Una vez por semana desde hace unos meses cuatro personajes se reúnen para jugar a un juego cuyas reglas ha establecido uno de ellos, el anfitrión, que es, a su vez, quién contrata y paga a los tres restantes. El juego, un sucedáneo del Juego de la Oca, es al tiempo un juego de intensidad, en tanto que reproduce situaciones familiares y afectivas de calado profundo, y un juego de ligereza, porque esas situaciones están contempladas y desarrolladas desde una voluntad y una estructura vodevilescas. Pero ninguno de los participantes es ajeno al material con el que se juega, y la realidad ha ido filtrándose por los intersticios de las casillas. El dolor de la verdad ha contaminado la volubilidad del juego y las burbujas de la frivolidad se han convertido en proyectiles letales, como balines rellenos de plomo. En la sesión que nos ocupa, el juego del flirteo amatorio y del equívoco erótico apenas si puede esconder la crueldad de las agresiones que conlleva; y el velo de la intrascendencia es insuficiente para ocultar el magma hirviente de la soledad, el fracaso, la enajenación y la muerte, que enfurece a cada uno de los jugadores. Entre la liviandad de la comedia y el dramático sinsabor de los deseos insatisfechos los personajes zozobran, peces encerrados en la pecera del desasosiego. ¿Es imposible el juego o, por el contrario, lo que se pretendía con él era precisamente esa disección obscena y fría, como realizada en un laboratorio, de las miserias de nuestros sentimientos?
Una vez por semana desde hace unos meses cuatro personajes se reúnen para jugar a un juego cuyas reglas ha establecido uno de ellos, el anfitrión, que es, a su vez, quién contrata y paga a los tres restantes. El juego, un sucedáneo del Juego de la Oca, es al tiempo un juego de intensidad, en tanto que reproduce situaciones familiares y afectivas de calado profundo, y un juego de ligereza, porque esas situaciones están contempladas y desarrolladas desde una voluntad y una estructura vodevilescas. Pero ninguno de los participantes es ajeno al material con el que se juega, y la realidad ha ido filtrándose por los intersticios de las casillas. El dolor de la verdad ha contaminado la volubilidad del juego y las burbujas de la frivolidad se han convertido en proyectiles letales, como balines rellenos de plomo. En la sesión que nos ocupa, el juego del flirteo amatorio y del equívoco erótico apenas si puede esconder la crueldad de las agresiones que conlleva; y el velo de la intrascendencia es insuficiente para ocultar el magma hirviente de la soledad, el fracaso, la enajenación y la muerte, que enfurece a cada uno de los jugadores. Entre la liviandad de la comedia y el dramático sinsabor de los deseos insatisfechos los personajes zozobran, peces encerrados en la pecera del desasosiego. ¿Es imposible el juego o, por el contrario, lo que se pretendía con él era precisamente esa disección obscena y fría, como realizada en un laboratorio, de las miserias de nuestros sentimientos?