Reflexiones de un misionero ante una mujer moribunda

estoy muerto, agotado, si no tengo nada que dar’ . Se llamaba Marta, estaba con otros nueve entre hijos, hermanos, su madre. Estaba inválida, tendría quizá 34 años, el cuerpo cubierto de costras sobre un camastro mugriento. Sonrió de verdad, de sus adentros, y le dijo: ‘padre ¿ha venido a rezar?’‘Sí, sí, claro, para eso he venido, para rezar’.


Continúa este relato/anécdota…

En esta tarde, Cristo del Calvario,  / vine a rogarte por mi carne enferma; / pero, al verte, mis ojos van y vienen /
Jesús de mi vida, haber conocido tu amor… y todavía andarme con quejas y tacañeces. Pastor bueno, tan herido de pecados y de amores, ‘¿cómo quejarme de mis pies cansados, / cuando veo los tuyos destrozados?  / ¿Cómo mostrarte mis manos vacías, / cuando las tuyas están llenas de heridas? Pensaba en aquella mujer, imagen del crucificado, que sufría dolores espantosos por todo el cuerpo pero sobre todo una llaga purulenta en la espalda, que jamás cerraba.
¿Cómo explicarte a ti mi soledad, / cuando en la cruz alzado y solo estás? / ¿Cómo explicarte que no tengo amor, /
El calvario de Marta adelantaba… se le iba pudriendo la vida poco a poco. En eso Dios le mandó un ángel, se llamaba Marina, una misionera que la cuidó… Y pensó el sacerdote en Pero también, ¡que espantosas esas otras soledades, de hieles y vinagres saturadas!¡Getsemaní del alma! ¡Que duro amar a quienes ahora tan poco te aman!…’ soledades, de noches angustiosas, que me hicieron entender que sacerdocio es dolor, y que ‘quien no sabe de penas nada sabe de amores’… qué duras las soledades quien -por sólo tenerte a ti- nada, nada tiene cuando tú te alejas..”
Decía Marta en sus últimos días: “nací para sufrir, pero ¡cuantos hay que no tienen en este mundo gente tan buena como ustedes para aliviar las penas!… Si hubiera más gente así, todo el mundo sería feliz…”  y pensaba el sacerdote: ‘Te veo ahí, colgado entre el cielo y la tierra, coronado de espinas… sin belleza, sin aliento. Costado abierto y la mirada al cielo… Y pienso si aún no me faltan, lanzas, coronas, clavos y el costado abierto, que disipen más mis quejas y mis tormentos. Jesús ¿qué es un sacerdote sin tormentos?” Un día llegó uno de los hijos de Marta: “mi mamá se está muriendo”. Murió confiada en Dios, sin una sola queja. Y el sacerdote pensó que así rezaba el final del himno: “Y sólo pido no pedirte nada, / estar aquí junto a tu imagen muerta, / ir aprendiendo que el dolor es sólo / la llave santa de tu santa puerta’… dame ser contigo, pastor herido, pastor bueno… Dame Jesús, brazos fuertes para cargar a todos, ovejas al hombro y en el entrecruzar de mis brazos todos los corderos del mundo y que junto a mi corazón, descansen en tu regazo…” Amén.


Llucià Pou Sabaté