“Haceos el bien a vosotros mismos”

En el siglo XVI, Juan Ciudad aterrizó en Granada porque Dios quiso, después de muchas peripecias. Bajo la guía de san Juan de Ávila y siendo muchas veces tomado por loco, empezó su obra de ayuda a los pobres, los enfermos y los necesitados. Poco a poco, algunos comenzaron a apreciar su labor y se unieron como voluntarios o bienhechores. Su forma de pedir era muy original e iba calando: “Hermanos, haceos el bien a vosotros mismos”.

En aquella época no se hablaba de voluntariado; no existía organizado como tal, ni había cultura con ese nombre, o legislación al respecto. Sin embargo, alrededor de Juan de Dios afloraba espontáneamente el corazón misericordioso de las personas que se le unían en la atención de los más necesitados. “Si considerásemos lo grande que es la misericordia de Dios, nunca dejaríamos de hacer el bien mientras pudiésemos”, solía decir el santo.

El germen fue la ayuda que durante algunos años prestaron a un puñado de Hermanos jóvenes de la Orden que emprendían una labor con niños marginados en varios pisos del barrio del Albayzín.

Más de 400 años después, María Angustias Garach, Mary, reanudaba en Granada, sin saberlo, una tradición de la Orden de San Juan de Dios, reunió a un grupo de amigas para embarcarlas en un pequeño proyecto de voluntariado, que pronto adquirió dimensiones insospechadas.

El germen fue la ayuda que durante algunos años prestaron a un puñado de Hermanos jóvenes de la Orden que emprendían una labor con niños marginados en varios pisos del barrio del Albayzín. Como si Dios les hubiera conducido hasta allí, comprobaron cómo encajaban las necesidades de los religiosos con su deseo de colaborar.

“Cuántas veces la expresión ‘darse a los demás’ nos suena a utopía. Cuando eso sucede es que aún no hemos comenzado a darnos”, asegura Mary.

A partir de ahí, el número de voluntarios y su campo de acción crecieron como río fuera de cauce: en la residencia de ancianos, en el hospital, en el colegio de niños deficientes de San Rafael, en el comedor social y en otros colectivos no vinculados a San Juan de Dios, pero que también precisaban ayuda.

“Cuántas veces la expresión darse a los demás nos suena a utopía. Cuando eso sucede es que aún no hemos comenzado a darnos”, asegura Mary. A muchos, ese deseo real les llevó a unirse al incipiente voluntariado. Eran gentes de todas las edades, profesiones y condición social, dispuestas a implicarse en lo que hiciera falta.

Un reconocimiento muy especial

Han pasado más de 30 años. Son incontables los trabajos y servicios que el voluntariado ha prestado a la Orden de San Juan de Dios en Granada. Ya ha tomado el relevo la segunda generación, que garantiza la continuidad de aquella aventura, algo disparatada, que se atrevió a seguir las huellas del “loco de Granada”.

En un lugar destacado de su casa, Mary guarda como un tesoro la Carta de Hermandad de San Juan de Dios, que la Orden le concedió en mayo de 2000. Se trata del máximo reconocimiento que ésta otorga -a poquísimas personas- en agradecimiento por su trabajo y por su estrecha colaboración con la obra de San Juan de Dios. Sólo dos mujeres en el mundo la poseen. Mary recibió la primera que se concedía en Granada y durante 14 años sólo ella disfrutó de este privilegio.

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Anécdota de Anecdonet.com