9. El sueño de Yavé 

 
 

En un tiempo remotísimo fui
formada, antes de comenzar la tierra (…)
 

 
 Yo estaba junto a él como
aprendiz, y era su encanto cotidiano…
(Del libro de los Proverbios 8, 23, 30).
  

Yo te alabo, Padre, Señor del
Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios
y pruden­tes y las revelaste a los pequeños (Mt 11, 25).

  

Soñaba
Zabulón que no podía dormir, porque las es­trellas del cielo se le convertían
en ángeles, y los ánge­les en estrellas con largas colas de espuma plateada;
soñaba que el firmamento se llenaba de música, y que él mismo cantaba
villancicos acompañado por los de­más pastores y hasta por los ladridos del
perro, que parecían de fiesta, mientras la Madre de Jesús les son­reía.

 Luego, de pronto, vino como una nube negra y
soñó que todo era un sueño, que no existían ni la gru­ta, ni María ni el
Niño…; que él era sólo el pastor de un pequeño rebaño en Belén y más tonto
que las ove­jas, como decía su primo Nahúm.
 Entonces, le entró una llorera
tremenda, y ha­ciendo un esfuerzo ímprobo, llamó al Ángel:
 —¡Gabriel! 
 Tan fuerte fue el grito que se despertó.

Por lo visto nadie lo había oído. Su padre y
los demás dormían junto al fuego. 

El cielo, en silencio, tiritaba de estrellas.
 —¿Me llamabas, Zabulón?

Allí estaba San Gabriel, sentado sobre una
roca, con el rostro resplandeciente y con aspecto de estar satisfecho al final
de la jornada. 

Zabulón comprendió enseguida que sólo había tenido una
pesadilla, y trató de disculparse por haber molestado al Ángel sin motivo:
 —Es que estaba soñando, y…
 —Y te asustaste al pensar que todo lo que viste
era mentira.
 —¿Cómo lo sabes?
 —Porque me he asomado a tus sueños hace un
rato, y reconozco que casi me asusto yo mismo.

Zabulón empezó a sentirse un poco molesto:

 —Así que los ángeles os dedicáis a espiar los
sueños de los demás… 
 
El Arcángel se rió
divertido:

 —No te enfades, Zabulón. Nadie te espía; pero
Dios me ha pedido que esté siempre a tu lado para ocuparme de ti. ¿Sabías que cada uno de vosotros tie­ne
un ángel?
 —¿En serio…?
 —¡Claro que en serio! Y a ti, que eres tan impor­tante, te ha
correspondido un arcángel, y además un arcángel de categoría…
 —No te rías de mí, Gabriel.
 —No puedo reírme de ti, Zabulón; pero ahora es tarde y debes volver a dormir. Mañana,
cuando des­piertes del todo, quizá pienses que también esto ha sido parte del
sueño.
 —Un momento, Gabriel…
 —Dime, Zabulón.
 —Cuando era chico, antes de dormir, mi padre
solía contarme un cuento…
 —¿No querrás que le despierte también a él?
 —No hace falta: seguro que tú sabes historias mucho más
interesantes, que me ayudarán a no tener pesadillas.
 San Gabriel permaneció en silencio unos segun­dos.
Jamás habría supuesto que entre las obligaciones de un Ángel Custodio estuviese
la de contar cuentos. Claro que tratándose de la Navidad…
 —¿Y de qué quieres que te hable?
 —¿Por qué no me cuentas un sueño de Yavé? 
 El Arcángel le miró sorprendido como tratando
de asegurarse de que era él quien había hecho tan in­sólita solicitud:
 —De acuerdo, Zabulón —respondió al fin—, pero
con una condición.
 —¿Cuál?
 —Que, de ahora en adelante, no se te ocurra vol­ver
a decir que eres tonto… 
Anda, cierra los ojos, y es­cucha.
 —Hace muchos siglos, antes de que existiera el
universo, Yavé pensó crear la más hermosa de todas sus obras. Para Dios esto
parecía sencillo, y sin duda lo era. Al fin y al cabo, entre todas las
criaturas, algu­na debería ser la más perfecta, y Él podía formarla cuando
quisiera. Pero es que el Señor no se conforma­ba con eso: quería hacerla tan
bella que no fuese posi­ble mejorarla. Ni Él mismo debería ser capaz de lo­grarlo.

Comprenderás, Zabulón, que el proyecto presen­taba
problemas metafísicos de difícil solución: 

¿acaso tiene límites la omnipotencia
divina? 
¿Puede Yavé lle­gar a decir ya no
puedo más?
Por otra parte, ¿qué es la belleza? 
¿No es cierto que,
teóricamente al menos, siempre es posible crecer en hermosura? 
 No te preocupes: no pienso aburrirte con disqui­siciones
filosóficas, que sólo te producirían dolor de cabeza. 
El hecho es que, reunidos
(como siempre es­tán) el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, decidieron
unánimemente resolver el problema del modo mas sencillo: harían que aquella
criatura estuviese siempre tan íntimamente unida a cada una de las tres Perso­nas
Divinas que recibiera de ellas toda la belleza y to­das las perfecciones de
Yavé.
 Ella, a su vez, las refleja­ría como un espejo limpísimo.
 —Yo seré su Esposo —dijo el Espíritu Santo—. La
haré santa desde el mismo comienzo de su ser; fecun­daré sus entrañas con mi presencia,
y siempre estará llena de mí y de mis dones. Será Inmaculada y tan graciosa
como sólo puede serlo la Esposa del mismo Dios.
 —Yo seré su Hijo —continuó el Verbo—. Recibiré
su carne y su sangre, sus gestos y sus mimos. Y divinizaré sus besos, su mirada
y las manos que me acaricien. To­do lo suyo será divino, porque también será
mío.
 —Será mi Hija predilecta —afirmó el Padre—.
Estará siempre ante mis ojos, y con mi mirada la iré em­belleciendo hasta que
yo mismo no pueda dejar de contemplarla, de tanto amor que la tenga.

Esto dijeron los tres. Y los ángeles, que
estamos siempre en la presencia de Dios, escuchábamos mara­villados, sin saber
a qué clase de ángel podía referirse Yavé cuando hablaba de una criatura tan
excelsa.

 —Será un Serafín —aseguraban algunos. 
 La confusión era aún mayor ya que no podía­mos
comprender muchas de las palabras que acabá­bamos de oír: carne, sangre, besos, caricias… Y es que, como ya te he dicho,
Dios aún no había creado el uni­verso material y ni siquiera los arcángeles más
sabios estaban en condiciones de imaginarlo. 
 Lo entendimos, al fin, cuando Yavé empezó a so­ñar
con la que había de ser su Madre, su Hija y su Es­posa. No sé si te he dicho,
Zabulón, que, cuando Dios sueña, todos los bienaventurados nos asomamos a sus
fantasías igual que yo me he asomado antes a las tu­yas. ¿Te imaginas qué
maravilla es contemplarlo todo con los ojos y desde los sueños del mismo
Creador? El universo entero, y millones de universos posibles… 
Te aseguro que
la eternidad se nos pasa en un suspiro (bueno, ya me entiendes, es una manera
de hablar).

P

ero a lo que iba: Yavé
soñó con su Madre. 
Pen­sando en sus ojos, creó el mar; imaginando su sonrisa,
llenó las flores de pétalos; añorando sus caricias, na­cieron las palomas. Y en
cada mujer, desde el comien­zo del mundo hasta hoy, puso algo de María.
¡Lástima que algunas lo destruyan! 
 Ya sabes que en el Cielo no hay envidia. Desde
que el Señor nos puso a prueba y Satán cayó de lo alto, nunca hemos tenido ese
extraño problema.
 Así que estábamos todos tan contentos…
 ¿Y sabes como
llamábamos a María?: el sueño de Yavé. 
Hasta
que un día nació la Virgen, y Dios nos dijo su nombre: Llena de Gracia. 

Así se llama desde toda la eternidad, y así la
saludé yo hace nueve meses en su casa de Nazaret.

 ¿Sabes una cosa, Zabulón…? 
 El pastor no contestó. Llevaba ya mucho rato
dormido. Y esta vez no sufría pesadillas. Tampoco te­nía sus sueños habituales
de chico tonto. 
Estaba en el Portal. El Niño seguía dormido. El perro, a sus
pies, parecía una figurilla de barro. 
También Zabulón se sentía así: como un
muñeco de arcilla en las manos de Dios. Pero estaba contento mirando los ojos
de María.
 —Verdaderamente —le dijo— eres un sueño. 
 El ángel se retiró.

ENRIQUE MONASTERIO, EL BELÉN QUE PUSO DIOS.