Conocí
a un hombre como tú; él también odiaba al crucifijo; lo eliminó de su casa, del
cuello de su mujer, hasta de los cuadros; decía que era feo, símbolo de
barbarie, contrario al gozo y a la vida. Pero su furia llegó a más todavía: un
día trepó al campanario de una iglesia, arrancó la cruz y la arrojó desde lo
alto.

«Este odio acabó transformándose primero en delirio y después en
locura furiosa. Una tarde de verano se detuvo, fumando su pipa, ante una
larguísima empalizada; no brillaba ninguna luz, no se movía ni una hoja, pero
creyó ver la larga empalizada transformada en un ejército de cruces, unidas
entre sí colina arriba y valle abajo. Entonces, blandiendo el bastón, arremetió
contra la empalizada, como contra un batallón enemigo.»

A lo largo de todo
el camino fue destrozando y arrancando los palos que encontraba a su paso.
Odiaba la cruz, y cada palo era para él una cruz. Al llegar a casa seguía
viendo cruces por todas partes, pateó los muebles, les prendió fuego, y a la
mañana siguiente lo encontraron cadáver en el río».
Entonces el profesor
Lucifer, mordiéndose los labios, mira al anciano monje y le dice: «Esta
historia te la has inventado tú». «Sí, responde Miguel, acabo de
inventarla; pero expresa muy bien lo que estáis haciendo tú y tus amigos
incrédulos. Comenzáis por despedazar la cruz y termináis por destruir el
mundo».

K. Chesterton