Nuestra sociedad sufre una auténtica adicción a las grandes infraestructuras de transporte, como las autovías, las líneas de AVE y los aeropuertos. Sin embargo, esta apetencia se basa en un buen número de tópicos y mitos que asignan a estas infraestructuras un papel positivo en el desarrollo económico, en la creación de empleo y en el reequilibrio territorial. Pero esto es algo que, a menudo, no tiene correspondencia con la realidad. Y es que la situación real es justo la contraria. Nuestra enorme dotación de infraestructuras infrautilizadas y la gran cantidad de fondos que nos seguimos gastando en construirlas, además de generar graves problemas ambientales y territoriales, han originado una hipoteca inmanejable, que ahora se está pagando recurriendo a cada vez más drásticos recortes sociales.