“El primer día del año 1975, que será el año de su muerte, Escrivá pasa un rato festivo con sus hijos del Consejo general, en la sala de Comisiones.  Se le ve muy alegre.  En cierto momento pide que les lleven champán, allí mismo, para brindar por el año nuevo.

Invita a esos hijos suyos a unirse «todos los días a mi misa, pero ¡con más fuerza que antes!».  Y, a modo de explicación, añade: «porque este año que ahora empieza, estaré mucho más unido al Señor que nunca».  Ninguno, de los que en aquella habitación alzan su copa de champán, puede imaginar el alcance profético que van a tener esas .”

(Pilar Urbano, “El hombre de Villa Tevere”, p. 478)