En la remota antigüedad una
tribu caminaba, a través de un campo, hacia un precipicio cuya existencia
ignoraba; la tribu, además de ignorarlo, no quería siquiera saberlo.

La gente iba deprisa, los
precipicios aparecen siempre repenti­namente, y la gente, atropellándose unos a
otros, caería al fondo del abismo porque, debido al crepúsculo, cada vez más
denso, no había visto el precipicio, ni podría detenerse a tiempo.

En la primera y segunda fila,
blandiendo las lanzas, avan­zaban los hombres de la tribu, llevando en la
retaguardia a las mujeres, los hijos y los enseres.



En su deseo de estar con ellos y salvarlos de algún modo, un hombre ya anciano, empezó a llamarles: no era ni listo ni culto, no sabía siquiera qué palabras debía emplear para que diesen la vuelta. 


El anciano se limitaba a preguntarles tímidamente: 

– hermanos, ¿no habéis olvidado que es preciso que os améis los unos a los otros?; o bien les decía: ¿no habéis olvidado llevar comida para el camino?

– ¡Lárgate de aquí!, le gritaban, porque le consideraban un ignorante y un poco tonto. 


Pero como para gritarle debían volver la cabeza, aunque sólo fuera un instante, la gente se iba apartando, por poco que fuera, del camino.


Tanto más cuanto él volvía para insistirles: 


– ¡Mirad, hermanos, qué maravillosa puesta de sol!, ¡es preciosa! 
– ¡Idiota!, le gritaban entre risas y rabias. Pero se volvían de nuevo y se desviaban un poco al menos.

Como resultado de ello y de las insistencias en llamarles la atención el viejo, la gente se fue desplazando y trazó una curva tan sinuosa que les permitió rebasar con fortuna el precipicio, evitando así la perdición.

 Claro está que la gente no se percató y pensó que habían estado caminando en línea recta.

– ¡Ya ves, viejo, estúpido, que no existía ningún precipicio, nos estabas asustando en vano!; y se reían despreocupados.

También el viejo, una vez cumplida su misión, se reía feliz.  
============================================================ (Tratar de actualizar esta historia: quiénes hacen ahora el papel del viejo; cuáles son los precipicios mortales hacia los que va la gente; es para ayudarles a reflexionar, a cambiar y evitar la caída).