Creer implica valorar la misa

Si eso es la verdad, tú no eres coherente
Hace ya algún tiempo, contaba un queridísimo sacerdote que, siendo niño, vivía en una ciudad del Marruecos español y que solía hablar a menudo con un vecino de religión musulmana. El vecino musulmán se interesó un día por lo que hacen los católicos y en qué consiste su fe y preguntó sobre ello al pequeño. Éste, que años después llegaría a ser un gran sacerdote, le dijo que él contemplaba a Dios cara a cara en el Sagrario, y que en la Santa Misa llegaba a tener con Él una unión plena en el momento de la Comunión, como no se puede tener con nadie más en el mundo. El musulmán, asombrado por todo aquello que le contaba el niño, afirmó, como sólo puede hacerlo alguien con grandes deseos de Dios, que “¡qué gran suerte tenéis los cristianos que os unís en un mismo Cuerpo con Él a diario!”. A esto, el niño respondió que, bueno, que realmente sólo es necesario hacerlo en domingo y los días de fiesta, que el resto de los días no hay obligación. El musulmán, con el gesto visiblemente contrariado, le dijo: “Entonces, no me engañes, o todo eso que me has dicho es mentira, o ni tú mismo te lo crees”.

Sigue la conclusión de la anécdota…

Aquello hizo que el niño reflexionara, viera que, si bien el mandamiento sólo obliga gravemente para los domingos y los días de precepto, ¿cómo podía él, que quería conquistar de verdad la Amistad de Dios, dejar pasar un solo día sin ir a visitarle al Sagrario o sin recibirle en la Sagrada Comunión, teniendo oportunidad de hacerlo?