Tomada de una carta de Don Andrea Santoro (Roma-Trebisonda, 22 enero 2006), sacerdote asesinado en Turquía pocos días después (publicada en Zenit el 7.III.2006)

Una tarde, a principios de diciembre, estaba en la calle con mi furgoneta.

Debía girar, puse el intermitente e inicié la maniobra. Venía un coche rapidísimo. Tuvo que frenar para no embestirme. Uno bajó y empezó a gritar. Conociendo la irascibilidad de los turcos, sobre todo si están bebidos, proseguí, temiendo malas intenciones. Me di cuenta de que me seguían. Al llegar a la plaza me cerraron el camino. Me encontré con la puerta abierta, uno que me lanzó un puñetazo, otro que me arrancaba del asiento y otro más que quería arrastrarme. Me ha durado la marca de aquel puñetazo algunos días y el hombro, forzado, a veces aún me duele. Intervino la policía: estaban bebidos y se hizo un atestado en su contra. Volví a casa aturdido, preguntándome cómo se podía llegar al enfurecimiento.

Me vinieron a la mente las peleas que acaban con un muerto, las violencias cometidas contra una muchacha sola, la diversión sádica contra cualquier pobre desgraciado. Debo deciros la verdad: tuve miedo y durante algunas noches no dormí. Seguía preguntándome: ¿Por qué? ¿Cómo es posible?

Una semana después, hacia la tarde, sonó el timbre de la iglesia.

Fui a abrir: eran tres jóvenes de unos 25-30 años. Uno me preguntó: «¿Se acuerda de mí?».

Le miré bien y reconocí al que me había tirado del hombro. «He venido a pedirle perdón. Estaba bebido y me he comportado muy mal. Padre, perdóneme». «Está bien -le dije–, estate tranquilo. Pero no lo vuelvas a hacer, a nadie más». Entonces me pidieron visitar la iglesia.

Seguía pidiéndome excusas a cada paso. Vio una página del Evangelio expuesta en la vitrina: «Amad a vuestros enemigos», y entonces entendió por qué le había perdonado. Después me dice: también entre nosotros hay un dicho: «echa flores a quien te arroja piedras».

Y siguió: «Tuvimos un accidente algunos días después de golpearle. El coche ha quedado destrozado, uno está aún en el hospital y nosotros estamos magullados. Entre nosotros se dice que si uno hace mal a una persona y después muere no puede presentarse a Dios.

Porque Dios le dice: es a esa persona adonde tienes que ir. ¿Entre ustedes, padre, es igual?». «También nosotros decimos que no basta con dirigirse a Dios, sino que hay que reparar el mal hecho al prójimo. Decimos, sin embargo, también que si el inocente ofrece su dolor por el culpable, obtiene de Dios el perdón por quien ha hecho el mal, como Jesús, que ofreció su vida inocente para salvar a los pecadores. Jesús se hizo cordero para los lobos que le despedazaban y oró: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Con su cruz partió la lanza». En ese punto miraron la cruz. El tercero que iba con ellos era un vecino mío de casa; les había indicado la iglesia y se había hecho su mediador. Estaba feliz de enseñarles la iglesia y de haber obtenido la reconciliación con el sacerdote a quien conocía. Salió también una invitación a cenar, a la vuelta de Italia. ¡Veremos si el puñetazo ha producido también un buen plato de cordero asado!

Tomada de una carta de Don Andrea Santoro (Roma-Trebisonda, 22 enero 2006), sacerdote
asesinado en Turquía pocos días después (publicada en Zenit el 7.III.2006).