Una pequeña reflexión antes del relato, la cantidad de cosas buenas que hizo antes de morir y en cambio nosotros que tenemos tiempo para hacer el bien y no lo hacemos…


DOMINGO. No puede ni moverse. Flebitis en ambas piernas. Tiene la respiración fatigosa. Como todos los días, comulga. Se ve que sufre mucho.

  • ¿Ya ofreces tus dolores, Faustino?
  • Sí, Padre… Por todos…, por todas las almas… Pero no puedo meditar.
  • No importa. Ofrece… Besa tu medalla de la Virgen.

Por la tarde, entra el Padre en su habitación.

  • Estás muy grave, Faustino. Tienes que ir preparándote. Pronto irás al Cielo.
  • Ya lo sé. Estoy muy mal.
  • ¿Qué te pasa? ¿Estás nervioso?

Sus manos tiemblan.

  • No, Padre. Es el cuerpo. Llevo tanto tiempo sin poder dormir… Pero por dentro, ¡tengo una paz!

En varias ocasiones había manifestado su pena de morir sin poder ser marianista. En vistas de su deseo y de la extrema gravedad, la Administración General Marianista había admitido a Faustino al noviciado para permitirle hacer su profesión in articulo mortis. Acababa de llegar ese permiso.

  • ¿Te gustaría ser marianista antes de morir?
  • ¡Sí, Padre! ¡Muchísimo!
  • Pues, mira: mañana, después de comulgar, haces los votos marianistas. Pero tú, por dentro, ya eres marianista, como yo… ¿De acuerdo?

Estaba radiante de felicidad.

  • Además, Faustino, quisiera darte unos encargos para el Cielo…
  • Sí, Padre, no faltaba más; se los haré…

Y el Padre le dio varios: el primero, el de consolar a sus padres desde el Cielo.

Sufre. El médico que viene a verle, lo encuentra peor. «¡Esto va rápido!».

Pasan las horas lentas, dolorosas. La respiración jadeante: el edema va invadiendo los pulmones.

  • Mamá, me estoy muriendo.
  • Faustino, ten paciencia.
  • Sí, mamá, ya tengo. Pero cuesta más…

Aprieta fuertemente en la mano la medalla de la Virgen. La besa con frecuencia…

  • Bésala, Faustino…
  • Sí, mamá. Si supieras… ¡Me está ayudando más!…

María está allí. Ayudando.

«La muerte del marianista -decía el P. Chaminade-, es una muerte en brazos de María. Está a la puerta del Cielo». ¿No invocamos así a la Virgen en las letanías?

A las 11 de la noche pidió de beber. Al mismo tiempo que la Hermana que le asistía, acudió su madre.

  • ¡Pero, mamá, todavía levantada!… Vete a la cama, mamá, que necesitas descansar.
  • Todavía es pronto; no te preocupes.

Siempre preocupado por los demás, olvidado de sí mismo.

Decía unos días antes a su madre: «Mamá, no puede ser. Que yo sufra está bien, porque la enfermedad es mía… Pero que tú tengas que sufrir por mí.., ¡no puede ser!».

Un cuarto de hora más tarde, llamó a su madre para que le ayudara. Al incorporar su pobre cuerpo hinchado, de repente, se soltó, y sin un grito, sin un gesto, tranquila y suavemente, se quedó inánime en brazos de su madre.

Una embolia segó su vida.

Eran las 11,20. Jesús y María acababan de llevarse al Cielo a su marianista de deseo.


Faustino Pérez-Manglano Magro nació en Valencia el 4 de agosto 1946, siendo el mayor de cuatro hermanos. Recibió de sus padres, Faustino y Encarnación, una cuidada educación cristiana. En 1952 ingresa en el colegio marianista “Nuestra Señora del Pilar” (en ese momento en la plaza del conde de Carlet). En 1954, recibe la primera comunión y en el 1955 la confirmación. En 1957 empieza el segundo curso de ya en el nuevo edificio colegial del Paseo de Valencia al mar (hoy Avenida Blasco Ibañez). Su vida se desarrollaba como un chico corriente: le encanta el deporte – la pasión del fútbol – natación, montaña. Le gusta el cine, la televisión, leer novelas, hacer amigos.

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