1001 HISTÒRIES DE BARCELONA (MIRET I ANTOLÍ, NÚRIA) (Sin clasificar)
THE PRODUCTION OF MONEY : HOW TO BREAK THE POWER OF BANKERS (PETTIFOR, ANN) (Sin clasificar)
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CAMIÑO A SANTO ANDRE DE TEIXIDO (VV.AA.) (Sin clasificar)
ORDENAMIENTO Y EL SISTEMA EN EL DERECHO (MEDINA MORALES, DIEGO) (Derecho)
LA CONTINUACIÓN DE LA REFORMA TRIBUTARIA (GARCÍA VALERA, ALBERTO) (Sin clasificar)
DE LAS VANGUARDIAS A LA ARQUITECTURA CONTEMPORANEA (RODRIGUEZ MORA OSCAR) (Arquitectura)
DE LA PSICODELIA A LAS CORTINAS DEL SIGLO XXI (COLLADO ARPIA MANUEL) (Siglo xxi)
UNO SE DIVIDE EN DOS (MLADEN DOLAR) (Sin clasificar)
CIRUGIA DE BOLSILLO (JONES,DANIEL B.) (Sin clasificar)
NADIE ESTÁ SEGURO CON UN LIBRO EN LAS MANOS (ALBA RICO, SANTIAGO) (Ficción)
?La experiencia de la lectura viene siempre determinada por dos coordenadas materiales. Una tiene que ver con el texto, que nos llega en diferido, en la distancia de un pasado que, cristalizado y conservado entre las tapas del libro, como en una lata de conservas, dejó de existir hace ya tiempo y nos alcanza por tanto amortiguado, despuntado y vencido: es lo que llamamos ?ficción?. La otra coordenada tiene que ver con el cuerpo del lector. La lectura reclama la postura sedente y condiciones más o menos confortables para la concentración. Ponerse a leer es, de alguna manera, aburguesarse. Se puede leer también, es verdad, en una trinchera o de pie en un vagón de metro, pero hasta tal punto el libro impone unas reglas ergonómicas de recepción que, apenas abrimos sus páginas, incluso baqueteados en medio de una tormenta, la lectura nos protege tanto de las verdades que contiene el libro como del mundo en que lo leemos. Esta diferencia en el tiempo y esta comodidad en el espacio constituyen la fuente de todos los peligros asociados a la literatura: el de que nos tomemos demasiado en serio lo muy lejano, como don Quijote, y el de que, al revés, nos tomemos como imposible o increíble lo más cercano?.
?La experiencia de la lectura viene siempre determinada por dos coordenadas materiales. Una tiene que ver con el texto, que nos llega en diferido, en la distancia de un pasado que, cristalizado y conservado entre las tapas del libro, como en una lata de conservas, dejó de existir hace ya tiempo y nos alcanza por tanto amortiguado, despuntado y vencido: es lo que llamamos ?ficción?. La otra coordenada tiene que ver con el cuerpo del lector. La lectura reclama la postura sedente y condiciones más o menos confortables para la concentración. Ponerse a leer es, de alguna manera, aburguesarse. Se puede leer también, es verdad, en una trinchera o de pie en un vagón de metro, pero hasta tal punto el libro impone unas reglas ergonómicas de recepción que, apenas abrimos sus páginas, incluso baqueteados en medio de una tormenta, la lectura nos protege tanto de las verdades que contiene el libro como del mundo en que lo leemos. Esta diferencia en el tiempo y esta comodidad en el espacio constituyen la fuente de todos los peligros asociados a la literatura: el de que nos tomemos demasiado en serio lo muy lejano, como don Quijote, y el de que, al revés, nos tomemos como imposible o increíble lo más cercano?.












