El Gigante Egoísta (Óscar Wilde)

Oscar Wilde (
Irlanda: 1854-), El gigante egoísta

Cada tarde, a la salida de la
, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín
amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y
suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas
como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se
cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño
se cargaban de frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en
el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños
dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

-¡Qué somos aquí! -se decían unos a otros.

Pero
un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro
de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años.
Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir,
pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de
volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños
jugando en el jardín.

-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante.

Los niños escaparon corriendo en desbandada.

-Este
jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el
debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.

Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES

Era un Gigante egoísta…

Los
pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de
ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada
de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que
ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que
había detrás.

-¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros.

Cuando
la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin
embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno
todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se
olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre
la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los
niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.

Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.

-La Primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.

La
Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de
plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento
del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó
el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el
jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las
chimeneas.

-¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.

Y
vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas
tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor
parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo
lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el
hielo.

-No entiendo por qué la
Primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta
cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y
blanco-, espero que pronto cambie el tiempo.

Pero
la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos
dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio
ninguno.

-Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales.

 

De esta manera, el jardín del
Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte
y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre
los árboles.

Una ñana, el
Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una muy hermosa
llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que
tenía que ser el de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era
sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía
tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su
jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces
el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un
perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.

¿Y qué es lo que vio?

Ante
sus ojos había un maravilloso. A través de una brecha del
muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En
cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos
nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban
suavemente sus ramas sobre sus cabecitas . Los pájaros
revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era
realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno
reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un
niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del
árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando
amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de
escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él,
sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.

-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.

El Gigante sintió que el corazón se le derretía.

-¡Cuán
egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la Primavera no quería
venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a
botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de
para los niños.

Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.

Bajó
entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y
entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se
aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra
vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía
los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces
el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus
manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los
pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del
Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya
no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera
regresó al jardín.

-Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.

Al
mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al
Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto
jamás.

 

Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.

-Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?

El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.

-No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito.

-Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante.

Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.

Todas
las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el
Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo
volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños
pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de
él.

-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.

Fueron
pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se
debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón,
miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.

Una
mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no
odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la
Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.

Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró.

Era
realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del
jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas
sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del
árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.

Lleno
de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el
jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y
dijo:

-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?

Porque en la de las manos del niño había de clavos, y también había de clavos en sus pies.

-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.

-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor.

-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.

Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:

-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.

Y
cuando los niños llegaron  esa tarde encontraron al Gigante muerto
debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores
blancas.