Una ventana para airear el dolor

Si los profesionales sanitarios contaran sus historias es posible que falten estanterías para almacenar tanto humanismo en los hospitales y centros de salud. Sobre todo sin son facultativos que se encargan de atender a personas en los últimos capítulos de la vida…

Ángel es especialista en Oncología Médica y reside en Asturias.

Durante su vida profesional ha visto muchos trenes saliendo del túnel. Con su capacitación científica y médica y un interés especial por la filosofía y la antropología, cultivada desde la adolescencia, pasa consulta a su experiencia en voz alta: ciencia, humanismo, atención al final de la vida, muerte, fe, compañía, dolor, sufrimiento… Son reflexiones de su botiquín de últimos auxilios que siempre son interesantes. Para un médico, para un paciente, y para todos.

 El doctor Jiménez Lacave fue agnóstico en los años 60 y 70; más tarde tuvo una conversión y conoció el Opus Dei.

Ángel ha ido y ha vuelto. Las preguntas, las dudas y las certezas estaban ahí desde que el uso de razón manifestó sus inquietudes. Decidió estudiar Medicina “como el mejor camino para acercarme al del hombre y de la enfermedad y así poder participar en el proceso de curación”.

El hombre, a fondo

Y desde aquellos años de facultad, muchas personas con enfermedades han confirmado que su vocación de curar era un acierto. Al final, entre el médico y sus pacientes hay simbiosis de experiencias, descubrimientos, maneras de entender el mundo, la enfermedad… A él le ha servido descubrir “la dimensión ontológica del hombre y la dimensión metafísica del mundo. Con una idea más profunda de lo que es el hombre puedes entender mejor a la persona enferma. Eso fortalece la relación médico-paciente al haber aprendido a ponerte en su lugar. El hecho de que el paciente se sienta comprendido mejora enormemente la relación médica”.

Porque la Medicina es ciencia, pero no sólo química.

Él es partidario de una relación médico-paciente que supone implicarse en el sufrimiento, una actitud que pasa factura personal.

Cada paciente, cada día y cada circunstancia tienen su afán. Para todos, Ángel ha tratado de vivir la máxima de San Pablo: “reír con los que ríen, y llorar con los que lloran. Una frase emotiva y humana. Pienso que hay que saber escuchar al enfermo y ponerse en su lugar. Erigir una barrera para no involucrarse no es apropiado, aunque sea una actitud defensiva facilitada para la cultura actual”. Él es partidario de una relación médico-paciente que supone implicarse en el sufrimiento, una actitud que pasa factura personal, “aunque sabemos que la Medicina, al no ser una ciencia exacta, no se evalúa legalmente por los resultados, sino por la intención, los fines y los medios”.

Dignidad universal

A Ángel le ha servido su propia biografía para descubrir que “una cosmovisión materialista suele conllevar un concepto de dignidad circunstancial. Los que ven así las cosas piensan que cuanto peor es la calidad de vida, menos merece la pena vivir. En ese modo de entender el mundo la dignidad depende de las circunstancias y esas circunstancias influyen en la dignidad del enfermo y la muerte es una liberación. La cosmovisión cristiana tiene el concepto de dignidad ontológica: es decir, que todos los hombres tienen la misma dignidad independientemente de su raza, su sexo, su religión, su minusvalía, su enfermedad, etc. Es la base de los derechos humanos. Ninguna circunstancia justifica eliminarlo. Eso sería la “política del descarte” de la que habla el Papa Francisco”.

A pesar de su preparación y su contacto directo con personas que sufren, Ángel ve un sentido trascendental del dolor, con su alta dosis de misterio. A él le ayudó empezar a entender el sentido del sufrimiento un texto que, allá por los años 80, le regaló una paciente: la carta apostólica Salvifici doloris, de san Juan Pablo II. Nadie da de lo que no tiene. Karol Wojtyla fue sometido desde niño al sufrimiento, y el dolor le acompañó hasta su muerte. Por eso pudo escribir esta carta”.

Ciencia, humanismo y trascendencia

A Ángel le sirve integrar en consulta la competencia profesional, la perfección en el trato humano y el sentido trascendente del acto médico, porque las tres facetas son importantes y las tres juntas ayudan a aliviar el sufrimiento de los pacientes.

De esta experiencia laboral, Ángel saca una conclusión general en el análisis del misterio del dolor: “En general, el sufrimiento humaniza”. Y explica: “He vivido casos en los que, tras una desgracia, las personas han cambiado su sistema de valores: ya no les llena tanto lo que parecía estructural y sólo era superficial. Cuanto mayor es el sufrimiento, más te acerca al acantilado de las grandes preguntas, también a las que hacen referencia a la trascendencia del hombre.

La clave está en integrar en consulta la competencia profesional, la perfección en el trato humano y el sentido trascendente del acto médico.

Con respecto a la apertura a la fe de las personas que sufren, Ángel constata que “cada persona es un mundo”. Lo que sí ha experimentado es que “a través de la misma labor profesional, la dedicación, y la buena atención, los pacientes llegan a palpar que algo real sustenta tu comportamiento, porque se sienten valorados y apreciados, y ese gesto les llega hasta el fondo del corazón. Por eso, en el fondo, a veces muy en el fondo, me atrevería a decir que el sufrimiento termina acercando a Dios”. Y con una alta dosis de realismo, añade: “Hay que contemplar también que hay casos en que el sufrimiento lleva a la desesperación, a la pregunta frustrante sin respuesta de por qué me pasa esto a mí, a la rebelión más brutal. Ante estas actitudes el silencio respetuoso es, al menos de inmediato, la respuesta más adecuada.”.