La fuerza de la misericordia en el Camino de Santiago

Me enganché al Camino de Santiago en 1993. Lo he recorrido al menos una vez cada año, he ayudado a organizarlo a gente del mundo entero y, desde hace tres años, se ha convertido en mi trabajo profesional.

Estoy feliz porque puedo hacer posible que muchos peregrinos tengan una experiencia muy fuerte y que, quienes lo deseen, puedan tener un encuentro profundo con Dios. Yo estoy allí para facilitarles lo que necesiten y aportarles mi experiencia.

Año de la Misericordia

Este Año jubilar de la Misericordia está atrayendo a mucha gente, porque el Papa ha aconsejado peregrinar a un Santuario para lucrar la indulgencia. Pienso que superaremos récords históricos.

Desde el s. IX, el Camino de Santiago es un lugar privilegiado para experimentar la Misericordia de Dios con cada uno de nosotros. Ahí tenemos, por ejemplo, la historia de don Gaiferos de Mormaltán, relatada en el Códice Calixtino… Y tantas otras.

“Le di una rosa del jardín para que se la pusiera al Cristo, porque tienen allí una talla preciosa del Crucificado. Experimentó su mirada llena de ternura y se emocionó al sentirse hija de Dios”

Pero no hace falta viajar en el túnel del tiempo. Cada día se tejen historias de Misericordia. Por ejemplo, la de María Eugenia, con la que hice el Camino junto a otras personas, cuando ella tenía 16 años. Apenas tenía formación religiosa. En la tercera etapa disponíamos de más tiempo por la tarde y aprovechamos para limpiar la capilla de una aldea. Le di una rosa del jardín para que se la pusiera al Cristo, porque tienen allí una talla preciosa del Crucificado. Experimentó su mirada llena de ternura y se emocionó al sentirse hija de Dios. Se confesó, quizás por primera vez en su vida, y comenzó a recorrer el camino de fe cristiana. No es el primer, ni tampoco el último, peregrino que vive este “encuentro”.

Con profesionales jóvenes de Singapur peregrinando desde O Cebreiro.

Algunos no saben bien lo que buscan, pero la realidad es que buscan la trascendencia, buscan a Dios.

Dar consejo al que lo necesita

Ese Cristo es testigo de las muchas obras de misericordia de los lugareños con los peregrinos que acogen en la aldea. Como Pacita, la alberguera, que se vuelca en atenciones y detalles con todos.

Pacita se vuelca en su entrega a los peregrinos. ¡Cuántas veces, al sugerirle que se tome un tiempo de descanso, me responde: “si yo no les hablo y les explico cómo hacer el Camino y que pueden confesarse en Santiago para terminarlo bien, ¿quién lo hará…?”

Un día de mucha lluvia y frío tenía en su albergue 40 peregrinos. Entre ellos estaba una mujer francesa, que le acompañó a por leña para prender la chimenea. Hablaron un poco y, como después había Misa en la aldea, la invitó a asistir con todo su grupo. Al terminar la Misa, la mujer se detuvo a contemplar la imagen del Cristo. A la pregunta de Pacita sobre qué le parecía, le respondió: “¿Sabes, Pacita? Tú, hoy, has sido Cristo en mi Camino”.

Esta mujer, buena cristiana, se vuelca en su entrega a los peregrinos. ¡Cuántas veces, al sugerirle que se tome un tiempo de descanso, me responde: “si yo no les hablo y les explico cómo hacer el Camino y que pueden confesarse en Santiago para terminarlo bien, ¿quién lo hará…?”.

La familia Lorenzo González durante el Camino Familiar organizado por la Asociación Aboal (Vigo).

La naturaleza, el silencio, la belleza del recorrido y la amabilidad de la gente hacen más fácil centrarse en lo esencial y superar el activismo de la vida ordinaria. De hecho, después de andar tantos kilómetros, es frecuente que la gente te cuente sus problemas y entonces procuro aconsejarles lo mejor posible.

Corregir al que se equivoca

En el Camino es imposible perderse. Pero no por la profusión de señales, que son muchísimas, sino porque siempre hay un paisano u otro peregrino que desea orientarte y te corrige. Todos ayudan a todos. Y ésta es una muestra de algo más profundo.

Cuando te sumerges en el Camino desconectas de la rutina y, de una manera asombrosa, adquieres la perspectiva necesaria. Si a esto le añades la gracia de Dios y la ayuda del apóstol Santiago te encuentras en el mejor momento para rectificar el rumbo en tu vida si es necesario.

Es habitual que el peregrino abra su intimidad a los demás y ahí surge la oportunidad de reorientar muchos caminos torcidos, sobre todo al llegar a la Catedral de Santiago, pues allí -dicen- “te entran tentaciones de confesarte”

Es muy bonito comprobar cómo la gente de los pueblos con la que te vas encontrando se convierte en instrumento de Dios para este cambio. Es curioso pero, en el Camino, cada uno se siente parte de una misma familia y comparte todo con los demás peregrinos: dar de comer al hambriento y de beber al sediento es habitual, pero compartir va mucho más allá de lo material. Es habitual que el peregrino abra su intimidad a los demás y ahí surge la oportunidad de reorientar muchos caminos torcidos, sobre todo al llegar a la Catedral de Santiago, pues allí -dicen- “te entran tentaciones de confesarte”.

Señalización con zamburiñas en el Camino Portugués.

Es frecuente que muchas personas decidan reformar profundamente sus vidas. Incluso peregrinos que vienen de algunas cárceles con sus educadores y experimentan el deseo de una reinserción social verdadera.

Consolar al triste

Hace tiempo conocí a Andrea procedente de un país de Centroeuropa. Tendría unos 18 años y venía haciendo el Camino con su hermano.

Nos presentamos en la segunda etapa pero ya no nos volvimos a encontrar de nuevo hasta llegar a Santiago, en la propia Catedral. La vi arrodillada en la nave central, rezando y llorando. Le pregunté con delicadeza si podía ayudarle en algo. Lloraba porque quería confesarse y no sabía si podía hacerlo, pues no era católica. También me dijo que había hecho el Camino porque algo en su interior le decía que tenía que hacerlo, pero no conseguía saber por qué. Durante la celebración de la Misa del peregrino había visto con total claridad que había venido a Santiago para abrazar la fe católica desde el protestantismo. Habló con el sacerdote y de esa conversación salió feliz y decidida a contactar con gente católica de su ciudad para poder hacer la profesión de fe.

“La vi arrodillada en la nave central, rezando y llorando. Le pregunté con delicadeza si podía ayudarle en algo. Lloraba porque quería confesarse y no sabía si podía hacerlo, pues no era católica”

Otras personas vienen porque perdieron un familiar o sufren algún problema serio. Cuando hablo con ellos procuro ayudarles a recuperar la esperanza.

Sufrir con paciencia los defectos del prójimo

En el Camino también aparecen dificultades y problemas que ponen a prueba nuestra fortaleza y la capacidad de convivencia. Algunas personas tienen, además, limitaciones físicas que procuran sobrellevar bien con la ayuda de otros.

En una ocasión, haciendo el Camino Portugués, conocí a dos mujeres jóvenes de La Coruña. Una de ellas estaba completamente ciega. La que le acompañaba era su lazarillo. Le cogía del brazo y le iba guiando, evitando piedras, charcos y raíces, además de los coches. Al conocer la situación me ofrecí a llevarla yo, hasta casi llegar a Caldas de Reis. Fue una experiencia que me marcó. Por un lado, me ayudó a hacerme cargo de la generosidad de su acompañante pues, efectivamente, hacer el Camino sin poder ir a tu paso es muy cansado. Y por otro, la visión positiva y el coraje de la invidente. Cómo valoraba lo que sus otros sentidos le aportaban y, sobre todo, cómo interiorizaba mucho más la experiencia.

Un pequeño susto con chicas de un colegio, durante una etapa del Camino de Santiago.

Este tipo de ayuda se ve con mucha frecuencia: personas que acompañan a otras empujando la silla de ruedas de un parapléjico e, incluso, tetrapléjicos. O, de una manera más discreta, aminorando su paso para que aquel peregrino que viene lesionado o tiene mayor dificultad no camine solo y vaya animado con una agradable conversación que ayuda a no sentir el cansancio.

Ésta es la manifestación externa de algo que también sucede por dentro al tratar de convivir de manera amable con peregrinos muy distintos, procurando ceder y resolver las dificultades.

En una ocasión, haciendo el Camino Portugués, conocí a dos mujeres jóvenes de La Coruña. Una de ellas estaba completamente ciega. La que le acompañaba era su lazarillo

Es bonito ver cómo sonreímos al cruzarnos con otros y nos paramos a ayudar a cualquiera, si vemos algún problema. Esto lleva a encontrar amistades nuevas y duraderas, que se afianzan al reencontrarse en las distintas etapas.

Dar posada al peregrino

Los albergues son lugares de encuentro y acogida para los peregrinos. En una ocasión en que no teníamos sitio, la hospitalera nos ofreció su casa. Cuando nos fuimos le dejamos un pequeño obsequio con una nota agradeciéndole la oportunidad que nos había brindado de experimentar, después de algunos días fuera de casa, el calor de un hogar.

Por fin ¡la Puerta Santa! ¡lo hemos conseguido!

Recientemente he hecho el Camino Portugués de la Costa, un domingo al mes, con familias de la Asociación Aboal de Vigo. Éramos un grupo de 50 personas. Las edades de los peregrinos iban desde los 7 meses hasta los 76 años y fue precioso ver el espíritu que había y cómo se cuidaban los pequeños y los mayores.

A la etapa anterior vino, por primera vez, la madre de Paz. Cuando se despidió agradeció a cada una de las personas del grupo como la habían acogido, se había sentido una más, como si la conocieran de toda la vida. Es la experiencia generalizada de este grupo. Cuando hicimos una tormenta de ideas para redactar la Invocación al apóstol fue unánime la petición al Santo para que nos ayude a hacer de Vigo y desde Vigo una gran familia.

La familia Aranda López y varios amigos por el Camino Portugués.

Este Año de la Misericordia he podido aplicar muchos consejos del Papa, pues hacer el Camino de Santiago facilita desde hace siglos el encuentro con la misericordia de Dios.