«No habría necesidad de predicar si nuestra vida resplandeciente de virtudes.

No serían necesarias las palabras si mostráramos las obras.

No habría paganos si nosotros fuéramos verdaderamente : si observamos los preceptos de , si soportáramos el ser injustamente tratados y defraudados, si bendijéramos a los que nos maldicen, si devolviéramos bien por mal.

No habría nadie tan monstruoso que no abrazara la religión, si realmente todos nos comportáramos así.»

(S. Juan Crisóstomo, Hom. Sobre 1 Tim, 10)