En el mes de (1885) soñé que viajaba hacía Castelnuovo y que por el camino se me acercaba un anciano el cual me decía: – ¡Trabajo, trabajo, trabajo! Este debe ser el objetivo y la gloria de un sacerdote. No desanimarse nunca en el trabajo y no dejar de trabajar. ¡Cuántas almas se salvarían su los trabajaran más! ¡Cuántas cosas se haría para gloria de Dios! ¡Oh, si el misionero cumpliera de verdad con sus deberes de misionero y si el párroco se dedicara con toda el alma a cumplir sus deberes de párroco! ¡Qué prodigios de santidad se verían por todas partes! Pero desafortunadamente muchos tienen miedo al trabajo y prefieren dedicarse a una vida comodona y descansada.

Yo le dije que era una lástima la escasez de sacerdotes y él me dijo: – Es cierto que hay escasez de sacerdotes, pero si cada sacerdote cumpliera con sus propios deberes, casi serian suficientes los que hay. ¡Cuántos sacerdotes hay que hacen muy poco de lo que les obliga en conciencia hacer como sacerdotes! Algunos se quedan atendiendo a su familia. Otros por timidez permanecen ociosos. Mientras que si dedicaran a confesar, a enseñar , a propagar la religión, llenaría un gran vacío, que hay en el campo de la Iglesia. Dios proporciona las vocaciones según las necesidades que se van presentando en la Iglesia. Cuando el gobierno puso obligatorio el servicio militar para los seminaristas, muchos pesimistas creyeron que las vocaciones se iban a acabar, y entonces fue cuando más aumentaron.

– ¿Y qué habrá que hacer para conseguir más vocaciones? – le pregunté.

– Ante todo que se cultive y se conserve entre los jóvenes la moralidad, la pureza. La moralidad es como un semillero del cual nacen muchas vocaciones.

– Y cada sacerdote ¿qué será lo que tiene que hacer para que su propia produzca más frutos espirituales? – Ante todo lo que dice “Que cada uno aprenda a gobernar y muy bien su casa” (1 Tim. 5,8). Que cada cual sea ejemplo de santidad en el sitio donde trabaja y para las personas con las cuales trata. Que cuiden mucho para no dejarse dominar por la gula en el comer o en el beber, y que no se dediquen con demasiado afán a las cosas materiales. Que cada uno sea ante todo modelo de santidad para los que viven cerca de él. Después ya lo será para los demás.

El venerable sacerdote se despidió de mí y… yo me desperté.