Aunque vivimos una intensa fiebre de final de siglo y de milenio, lo cierto es que ni uno ni otro terminan real-mente. El siglo XX, al igual que los anteriores, deja una herencia que perdurará en la mente de todos: en la forma de vivir, en las creencias, en el comportamiento, en la cultura... El nuevo siglo se recibe con parabienes. Pero no sabemos si esa bienvenida al nuevo milenio se debe más a las esperanzas que se aguardan o al deseado adiós a un siglo del que se desearían olvidar cuanto antes algunos momentos de su agitada historia. Humanismo, cultura, valores y solidaridad, en el sentido más amplio y generoso, son semillas que se han sembrado en el siglo que termina. La solidaridad nos ayuda a valorar al hombre como persona. Podemos hablar, por tanto, de una solidaridad humanística, cultural, que se empeña en superar todas las murallas que impiden la superación de una mentalidad individualista anterior. Revoluciones políticas, ideológicas, culturales, religiosas... Nuevas mentalidades y costumbres. Ayer se apreciaba la experiencia, lo permanente, el orden, la objetividad moral... Ahora priva la creatividad, el cambio, el subjetivismo individualista, el dato estadístico como criterio de comportamiento. No va a ser fácil una restauración moral y religiosa que dé paso a la esperanza de un tiempo nuevo, pero éste es el reto que nos traen los nuevos tiempos.