Hasta un golfo como yo puede pegar el cambiazo

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Hay esperanza para aquellos que piensan “Es demasiado tarde… si supieras mi pasado”. Este es un testimonio de que, a pesar de lo burros que podemos ser, hay santos que han pasado por ahí y que todavía pudieron rectificar sus vidas.

Presentación de ‘Ignacio. Los años de la espada’.

Ignacio de Loyola, un “juerguista” durante su vida en Arévalo

San Ignacio de Loyola vivió unos 11 años en Arévalo; una etapa de su vida en la que fue conocido por ser “un juerguista y un mujeriego”.

Aunque no quedan en la villa arevalense muchos restos del paso del que entonces se llamaba Íñigo de Loyola -cambió su nombre al tomar los hábitos-, el escritor José Luis Urrutia ha recuperado toda la documentación existente sobre él en el libro Ignacio. Los años de la espada, que este viernes presentó en Arévalo, donde se conmemora ahora el V Centenario de la llegada del fundador de los jesuitas a esta localidad, donde vivió entre 1506 y 1517.El libro se divide en tres partes y una de ellas es, precisamente, la dedicada a Arévalo, a donde llegó Íñigo de Loyola con unos 15 años, procedente de Azpeitia (Guipúzcoa) a la casa de un pariente que ocupó el cargo de Contador Mayor de Castilla en tiempos de los Reyes Católicos: el señor Juan Velázquez de Cuéllar.

Vida cortesana

De ser el menor de trece hermanos, hijo de una familia de hidalgos guipuzcoanos de tradición guerrera, bastante insolente y orgulloso de carácter, de baja estatura, un poco rubio y un ignorante en cuestión de escritura, lectura, música… Íñigo de Loyola se convirtió en un “niño mimado” bajo la tutela de Juan Velázquez de Cuéllar, quien le enseñó latín, matemáticas, literatura e, incluso, el oficio de las armas.

Portada del libro de Urrutia

Fueron años en los que el joven Íñigo, futuro san Ignacio de Loyola, según explicó Urrutia en su presentación en Arévalo, vivió en el ya inexistente Palacio Real y tuvo una vida de “auténtico cortesano”, llegando, además, a conocer a Fernando el Católico y a su segunda esposa, Germana de Foix, de la que se dice, incluso, que estuvo enamorado.

Los líos de faldas le trajeron, de hecho, de cabeza a Íñigo de Loyola. A modo de anécdota, Urrutia destacó que durante las fiestas de carnaval, cuando el posterior fundador de los jesuitas contaba unos 24 años y regresaba a su casa, en Azpeitia, “se hirió o murió una persona”, por lo que Íñigo fue acusado y encarcelado en el Obispado de Pamplona de donde salió “por la influencia de Velázquez de Cuéllar”.

La familia de su protector, sin embargo, cayó en desgracia y tuvieron que marcharse de Arévalo hasta Madrid, donde Íñigo de Loyola pasó a estar al servicio del duque de Nájera, virrey de Navarra, como soldado, aunque esta es ya otra historia.

ctizquierdo@aviladigital.com

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