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En el Prado Español, el parque público de la localidad de Tres Algarrobos, provincia de Buenos Aires, el Día de la Tradición fueron asesinados por la Policía públicamente y a sangre fría cuatro hombres pertenecientes a la familia Luna. Eran cuatreros, pero no fueron asesinados por eso. Tras el crimen, dirigido por un comisario apodado el Colorao, había por igual traiciones amorosas que desavenencias en el reparto de los botines obtenidos del cuatreo, de los cuales se nutrían importantes carnicerías y supermercados de Buenos Aires, todavía existentes. Corrían los tiempos de la Junta Militar, y nadie en su sano juicio se atrevió a levantar su voz contra la Policía, motivo por el cual el crimen quedó impune. Muchos de los protagonistas de esta crónica todavia viven, y algunos de ellos fueron entrevistados personalmente por el autor; otros, declinaron hacerlo porque todavía sucesos como éstos se verifican, y tuvieron miedo. El autor, al conocer la historia quiso relatarla con la máxima fidelidad posible, porque probablemente fue el último episodio de un orden mítico, el de los gauchos, que expira a marchas forzadas. Visto desde este punto de vista, esta novela es más que un testimonio épico de un mundo que se desvanece y de una forma de vida que ya se exingue; es también un homenaje a esa cultura gauchesca que elevó a los altares de la literatura José Hernández en su célebre obra Martín Fierro, el Quijote argentino. Es por esta razón que el autor prefirió respetar íntegramente los hechos, y escribir los diálogos en aquella lengua rural tan moteada de lunfardo, y el resto del texto escribirlo en el castellano.