Benditos animales

“Y creó Dios al hombre”. Pero antes, el día quinto y el sexto, creó a todos los animales que pueblan la tierra, el mar y el aire. Después, eso sí, quiso Dios que el hombre, la mujer, les pusiera nombre, es decir, ejerciera dominio sobre ellos.

En la Sagrada Escritura se contabilizan hasta 120 especies distintas de animales, y de una variedad notable: desde el avestruz hasta el camello, o el corzo y el ciervo. La mayoría son animales puros, pero también quiso Dios, según aparece en el Levítico, que algunos fueran impuros. Entre estos, la mayoría de los carnívoros, de las rapaces y los reptiles.

“Animales y ganados, bendecid al Señor”

En fin, el propio Jesucristo utilizó un asno como trono en Jerusalén, y antes quiso nacer en un establo junto a un buey y una mula. Los animales también aparecen con frecuencia en las enseñanzas de Jesús (gorriones, ovejas, camellos, perros, peces) de manera amistosa y entrañable, excepto cuando habla de “raza de víboras”, dirigido a los fariseos, y de “zorro”, en alusión a Herodes. Por otra parte, no hay que olvidar que el Espíritu Santo se presenta en forma de paloma…

Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). “Bendecid al Señor todos los animales y ganados”, se lee en ese himno del Antiguo Testamento.

Estas enseñanzas del Catecismo de la Iglesia, también remarcan que “los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri” (CIC, 2416).

Benedicto XVI con un gato.

San Juan Pablo II, en una audiencia en 1990, recordó que los animales son criaturas creadas por Dios: “también los animales tienen un aliento o soplo vital, y que lo recibieron de Dios”.

Del jabalí de san Antón al perro de san Roque

Entre los santos, el puesto más destacado lo ocupa el célebre san Antonio abad, o también llamado san Antón. El eremita, según se cuenta, curó a unos jabatos ciegos que se le acercaron con su madre, una jabalina. A partir de ese momento, parece que le defendieron del ataque de otras alimañas.

San Francisco de Asís, además de predicar al hermano lobo, tuvo en la alondra su animal preferido. Se cuenta que el día de su muerte una bandada revoloteó sobre el tejado de la casa donde el santo yacía y le ofreció el más bello recital de despedida.

Otro santo, san Juan Bosco, vivió su particular amistad con el perro pastor Gris, que le defendió de los muchos peligros que le acecharon en su vida. Todo comenzó una noche en la que el santo, objetivo de numerosos ataques, volvía solo a casa. “Vi junto a mí a un perrazo que de pronto me asustó; pero como no mostró intenciones hostiles, y más bien me hiciera cariños, pronto nos hicimos amigos y me acompañó hasta casa”.

Otro perro famoso es sin duda el de san Roque. Parece que este santo, enfermo de peste por atender a miles de infectados, se retiró de la ciudad para no poner en peligro a los vecinos. Y tuvo su perro guardián, que le llevaba todos los días un panecillo de la mesa de su amo.

Entre cardenales y Papas

Quizá por su característico sentido del humor, o por un verdadero amor a los animales, se cuenta que San Felipe Neri, ya anciano, recibía a cardenales y gente de la Curia con un gato en su regazo.

Los últimos Papas también han mostrado su simpatía por algún animal. Parece que Pablo VI y san Juan Pablo II eran aficionados a los pájaros, y tuvieron alguno. Y, en época más reciente, es conocida la cercanía de Benedicto XVI hacia los gatos. Además, como es bien sabido, Roma es la ciudad gatuna por excelencia.

La belleza de los animales minúsculos

Al fundador del Opus Dei, en sus años de infancia, le produjo un fuerte impacto el recuerdo de cómo algunos niños de su edad se divertían tirando piedras contra murciélagos. Vio de cerca hasta dónde puede llegar la crueldad humana.

San Josemaría, en una homilía, recita una lista de animales grandes, pequeños y minúsculos. “También en lo diminuto, comenta San Jerónimo, se muestra la grandeza de alma. Al Creador no le admiramos sólo en el cielo y en la tierra, en el sol y en el océano, en los elefantes, camellos, bueyes, caballos, leopardos, osos y leones; sino también en los animales minúsculos, como la hormiga, mosquitos, moscas, gusanillos y demás animales de este jaez, que distinguimos mejor por sus cuerpos que por sus nombres: tanto en los grandes como en los pequeños admiramos la misma maestría”.

Su sucesor, el beato Álvaro del Portillo, disfrutaba -y le servían de descanso- con la compañía de los perros que cuidaban la casa del Colegio Romano de la Santa Cruz, a las afueras de Roma.

El mundo animal, con toda su variedad, es un regalo de Dios. Una máxima que puede servir de pauta de conducta nos la dejó san Francisco de Sales: “Quien se muestra benigno con los animales es de esperar que no lo sea en menor grado con los hombres”. Y más recientemente, el Catecismo de la Iglesia nos invita a querer a todas las criaturas: “se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos”. Amén. Guau.