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Guibrando Viñol no es ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco. Su trabajo consiste en destruir lo que más ama: es el encargado de supervisar la Cosa, la abominable máquina que tritura los libros que ya nadie quiere leer. Al final de la jornada, Guibrando saca de la entrañas del monstruo las pocas páginas que han sobrevivido a la carnicería. Cada mañana, en el tren de las 6.27, se dedica a leerlas en voz alta para deleite de los pasajeros habituales. Un día descubre por casualidad una pieza de literatura atípica que le cambiará la vida.La amistad une a un grupo de personajes aparentemente anodinos, probables compañeros invisibles de nuestros viajes cotidianos en tren, que esconden mundos extraordinarios donde todo es posible: un vigilante de seguridad que habla en verso, una princesa cuyo palacio es un aseo público, un mutilado que busca sus piernas. En una mezcla insólita de humor negro y dulzura, celebramos con ellos el triunfo de los incomprendidos. «[...] Será que como dice Dalrymple, "las librerías de viejo son uno de los pocos lugares cerrados donde una persona puede estar varias horas sin caer en la sospecha de que le guía algún propósito oculto". En el fondo, la de Dalrymple es una consideración optimista: George Orwell, que se empleó como librero de viejo, nos da imagen de una tristeza inherente a estos establecimientos cuando habla del "olor dulce al papel que se pudre", de este cementerio de moscas que se acumula en la parte superior de los estantes.Paraíso abierto para rastreadores durante tantos años, las librerías de viejo de Inglaterra han ido a menos: ya no se rebusca entre los anaqueles, tan solo se pregunta por un libro. Una pena porque, a menos librerías de viejo, menos libreros, ese tipo humano "con el que uno suele toparse bajo disfraces diversos (...) ", gentes raras, todavía con carácter en un mundo donde el carácter va a menos.»"Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa" de Ignacio Peyró (Ediciones Fórcola, 2015).Aunque quizá no sea del todo falso que vamos a menos o que tal vez se encuentre algún insecto descansando en las estanterías superiores, lo cierto es que los libreros seguimos siendo gente con carácter, gente que ama el acto de encontrar el libro exacto para cada lector. Y para ello publicamos cada mes esta serie de propuestas: para que podáis encontrar algo que os haga emocionar, sentir. Ojalá lo consigamos, al menos un poquito.
Guibrando Viñol no es ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco. Su trabajo consiste en destruir lo que más ama: es el encargado de supervisar la Cosa, la abominable máquina que tritura los libros que ya nadie quiere leer. Al final de la jornada, Guibrando saca de la entrañas del monstruo las pocas páginas que han sobrevivido a la carnicería. Cada mañana, en el tren de las 6.27, se dedica a leerlas en voz alta para deleite de los pasajeros habituales. Un día descubre por casualidad una pieza de literatura atípica que le cambiará la vida.La amistad une a un grupo de personajes aparentemente anodinos, probables compañeros invisibles de nuestros viajes cotidianos en tren, que esconden mundos extraordinarios donde todo es posible: un vigilante de seguridad que habla en verso, una princesa cuyo palacio es un aseo público, un mutilado que busca sus piernas. En una mezcla insólita de humor negro y dulzura, celebramos con ellos el triunfo de los incomprendidos. «[...] Será que como dice Dalrymple, "las librerías de viejo son uno de los pocos lugares cerrados donde una persona puede estar varias horas sin caer en la sospecha de que le guía algún propósito oculto". En el fondo, la de Dalrymple es una consideración optimista: George Orwell, que se empleó como librero de viejo, nos da imagen de una tristeza inherente a estos establecimientos cuando habla del "olor dulce al papel que se pudre", de este cementerio de moscas que se acumula en la parte superior de los estantes.Paraíso abierto para rastreadores durante tantos años, las librerías de viejo de Inglaterra han ido a menos: ya no se rebusca entre los anaqueles, tan solo se pregunta por un libro. Una pena porque, a menos librerías de viejo, menos libreros, ese tipo humano "con el que uno suele toparse bajo disfraces diversos (...) ", gentes raras, todavía con carácter en un mundo donde el carácter va a menos.»"Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa" de Ignacio Peyró (Ediciones Fórcola, 2015).Aunque quizá no sea del todo falso que vamos a menos o que tal vez se encuentre algún insecto descansando en las estanterías superiores, lo cierto es que los libreros seguimos siendo gente con carácter, gente que ama el acto de encontrar el libro exacto para cada lector. Y para ello publicamos cada mes esta serie de propuestas: para que podáis encontrar algo que os haga emocionar, sentir. Ojalá lo consigamos, al menos un poquito.