La obra que el lector tiene en sus manos constituye un magnífico exponente de lo que debe ser un libro de Historia. Conocí a su autor a finales de los años ochenta del siglo pasado, cuando ya mostraba una serie de cualidades que acabarían cristalizando
La obra que el lector tiene en sus manos constituye un magnífico exponente de lo que debe ser un libro de Historia. Conocí a su autor a finales de los años ochenta del siglo pasado, cuando ya mostraba una serie de cualidades que acabarían cristalizando