y dolores,
cansancios y esperanzas. Y que sea cercano a los hijos en su
crecimiento: cuando juegan y cuando tienen ocupaciones, cuando son
despreocupados y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando
son taciturnos, cuando se lanzan y cuando tienen miedo, cuando dan un
paso equivocado y cuando vuelven a encontrar el camino; padre presente,
siempre. Decir presente no es lo mismo que decir controlador. Porque los
padres demasiado controladores anulan a los hijos, no los dejan crecer
(4 de febrero de 2015).

15. Cuánta dignidad y cuánta ternura en la espera de ese padre que está en la puerta de casa esperando que el hijo regrese. Los padres deben ser pacientes.
Muchas veces no hay otra cosa que hacer más que esperar; rezar y
esperar con paciencia, dulzura, magnanimidad y misericordia (4 de
febrero de 2015).

16. El padre que sabe corregir sin humillar es el
mismo que sabe proteger sin guardar nada para sí. Una vez escuché en una
reunión de matrimonios a un papá que decía: «Algunas veces tengo que
castigar un poco a mis hijos… pero nunca bruscamente para no
humillarlos». ¡Qué hermoso! Tiene sentido de la dignidad. Debe castigar,
lo hace del modo justo, y sigue adelante (4 de febrero de 2015).

17. Los hijos necesitan encontrar un padre que los espera
cuando regresan de sus fracasos. Harán de todo por no admitirlo, para
no hacerlo ver, pero lo necesitan; y el no encontrarlo abre en ellos
heridas difíciles de cerrar (4 de febrero de 2015).

18. Los hijos son la alegría de la familia y de la sociedad. No son
un problema de biología reproductiva, ni uno de los tantos modos de
realizarse. Y mucho menos son una posesión de los padres… No. Los hijos
son un don (…) Ser hijo e hija, según el designio de Dios, significa llevar en sí la memoria y la esperanza de un amor
que se ha realizado precisamente dando la vida a otro ser humano,
original y nuevo. Y para los padres cada hijo es él mismo, es diferente,
es diverso (11 de febrero de 2015).

19. Se ama a un hijo porque es hijo, no porque es
hermoso o porque es de una o de otra manera; no, porque es hijo. No
porque piensa como yo o encarna mis deseos. Un hijo es un hijo: una vida
engendrada por nosotros, pero destinada a él, a su bien, al bien de la
familia, de la sociedad, de toda la humanidad (11 de febrero de 2015).

20. La experiencia humana de ser hijo e hija, nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor,
que jamás deja de sorprendernos. Es la belleza de ser amados antes: los
hijos son amados antes de que lleguen. Cuántas veces encuentro en la
plaza a madres que me muestran la panza y me piden la bendición…, esos
niños son amados antes de venir al mundo. Esto es gratuidad, esto es
amor; son amados antes del nacimiento, como el amor de Dios (11 de
febrero de 2015).

21. Los hijos son amados antes de haber hecho algo para merecerlo,
antes de saber hablar o pensar, incluso antes de venir al mundo. Ser
hijos es la condición fundamental para conocer el amor de Dios, que es la fuente última de este auténtico milagro (11 de febrero de 2015).

22. Una sociedad de hijos que no honran a sus padres es una sociedad sin honor; cuando no se honra a los padres, se pierde el propio honor. Es una sociedad destinada a poblarse de jóvenes desapacibles y ávidos (11 de febrero de 2015).

23. Si a una familia numerosa la miran como si fuera
un peso, hay algo que está mal (…) La vida se rejuvenece y adquiere
energías multiplicándose: se enriquece, no se empobrece. Los hijos
aprenden a ocuparse de su familia, maduran al compartir sus sacrificios,
crecen en el aprecio de sus dones (11 de febrero de 2015).

24. Que cada uno de nosotros piense en su corazón en sus propios
hijos —si los tiene—; piense en silencio. Y todos nosotros pensemos en
nuestros padres, y demos gracias a Dios por el don de la vida.
En silencio, quienes tienen hijos, piensen en ellos, y todos pensemos
en nuestros padres. Que el Señor bendiga a nuestros padres y bendiga a
vuestros hijos (11 de febrero de 2015).

25. Todos conocemos familias que tienen hermanos divididos, que han
reñido; pidamos al Señor por estas familias —tal vez en nuestra familia
hay algunos casos— para que les ayude a reunir a los hermanos,
a reconstituir la familia. La fraternidad no se debe romper y cuando se
rompe sucede lo que pasó con Caín y Abel (18 de febrero de 2015).

26. En la familia, entre hermanos se aprende la convivencia humana,
cómo se debe convivir en sociedad. Tal vez no siempre somos conscientes
de ello, pero es precisamente la familia la que introduce la
fraternidad en el mundo (…) La libertad y la igualdad, sin la
fraternidad, pueden llenarse de individualismo y de conformismo, incluso
de interés personal (18 de febrero de 2015).

27. La fraternidad en la familia resplandece de modo especial cuando
vemos el cuidado, la paciencia, el afecto con los cuales se rodea al hermanito o a la hermanita más débiles,
enfermos, o con discapacidad. Los hermanos y hermanas que hacen esto
son muchísimos, en todo el mundo, y tal vez no apreciamos lo suficiente
su generosidad (18 de febrero de 2015).

28. Tener un hermano, una hermana que te quiere es una experiencia
fuerte, impagable, insustituible. Lo mismo sucede en la fraternidad
cristiana. Los más pequeños, los más débiles, los más pobres deben
enternecernos: tienen “derecho” de llenarnos el alma y el corazón. Sí,
ellos son nuestros hermanos y como tales tenemos que amarlos y tratarlos (18 de febrero de 2015).

29. Hoy más que nunca es necesario volver a poner la fraternidad en el centro
de nuestra sociedad tecnocrática y burocrática: entonces también la
libertad y la igualdad tomarán su justa entonación. Por ello, no
privemos a nuestras familias con demasiada ligereza, por sometimiento o
por miedo, de la belleza de una amplia experiencia fraterna de hijos e
hijas (18 de febrero de 2015).

30. La atención a los ancianos habla de la calidad
de una civilización. Esta civilización seguirá adelante si sabe respetar
la sabiduría de los ancianos. En una civilización en la que no hay
sitio para los ancianos o se los descarta porque crean problemas, esta
sociedad lleva consigo el virus de la muerte (4 de marzo de 2015).

31. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud,
de aprecio, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano parte viva de
su comunidad. Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que
estuvieron antes que nosotros en el mismo camino, en nuestra misma casa,
en nuestra diaria batalla por una vida digna. Son hombres y mujeres de
quienes recibimos mucho (4 de marzo de 2015).

32. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho,
inevitablemente de todos modos, incluso si no lo pensamos. Y si no
aprendemos a tratar bien a los ancianos, así nos tratarán a nosotros (…) Donde no hay consideración hacia los ancianos, no hay futuro para los jóvenes (4 de marzo de 2015).

33. La ancianidad contiene una gracia y una misión,
una verdadera vocación del Señor. La ancianidad es una vocación. No es
aún el momento de “abandonar los remos en la barca”. Este período de la
vida es distinto de los anteriores, no cabe duda; debemos también un
poco “inventárnoslo”, porque nuestras sociedades no están preparadas,
espiritual y moralmente, a dar al mismo, a este momento de la vida, su
valor pleno. Es necesario delinear una espiritualidad de las personas ancianas (11 de marzo de 2015).

34. Es importante el testimonio de los ancianos en la fidelidad (11 de marzo de 2015).

35. La oración de los abuelos y los ancianos es un
gran don para la Iglesia, es una riqueza. Una gran inyección de
sabiduría también para toda la sociedad humana: sobre todo para la que
está demasiado atareada, demasiado ocupada, demasiado distraída. Alguien
debe incluso cantar, también por ellos, cantar los signos de Dios,
proclamar los signos de Dios, rezar por ellos (11 de marzo de 2015).

36. La oración de los ancianos es algo hermoso. Podemos dar gracias
al Señor por los beneficios recibidos y llenar el vacío de la ingratitud
que lo rodea. Podemos interceder por las expectativas de las nuevas
generaciones y dar dignidad a la memoria y a los sacrificios de las
generaciones pasadas. Podemos recordar a los jóvenes ambiciosos que una vida sin amor es una vida árida.
Podemos decir a los jóvenes miedosos que la angustia del futuro se
puede vencer. Podemos enseñar a los jóvenes demasiado enamorados de sí
mismos que hay más alegría en dar que en recibir.

37. Los abuelos y las abuelas forman el “coro” permanente de un gran
santuario espiritual, donde la oración de súplica y el canto de alabanza
sostienen a la comunidad que trabaja y lucha en el campo de la vida (11 de marzo de 2015).

38. Las palabras de los abuelos tienen algo especial
para los jóvenes. Y ellos lo saben. Las palabras que mi abuela me
entregó por escrito el día de mi ordenación sacerdotal aún las llevo
conmigo, siempre en el breviario, y las leo a menudo y me hace bien (…)
¡Cuánto quisiera una Iglesia que desafía la cultura del descarte con la
alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos! Y esto es lo que hoy pido al Señor, este abrazo (11 de marzo de 2015).

39. Los niños nos recuerdan que todos, en los primeros años de vida, hemos sido totalmente dependientes de los cuidados y de la benevolencia de los demás.
Y el Hijo de Dios no se ahorró este paso. Es el misterio que
contemplamos cada año en Navidad. El belén es el icono que nos comunica
esta realidad del modo más sencillo y directo (18 de marzo de 2015).

40. Los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y
también para la Iglesia, porque nos remiten constantemente a la
condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no
considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, amor y perdón (18 de marzo de 2015).

41. Los niños nos recuerdan otra cosa hermosa: que somos siempre hijos,
incluso cuando se llega a la edad de adulto, o anciano, también si se
convierte en padre, si ocupa un sitio de responsabilidad, por debajo de
todo esto permanece la identidad de hijo. Todos somos hijos. Y esto nos
reconduce siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado nosotros
mismos sino que la hemos recibido (18 de marzo de 2015).

42. Sabemos que también los niños tienen el pecado original, sus egoísmos, pero conservan una pureza y una sencillez interior.
Pero los niños no son diplomáticos: dicen lo que sienten, dicen lo que
ven, directamente. Y muchas veces ponen en dificultad a los padres,
manifestando delante de otras personas: «Esto no me gusta porque es
feo». Pero los niños dicen lo que ven, no son personas dobles, no han
cultivado aún esa ciencia de la doblez que nosotros adultos
lamentablemente hemos aprendido (18 de marzo de 2015).

43. Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar.
Algunos, cuando los tomo para abrazarlos, sonríen; otros me ven vestido
de blanco y creen que soy el médico y que vengo a vacunarlos, y lloran…
pero espontáneamente. Los niños son así: sonríen y lloran, dos cosas
que en nosotros, los grandes, a menudo “se bloquean”, ya no somos
capaces… Muchas veces nuestra sonrisa se convierte en una sonrisa de
cartón, algo sin vida, una sonrisa que no es alegre, incluso una sonrisa
artificial, de payaso. Los niños sonríen espontáneamente y lloran
espontáneamente. Depende siempre del corazón, y con frecuencia nuestro
corazón se bloquea y pierde esta capacidad de sonreír, de llorar (18 de
marzo de 2015).

44. Los niños traen vida, alegría, esperanza, incluso complicaciones.
Pero la vida es así. Ciertamente causan también preocupaciones y a
veces muchos problemas; pero es mejor una sociedad con estas preocupaciones y estos problemas, que una sociedad triste y gris porque se quedó sin niños (18 de marzo de 2015).

45. No descarguemos sobre los niños nuestras culpas, ¡por favor! Los
niños nunca son “un error”. Su hambre no es un error, como no lo es su
pobreza, su fragilidad, su abandono —tantos niños abandonados en las
calles; y no lo es tampoco su ignorancia o su incapacidad—; son tantos
los niños que no saben lo que es una escuela. Si acaso, estos son motivos para amarlos más, con mayor generosidad.
¿Qué hacemos con las solemnes declaraciones de los derechos humanos o
de los derechos del niño, si luego castigamos a los niños por los
errores de los adultos? (8 de abril de 2015).

46. Gracias a Dios los niños con graves dificultades encuentran con
mucha frecuencia padres extraordinarios, dispuestos a todo tipo de
sacrificios y a toda generosidad. ¡Pero estos padres no deberían ser dejados solos!
Deberíamos acompañar su fatiga, pero también ofrecerles momentos de
alegría compartida y de alegría sin preocupaciones, para que no se vean
ocupados sólo en la rutina terapéutica (8 de abril de 2015).

47. Pensad lo que sería una sociedad que decidiese, una vez por
todas, establecer este principio: «Es verdad que no somos perfectos y
que cometemos muchos errores. Pero cuando se trata de los niños que
vienen al mundo, ningún sacrificio de los adultos será considerado demasiado costoso o demasiado grande,
con tal de evitar que un niño piense que es un error, que no vale nada y
que ha sido abandonado a las heridas de la vida y a la prepotencia de
los hombres». ¡Qué bella sería una sociedad así! (8 de abril de 2015).

48. La Iglesia, como madre, nunca abandona a la familia, incluso
cuando está desanimada, herida y de muchos modos mortificada. Ni
siquiera cuando cae en el pecado, o cuando se aleja de la Iglesia;
siempre hará todo lo posible por tratar de atenderla y sanarla, invitarla a la conversión y reconciliarla con el Señor (25 de marzo de 2015)

49. Yo me pregunto si la así llamada teoría del gender no
sea también expresión de una frustración y de una resignación, orientada
a cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la
misma. Sí, corremos el riesgo de dar un paso hacia atrás. La remoción de
la diferencia, en efecto, es el problema, no la solución. Para resolver
sus problemas de relación, el hombre y la mujer deben en cambio hablar más entre ellos,
escucharse más, conocerse más, quererse más. Deben tratarse con respeto
y cooperar con amistad. Con estas bases humanas, sostenidas por la
gracia de Dios, es posible proyectar la unión matrimonial y familiar
para toda la vida (15 de abril de 2015).

50. El vínculo matrimonial y familiar es algo serio, y lo es para todos, no sólo para los creyentes. Quisiera exhortar a los intelectuales a no abandonar este tema,
como si hubiese pasado a ser secundario, por el compromiso en favor de
una sociedad más libre y más justa (15 de abril de 2015).

51. La desvalorización social de la alianza estable y generativa del
hombre y la mujer es ciertamente una pérdida para todos. ¡Tenemos que
volver a dar el honor debido al matrimonio y a la familia! (29 de abril de 2015).

52. Jesús comienza sus milagros en un matrimonio, en una fiesta de bodas: un hombre y una mujer. Así, Jesús nos enseña que la obra maestra de la sociedad es la familia:
el hombre y la mujer que se aman. Desde los tiempos de las bodas de
Caná, muchas cosas han cambiado, pero ese “signo” de Cristo contiene un
mensaje siempre válido (29 de abril de 2015).

53. En realidad, casi todos los hombres y mujeres quisieran una seguridad afectiva estable,
una matrimonio sólido y una familia feliz. La familia ocupa el primer
lugar en todos los índices de aceptación entre los jóvenes; pero, por
miedo a equivocarse, muchos no quieren tampoco pensar en ello; incluso
siendo cristianos, no piensan en el matrimonio sacramental, signo único e
irrepetible de la alianza, que se convierte en testimonio de la fe.
Quizás, precisamente este miedo de fracasar es el obstáculo más grande
para acoger la Palabra de Cristo, que promete su gracia a la unión
conyugal y a la familia (29 de abril de 2015).

54. El matrimonio consagrado por Dios custodia el vínculo entre el
hombre y la mujer que Dios bendijo desde la creación del mundo; y es fuente de paz y de bien para toda la vida conyugal y familiar (29 de abril de 2015).

55. La virtud de la hospitalidad de las familias
cristianas tiene hoy una importancia crucial, especialmente en las
situaciones de pobreza, degradación y violencia familiar (29 de abril de
2015).

56. No tengamos miedo de invitar a Jesús a la fiesta de bodas, de
invitarlo a nuestra casa, para que esté con nosotros y proteja a la
familia. Y no tengamos miedo de invitar también a su madre María. Los
cristianos, cuando se casan “en el Señor”, se transforman en un signo
eficaz del amor de Dios. Los cristianos no se casan sólo para sí mismos: se casan en el Señor en favor de toda la comunidad, de toda la sociedad (29 de abril de 2015).

57. Vosotros maridos que estáis aquí presentes, ¿entendéis esto? ¿Amáis a vuestra esposa como Cristo ama a la Iglesia?
Esto no es broma, son cosas serias. El efecto de este radicalismo de la
entrega que se le pide al hombre, por el amor y la dignidad de la
mujer, siguiendo el ejemplo de Cristo, tuvo que haber sido enorme en la
comunidad cristiana misma (6 de mayo de 2015).

58. El sacramento del matrimonio es un gran acto de fe y de amor (…) La vocación cristiana a amar sin reservas y sin medida
es lo que, con la gracia de Cristo, está en la base también del libre
consentimiento que constituye el matrimonio (6 de mayo de 2015).

59. La decisión de “casarse en el Señor” contiene también una dimensión misionera, que significa tener en el corazón la disponibilidad a ser intermediario de la bendición de Dios
y de la gracia del Señor para todos. En efecto, los esposos cristianos
participan como esposos en la misión de la Iglesia (6 de mayo de 2015).

60. La ruta del amor: se ama como ama Dios, para siempre.
Cristo no cesa de cuidar a la Iglesia: la ama siempre, la cuida
siempre, como a sí mismo. Cristo no cesa de quitar del rostro humano las
manchas y las arrugas de todo tipo. Es conmovedora y muy bella esta
irradiación de la fuerza y de la ternura de Dios que se transmite de
pareja a pareja, de familia a familia (6 de mayo de 2015).

61. Los hijos deben crecer sin desalentarse, paso a paso. Si
vosotros, padres, decís a los hijos: «Subamos por aquella escalera» y
los tomáis de la mano y paso a paso los hacéis subir, las cosas irán
bien. Pero si vosotros decís: «¡Vamos, sube!» —«Pero no puedo»
—«¡Sigue!», esto se llama exasperar a los hijos, pedir a los hijos lo
que no son capaces de hacer. Por ello, la relación entre padres e hijos debe ser de una sabiduría y un equilibrio muy grande.
Hijos, obedeced a los padres, esto quiere Dios. Y vosotros, padres, no
exasperéis a los hijos, pidiéndoles cosas que no pueden hacer. Y esto
hay que hacerlo para que los hijos crezcan en la responsabilidad de sí
mismos y de los demás (20 de mayo de 2015).

62. Es difícil para los padres educar a los hijos que sólo ven por la
noche, cuando regresan a casa cansados del trabajo. ¡Los que tienen la
suerte de tener trabajo! Es aún más difícil para los padres separados,
que cargan el peso de su condición: pobres, tuvieron dificultades, se
separaron y muchas veces toman al hijo como rehén, y el papá le habla
mal de la mamá y la mamá le habla mal del papá, y se hace mucho mal. A
los padres separados les digo: jamás, jamás, jamás tomar el hijo como rehén (20 de mayo de 2015).

63. Os habéis separado por muchas dificultades y motivos, la vida os
ha dado esta prueba, pero que no sean los hijos quienes carguen el peso
de esta separación, que no sean usados como rehenes contra el otro
cónyuge, que crezcan escuchando que la mamá habla bien del papá, aunque no estén juntos, y que el papá habla bien de la mamá. Para los padres separados esto es muy importante y muy difícil, pero pueden hacerlo (20 de mayo de 2015).

64. La vida se ha vuelto tacaña con el tiempo para hablar, reflexionar, discutir.
Muchos padres se ven “secuestrados” por el trabajo y otras
preocupaciones, molestos por las nuevas exigencias de los hijos y por la
complejidad de la vida actual, y se encuentran como paralizados por el
temor a equivocarse. El problema, sin embargo, no está sólo en hablar
(…) Más bien preguntémonos: ¿Intentamos comprender “dónde” están los
hijos realmente en su camino? ¿Dónde está realmente su alma, lo sabemos?
Y, sobre todo, ¿queremos saberlo? ¿Estamos convencidos de que ellos, en
realidad, no esperan otra cosa? (20 de mayo de 2015).

65. Incluso en las mejores familias hay que soportarse,
y se necesita mucha paciencia para soportarse. Pero la vida es así. La
vida no se construye en un laboratorio, se hace en la realidad. Jesús
mismo pasó por la educación familiar (20 de mayo de 2015).

66. La buena educación familiar es la columna vertebral del humanismo.
Su irradiación social es el recurso que permite compensar las lagunas,
las heridas, los vacíos de paternidad y maternidad que tocan a los hijos
menos afortunados. Esta irradiación puede obrar auténticos milagros. Y
en la Iglesia suceden cada día estos milagros (20 de mayo de 2015).

67. Es hora de que los padres y las madres vuelvan de su exilio
—porque se han autoexiliado de la educación de los hijos— y vuelvan a asumir plenamente su función educativa.
Esperamos que el Señor done a los padres esta gracia: de no
autoexiliarse de la educación de los hijos. Y esto sólo puede hacerlo el
amor, la ternura y la paciencia (20 de mayo de 2015).

68. El noviazgo fortalece la voluntad de custodiar juntos algo que jamás deberá ser comprado o vendido, traicionado o abandonado, por más atractiva que sea la oferta (27 de mayo de 2015).

69. Quien pretende querer todo y enseguida, luego
cede también en todo —y enseguida— ante la primera dificultad (o ante la
primera ocasión). No hay esperanza para la confianza y la fidelidad del
don de sí, si prevalece la costumbre de consumir el amor como una
especie de “complemento” del bienestar psico-físico (27 de mayo de
2015).

70. Se debe revaluar el noviazgo como tiempo de
conocimiento mutuo y de compartir un proyecto. Y centrándose en lo
esencial: la Biblia, para redescubrirla juntos, de forma consciente; la
oración, en su dimensión litúrgica, pero también en la “oración
doméstica”, que se vive en familia; los sacramentos, la vida
sacramental, la Confesión… a través de los cuales el Señor viene a morar
en los novios y los prepara para acogerse de verdad uno al otro «con la
gracia de Cristo»; y la fraternidad con los pobres, y con los
necesitados, que nos invitan a la sobriedad y a compartir. Los novios
que se comprometen en esto crecen los dos y todo esto conduce a preparar
una bonita celebración del Matrimonio de modo diverso, no mundano sino
con estilo cristiano (27 de mayo de 2015).

71. El noviazgo es un itinerario de vida que debe madurar como la
fruta, es un camino de maduración en el amor, hasta el momento que se
convierte en matrimonio (…). Que cada pareja de novios le diga al otro:
“Te convertiré en mi esposa, te convertiré en mi esposo”. Esperar ese
momento; es un itinerario que va lentamente hacia adelante, pero es un
itinerario de maduración. Las etapas del camino no se deben quemar. La maduración se hace así, paso a paso (27 de mayo de 2015).

72. Nosotros cristianos deberíamos arrodillarnos ante esas familias pobres,
que son una auténtica escuela de humanidad que salva las sociedades de
la barbarie (…). Deberíamos estar cada vez más cerca de las familias que
la pobreza pone a prueba. Todos vosotros conocéis a alguien: papá sin
trabajo, mamá sin trabajo… y la familia sufre, las relaciones se
debilitan (…). Hagamos todo lo que podamos para ayudar a las familias y
seguir adelante en la prueba de la pobreza y de la miseria que golpea
los afectos, los vínculos familiares (3 de junio de 2015).

73. La oración por los enfermos no debe faltar nunca.
Es más, debemos rezar aún más, tanto personalmente como en comunidad
(…) Ayudemos a los enfermos, sin quedarse en habladurías: ayudar
siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; esta es la
tarea (10 de junio de 2015).

74. Cuán importante es educar a los hijos desde pequeños en la solidaridad ante la enfermedad.
Una educación que deja de lado la sensibilidad por la enfermedad
humana, aridece el corazón. Y hace que los jóvenes estén “anestesiados”
respecto al sufrimiento de los demás, incapaces de confrontarse con el
sufrimiento. Cuántas veces vemos llegar al trabajo a un hombre, una
mujer, con cara de cansancio, con una actitud cansada y al preguntarle:
«¿Qué sucede?», responde: «He dormido sólo dos horas porque en casa
hacemos turnos para estar cerca del niño, de la niña, del enfermo, del
abuelo, de la abuela». Y la jornada continúa con el trabajo. Estas cosas
son heroicas, son la heroicidad de las familias. Esas heroicidades
ocultas que se hacen con ternura y con valentía cuando en casa hay
alguien enfermo (10 de junio de 2015).

75. Todas las veces que la familia en el luto —incluso terrible—
encuentra la fuerza de custodiar la fe y el amor que nos unen a quienes
amamos, la fe impide a la muerte, ya ahora; impide llevarse todo. La oscuridad de la muerte se debe afrontar con un trabajo de amor más intenso. «Dios mío, ilumina mi oscuridad», es la invocación de la liturgia (17 de junio de 2015).

76. En la luz de la Resurrección del Señor, que no abandona a ninguno de los que el Padre le ha confiado, nosotros podemos quitar a la muerte su «aguijón»,
como decía el apóstol Pablo (1 Cor 15, 55); podemos impedir que
envenene nuestra vida, que haga vanos nuestros afectos (17 de junio de
2015).

77. El amor es más fuerte que la muerte. Por eso el camino es hacer crecer el amor, hacerlo más sólido,
y el amor nos custodiará hasta el día en que cada lágrima será
enjugada, cuando «ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor» (Ap
21, 4). Si nos dejamos sostener por esta fe, la experiencia del luto
puede generar una solidaridad de los vínculos familiares más fuerte, una
nueva apertura al dolor de las demás familias, una nueva fraternidad
con las familias que nacen y renacen en la esperanza (17 de junio de
2015).

78. En la familia, todo está unido entre sí: cuando su alma está
herida en algún punto, la infección contagia a todos. Y cuando un hombre
y una mujer, que se comprometieron a ser «una sola carne» y a formar
una familia, piensan de manera obsesiva en sus exigencias de libertad y
gratificación, esta distorsión mella profundamente en el corazón y la
vida de los hijos. Muchas veces los niños se esconden para llorar solos…
Tenemos que entender esto bien. Marido y mujer son una sola carne. Pero sus criaturas son carne de su carne (24 de junio de 2015).

79. Es importante que el estilo de la comunidad, su lenguaje, sus
actitudes, estén siempre atentas a las personas, partiendo de los
pequeños. Ellos son los que sufren más en estas situaciones [de
disgregación familiar]. Es importante que sientan a la Iglesia como
madre atenta a todos, siempre dispuesta a la escucha y al encuentro (…).
De aquí la reiterada invitación de los Pastores a manifestar abierta y coherentemente la disponibilidad de la comunidad a acogerlos y alentarlos,
para que vivan y desarrollen cada vez más su pertenencia a Cristo y a
la Iglesia con la oración, la escucha de la Palabra de Dios, la
participación en la liturgia, la educación cristiana de los hijos, la
caridad, el servicio a los pobres y el compromiso por la justicia y paz
(5 de agosto de 2015).

80. Las familias cristianas pueden colaborar con Él haciéndose cargo de la atención de las familias heridas,
acompañándolas en la vida de fe de la comunidad. Que cada uno haga su
parte asumiendo la actitud del buen Pastor, que conoce a cada una de sus
ovejas y a ninguna excluye de su amor infinito (5 de agosto de 2015).

81. La fiesta no es la pereza de estar en el sofá, o la emoción de una tonta evasión (…) Es el tiempo para contemplar cómo crecen los hijos,
o los nietos, y pensar: ¡qué bello! Es el tiempo para mirar nuestra
casa, a los amigos que hospedamos, la comunidad que nos rodea, y pensar:
¡qué bueno! (12 de agosto de 2015).

82. Es importante hacer fiesta. Son momentos de familiaridad en el engranaje de la máquina productiva: ¡nos hace bien! (12 de agosto de 2015).

83. Vosotros, mamás y papás, sabéis bien esto: ¡cuántas veces por amor a los hijos sois capaces de tragaros las penas
para dejar que ellos vivan bien la fiesta, degusten el sentido bueno de
la vida! ¡Hay tanto amor en esto! (12 de agosto de 2015).

84. El verdadero tiempo de la fiesta interrumpe el trabajo
profesional, y es sagrado, porque recuerda al hombre y a la mujer que
están hechos a imagen de Dios, que no es esclavo del trabajo, sino
Señor, y, por tanto, tampoco nosotros nunca debemos ser esclavos del trabajo, sino «señores» (12 de agosto de 2015).

85. El tiempo de descanso, sobre todo el del domingo, está destinado a nosotros para que podamos gozar de lo que no se produce ni consume,
no se compra ni se vende. Y en lugar de esto vemos que la ideología del
beneficio y del consumo quiere comerse también la fiesta: también ésta a
veces se reduce a un «negocio», a una forma de hacer dinero y gastarlo
(12 de agosto de 2015).

86. La familia está dotada de una competencia extraordinaria para entender, dirigir y sostener el auténtico valor del tiempo de la fiesta.
¡Qué bonitas son las fiestas en familia! Y en particular la del
domingo. No es casualidad que las fiestas en las que hay sitio para toda
la familia son aquellas que salen mejor (12 de agosto de 2015).

87. La fiesta es un precioso regalo de Dios; un precioso regalo que Dios ha hecho a la familia humana: ¡no lo estropeemos! (12 de agosto de 2015).

88. La familia educa al trabajo con el ejemplo de los padres: el papá y la mamá que trabajan por el bien de la familia y de la sociedad (19 de agosto de 2015).

89. El trabajo es sagrado, el trabajo da dignidad a una familia. Tenemos que rezar para que no falte el trabajo en una familia (19 de agosto de 2015).

90. Un corazón habitado por el amor a Dios convierte también en
oración un pensamiento sin palabras, o una invocación ante una imagen
sagrada, o un beso enviado hacia una iglesia. Es hermoso cuando las
mamás enseñan a los hijos pequeños a mandar un beso a Jesús o a la Virgen.
¡Cuánta ternura hay en eso! En ese momento el corazón de los niños se
convierte en espacio de oración. Y es un don del Espíritu Santo (26 de
agosto de 2015).

91. Quien tiene una familia aprende rápido a resolver una ecuación que ni siquiera los grandes matemáticos saben resolver: hacer que veinticuatro horas rindan el doble.
Hay mamás y papás que por esto podrían ganar el Premio Nobel. De 24
horas hacen 48: ¡no sé cómo hacen, pero se mueven y lo hacen! ¡Hay tanto
trabajo en la familia! (26 de agosto de 2015).

92. El espíritu de oración restituye el tiempo a Dios, sale de la
obsesión de una vida a la que siempre le falta el tiempo, vuelve a encontrar la paz de las cosas necesarias y descubre la alegría de los dones inesperados (…) Tú, mamá, papá, enseña al niño a rezar, a hacer la señal de la cruz: es una hermosa tarea de las mamás y los papás (26 de agosto de 2015).

93. No os olvidéis de leer todos los días un pasaje del Evangelio.
La oración brota de la familiaridad con la Palabra de Dios. ¿Contamos
con esta familiaridad en nuestra familia? ¿Tenemos el Evangelio en casa?
¿Lo abrimos alguna vez para leerlo juntos? El Evangelio leído y
meditado en familia es como un pan bueno que nutre el corazón de todos
(26 de agosto de 2015).

94. Por la mañana y por la tarde, y cuando nos sentemos a la mesa, aprendamos a decir juntos una oración,
con mucha sencillez: es Jesús quien viene entre nosotros, como iba a la
familia de Marta, María y Lázaro (26 de agosto de 2015).

95. Una sola sonrisa milagrosamente arrancada a la desesperación de
un niño abandonado, que vuelve a vivir, nos explica el obrar de Dios en
el mundo más que mil tratados teológicos. Un solo hombre y una sola
mujer, capaces de arriesgar y sacrificarse por un hijo de otros,
y no sólo por el propio, nos explican cosas del amor que muchos
científicos ya no comprenden. Y donde están estos afectos familiares,
nacen esos gestos del corazón que son más elocuentes que las palabras (2
de septiembre de 2015).

96. Imaginemos que el timón de la historia (de la sociedad, de la
economía, de la política) se entregue —¡por fin!— a la alianza del
hombre y de la mujer, para que lo gobiernen con la mirada dirigida a la generación que viene. Los temas de la tierra y de la casa, de la economía y del trabajo, tocarían una música muy distinta (2 de septiembre de 2015).

97. Nuestras ciudades se convirtieron en espacios desertificados por
falta de amor, por falta de una sonrisa. Muchas diversiones, muchas
cosas para perder tiempo, para hacer reír, pero falta el amor. La sonrisa de una familia es capaz de vencer esta desertificación de nuestras ciudades.
Y esta es la victoria del amor de la familia. Ninguna ingeniería
económica y política es capaz de sustituir esta aportación de las
familias (2 de septiembre de 2015).

98. El Espíritu de Dios hace florecer los desiertos (cf. Is32, 15). Tenemos que salir de las torres y de las habitaciones blindadas de las élites,
para frecuentar de nuevo las casas y los espacios abiertos de las
multitudes, abiertos al amor de la familia (2 de septiembre de 2015).

99. Dios ha confiado a la familia el emocionante proyecto de hacer «doméstico» el mundo.
Precisamente la familia está al inicio, en la base de esta cultura
mundial que nos salva; nos salva de tantos, tantos ataques, de tantas
destrucciones, de tantas colonizaciones, como la del dinero o de las
ideologías que amenazan tanto al mundo. La familia es la base para
defenderse (16 de septiembre de 2015).

100. En Caná, estaba la Madre de Jesús, la «madre del buen consejo».
Escuchemos sus palabras: «Haced lo que Él os diga» (cf. Jn 2, 5).
Queridas familias, queridas comunidades parroquiales, dejémonos inspirar por esta Madre, hagamos todo lo que Jesús nos diga y nos encontraremos ante el milagro, el milagro de cada día (9 de septiembre de 2015).