Mi secreto es muy sencillo: oro.
Orar a Cristo es amarlo.
Orar no es pedir.
Orar es ponerse en manos de Dios, a su disposición, y escuchar su voz en lo profundo de nuestros corazones.
Con frecuencia, una mirada ferviente, confiada, profunda a Cristo puede transformarse en la más encendida oración.
Yo lo miro; Él me mira: no hay oración mejor.

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