Sobre huellas de gigantes narra la travesía que realizó la alpinista Chus Lago a través de la Antártida, a pie y el solitario, hasta alcanzar el Polo Sur geográfico: 1.200 kilómetros en 59 días. «No hay abrigos ni pensamientos suficientes para llenar una aventura a solas en el mayor de los desiertos helados. Cualquier silencio imaginado en comparación con el que reina en él resulta una lejanísima evocación. En ese escenario, sin un ápice de vida animal o vegetal, donde el vacío llena toda la fotografía, transcurrió mi última expedición. Mientras los vientos más poderosos del planeta descendían desde lo alto de la meseta antártica, yo me empeñaba en llegar a ella arrastrando un trineo de ciento trece kilos de peso. A veces, las nieblas, densas y persistentes, parecían tomar el relevo a las ventiscas; en otras el cielo cubierto de nubes ocultaba el sol y borraba las sombras durante semanas enteras; cincuenta y dos días de meteorología adversa y apenas siete de calma atmosférica. »A solas, con mis voces interiores, con los recuerdos más insospechados y con la ausencia, en ocasiones, de todos ellos, mi aventura corrió sobre el hielo y sobre la mente. Me había preparado concienzudamente durante tres años para afrontar aquella travesía, y mientras superaba cada kilómetro hacia la cima comprendí que tal vez toda mi vida lo había estado haciendo.»Chus Lago El 3 de noviembre de 2008, la alpinista Chus Lago inició una dura travesía en solitario en desierto antártico para conquistar el Polo Sur geográfico. Durante 59 días, Chus se enfrentó a más de 1.200 kilómetros en unas condiciones extremas, que le llevaron al límite de sus propias capacidades físicas y psíquicas. Día tras día, Chus tenía que seguir una férrea disciplina para sobrevivir en el desolador clima de la Antártida, soportando temperaturas de menos de 50 grados. En este entorno, tenía que seguir rutinas peculiares, como mantener algunos objetos cerca de su cuerpo para que su calor corporal los mantuviese correctamente: desde un colirio hasta las baterías del GPS, del que dependía completamente para orientarse por un paisaje plano, repetitivo y sin referencias. Cada día, la alpinista debía caminar los kilómetros marcados, a pesar de las inclemencias o el cansancio, y sólo podía permitirse renunciar cuando ambos lo hacían imposible. En las páginas de Sobre huellas de gigantes, Chus narra no solamente su propia aventura, sino también las historias de los gigantes, aquellos intrépidos exploradores que se aventuraron en la misma expedición antes que ella. Pero, sobre todo, rememora vivencias familiares y de aventura junto a su compañero fallecido en 2005, Merab, a quien rinde un emocionante homenaje.