Había una vez una familia que vivía en un cortijo en el campo. Los hijos crecieron y se casaron y el padre envejeció. Un día los hijos le propusieron al padre que se fuera a vivir al pueblo y descansara de sus preocupaciones, que les dejara el campo a ellos que eran jóvenes, que a él no le iba a faltar de nada. El padre no respondió. Les dijo que cogieran un nido de jilgueros que había en un árbol en la puerta del cortijo y metieran a los pajaritos en una jaula y la colgaran en la misma rama y que observaran cada día lo que pasaba.

Continúa con la historia de la herencia

El jilguero y la jilguera venían 20 veces cada día y alimentaban a sus jilgueritos a través de los alambres de la jaula y éstos iban creciendo cada vez más y más. Cuando ya eran tan grandes como los padres, dijo el hombre a uno de sus hijos: Pon una vareta de liria en la rama del árbol y caza a los jilgueros padres. El hijo así lo hizo y al poco rato los cogió. Dijo el padre: Ahora suelta a los hijos y encierra a los padres, a ver lo que pasa. El hijo hizo lo que le ordenó su padre. Los jilgueritos salieron volando felices y contentos. Los padres quedaron encerrados en la jaula y al otro día estaban muertos de hambre porque ninguno de sus hijos se acordó de acercarse a llevar alimento. Los hijos no volvieron a plantear a su padre el tema de la herencia. “Dedicado a los hombres y las mujeres del campo. De Ventas Nuevas, lugar desaparecido bajo las aguas de un pantano”.