LA EMPLEADA DEL HOGAR

Joaquina era la mujer que ayudaba en casa.

Estaba normalmente en la cocina, si no limpiaba algún lugar de la casa.
Tenía una pequeña habitación con su baño.
Había llegado de su pueblo desde que era una niña.
Cuando había un evento familiar, Joaquina gozaba.
Cuando ocurría una desgracia, Joaquina lloraba.
Ella tenía sentido común aunque tenía pocas letras. Su escarpada firma no mentía. 
Pero estaba ahí. 
Siempre estuvo ahí. Se hizo mayor. Un día dejó de respirar pelando patatas.
Aunque era de la familia siempre me ha quedado el resquemor de que debíamos haber sido más cariñosos y comprensivos con ella.
Su vida se dedicó entera a nuestro servicio.
Ahora las reflexiones…

UNA MÁS DE LA FAMILIA

 


“¡Es una cosa de primera importancia el trabajo en
el hogar! Por lo demás, todos los trabajos pueden tener la misma calidad
sobrenatural: no hay tareas grandes o pequeñas; todas son grandes, si se hacen
por amor. Las que se tienen como tareas grandes se empequeñecen, cuando se
pierde el sentido cristiano de la vida. En cambio, hay cosas, aparentemente
pequeñas, que pueden ser muy grandes por las consecuencias reales que tienen”.San
Josemaría Escrivá de Balaguer

 

 Llevo
años buscando una oportunidad  para
agradecer públicamente el trabajo profesional de las empleadas de hogar. Y hoy,
días después de que mi gran colaboradora, mi gran aliada,  y mi gran amiga, nos haya dejado para ir
a descansar al cielo, considero un deber de justicia y gratitud reconocer el
valor que tiene esta profesión del trabajo doméstico. Ella está en el cielo y
Dios con ella. Ha servido a los demás hasta la última gota de su vida,
exprimida como un limón, atenta siempre a quienes más la necesitaban, con
lealtad y alegría, sin guardarse nada para sí misma.
 Estoy convencida de que el Señor al verla
llegar  le susurró al oído con una
gran sonrisa: «Está bien, sierva buena y fiel, puesto que has sido fiel en
lo poco , te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu
señor».

Es
verdad que el trabajo en el hogar esta poco reconocido y valorado socialmente. Pero
es “un oficio – solía decir San Josemaría Escrivá de Balaguer – de
trascendencia muy particular, porque se puede hacer con él mucho bien o mucho
mal en la entraña misma de las familias”. 

Es más, añadía: “A través de esa profesión —porque lo es, verdadera y noble— influyen
positivamente no sólo en la familia, sino en multitud de amigos y de conocidos,
en personas con las que de un modo u otro se relacionan, cumpliendo una tarea
mucho más extensa a veces que la de otros profesionales”. 
Decía Juan Pablo II a cinco mil empleadas de
hogar el 29 de abril de 1979: “Vuestro trabajo
de colaboradoras familiares: ¡No es una humillación vuestra tarea, sino una
consagración!” Y añadía: 
“Efectivamente,
vosotras colaboráis directamente a la buena marcha de la familia; y ésta es una
gran tarea, se diría casi una misión, para la que son necesarias una
preparación y una madurez adecuadas, para ser competentes en las diversas
actividades domésticas, para racionalizar el trabajo y conocer la psicología
familiar, para aprender la llamada “pedagogía del esfuerzo”, que hace organizar
mejor los propios servicios, y también para ejercitar la necesaria función
educadora.
 Es todo un mundo importantísimo y precioso que se abre cada día a
vuestros ojos y a vuestras responsabilidades”.
  

Y
tengo que reconocer que debido a mi situación personal, familiar y profesional,
unas temporadas más otras menos, siempre las he necesitado a mi lado como pieza
fundamental para mover el engranaje con el que la casa y todos los que vivimos
en ella funcionamos a la perfección.

 

 No
solo porque con su ayuda en el orden, limpieza y organización de mi hogar han
contribuido a crear un ambiente acogedor y agradable  fundamental para la convivencia; ni porque – gracias a Dios-,  he podido contar con su ayuda y  su apoyo necesario, indispensable e impagable
en todas y cada una de las tareas que conllevan el cuidado y educación de mis
hijos.
  

Más
bien, porque gracias a ellas, durante años, he
podido dedicar parte de mi tiempo a lo que más me gusta en el mundo: mi  familia, mis amigos y mi trabajo.  Y esto,
que no es poco,  les hace
merecedoras del titulo: “una más de la familia”. 

  

 ¡Por eso, hoy- como
decía Juan Pablo II con el que me identifico-, va mi aplauso a todas las
mujeres comprometidas en la actividad doméstica y a vosotras, colaboradoras
familiares, que aportáis vuestro ingenio y vuestra fatiga para el bien de la
casa!”