Vayamos a la oración no para buscar gustos, no para recibir allí consuelos, sino para mantenernos en gran reverencia y abatimiento delante de Dios; para derramar nuestra miseria ante su misericordia y estar, a pesar de todas nuestras distracciones, en su santa presencia, no queriendo ni buscando más que su beneplácito y santa voluntad.

Por tanto, no busquéis gustos y consuelos en la oración, sino a Nuestro Señor y su santa voluntad, que no se encuentra menos en las distracciones involuntarias que en las suavidades y consuelos.

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