La Universidad de Harvard realizó un estudio asombroso sobre la felicidad, conocido como , el cual duró alrededor de ochenta años. Acompañaron a un grupo de jóvenes en edad universitaria a lo largo de toda su vida, hasta su muerte.

Todos los años evaluaban su salud física y mental, más su en la vida profesional, familiar, amical y conyugal. Duró tanto el estudio que el primer y segundo director murieron antes de que se publicaran los resultados. La conclusión del estudio es fulminante: las personas felices son las que conectan significativamente con los demás.

Se vio que las personas conectadas íntimamente con seres queridos vivían vidas más largas, tenían un sistema más robusto, experimentaban una mejor salud física y mental, envejecían mejor y tenían trayectorias profesionales más exitosas que las personas que vivían en conflictos frecuentes o a solas.

Otros estudios han encontrado evidencias similares que indican que el aislamiento nos marchita. En un estudio que duró una década, Berkman y Glass (2000) encontraron que las personas solitarias tenían de dos a tres veces más probabilidades de morir en un espacio de diez años, que las personas satisfactoriamente conectadas con seres queridos (no necesariamente familiares, sino amigos, colegas o parejas).

James Coan y sus colegas (2013) encontraron que los pacientes que atravesaban por intervenciones médicas dolorosas aumentaban su umbral de tolerancia al dolor cuando sujetaban la mano de un ser querido o su foto. Por otro lado, Coyne y sus colegas (2001) realizaron un estudio con pacientes con congestión de la arteria coronaria y vieron que, al cabo de cuatro años, la gran mayoría del grupo de pacientes que reportaban satisfacción marital permanecía viva (72 %), mientras que la mayoría de los pacientes que reportaban marital ya había fallecido (56 %). Esto indica que la satisfacción marital tiene un impacto relevante en la salud física.

(Felicidad compartida: Guía práctica para una vida en pareja)