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Vine a este mundo una calurosa madrugada de un mes de agosto. Lo hice en un viejo sanatorio del centro, en el que la comadrona seccionó el cordón umbilical y, colgado por los tobillos de una de sus gruesas manos, azotó mis nalgas hasta que rompí en un llanto que marcaría el primer instante de mi tiempo en este mundo.
Vine a este mundo una calurosa madrugada de un mes de agosto. Lo hice en un viejo sanatorio del centro, en el que la comadrona seccionó el cordón umbilical y, colgado por los tobillos de una de sus gruesas manos, azotó mis nalgas hasta que rompí en un llanto que marcaría el primer instante de mi tiempo en este mundo.