Todos tenemos «el gusanillo» de Dios, hasta los más díscolos y anticlericales. Es conocido el giro final de Manuel Azaña o Enrique tierno Galván. Quien le iba a decir al genio de Paracuellos, Santiago Carrillo, que iba a coincidir frecuentemente en el ascensor de su edificio con un sacerdote que le ofrece servicios intermitentemente (genio por que logró destruir en poco más de cinco años al Partido Comunista, que Franco no pudo deshacer en 40).

He aquí otra historia real de inquietudes religiosas de un famosísimo escritor español  narrada MUY DISCRETAMENTE (incluso le llama Luis -aunque aportamos una prueba de quién es…) por el sacerdote que le atendió en La Granja, Segovia…

La Conversión de Un CONOCIDÍSIMO ESCRITOR ESPAÑOL

Comenzaba el mes de julio y yo andaba por la Sierra de Madrid dando clases y predicando, cuando recibí una llamada de mi amigo Alonso, el propietario de uno de los hoteles más conocidos de la zona. Estábamos, si no me equivoco en el año 1995.

Alonso quería invitarme a «tomar algo» y, de paso, presentarme a un conocido escritor ya anciano que solía pasar los veranos en el hotel y por el que yo sentía auténtica veneración. Lo llamaremos Luis de ahora en adelante.

Los encontré en la barra del bar. Luis, hombre taciturno y serio, llevaba en aquella ocasión la voz cantante. Me quedé a cierta distancia para no interrumpirle, pero enseguida se percató de mi presencia y por un momento pareció perder el hilo de la conversación. Dijo un par de frases más, se giró hacia mí, que hasta entonces no había abierto la boca, y en voz demasiado alta exclamó:

—Quiero hablar con usted, porque tengo que demostrarle que Dios no existe.

Me aproximé, traté de sonreír y le tendí la mano. Mi amigo aprovechó la ocasión para presentarnos. No era un buen comienzo, pero intenté romper el hielo.

—Me parece que soy yo quien tendría que demostrar que Dios existe, ¿no le parece? —le dije—. La carga de la prueba siempre pesa sobre el que afirma, no sobre el que niega. Eso es lo que estudié en Derecho Romano.

El escritor hizo un gesto con la mano, como si tratara de espantar un insecto.

—No, no… Dios no puede existir. Si existiera sería un ser perverso, capaz de crear el mal.

Quizá debería haberme callado, pero no lo hice.

—¿A qué tipo de mal se refiere? ¿A la enfermedad, al dolor, a la muerte?

—¡Sí, pero, sobre todo, a la mentira, a la hipocresía!

El bueno de Alonso quiso templar gaitas y llevar la conversación hacia temas más banales, pero Luis seguía en sus trece.

—¡Es absurdo. Dios no puede existir!

Así comenzó nuestra amistad. Sí, creo que debo llamarla amistad, aunque durara poco tiempo.

Aquella misma tarde, sentados en uno de los salones del hotel, empezamos a hablar del mal, del bien y de Dios. Recuerdo muy bien cómo empezamos. Me tocaba a mí mover ficha.

—¿Por qué cree que la mentira es un mal? —le pregunté.

Me echó una mirada de las suyas, entre irónica y recelosa:

—¿Usted no lo cree?

—Por supuesto. Estoy convencido de que es un mal, pero sólo porque Dios existe. Si no existiera, ¿qué importancia tendría que yo sea un hipócrita o una persona sincera? ¿Por qué va a estar mal que yo le engañe o que me divierta dando una imagen falsa de mí mismo?

—¿Así que usted defiende aquello de Dostoïevsky: «que si Dios no existe, todo está permitido»…?

Éste fue el comienzo de una conversación larga, serena y, para mí, inolvidable.

Es curioso: hay ateos que se dicen «agnósticos», sin saber muy bien lo que significa esa palabra, y predican su «agnosticismo» con un celo proselitista que para mí lo querría yo. Y hay auténticos agnósticos, que, por serlo, viven en la duda permanente, pero se definen «ateos», sin serlo. Éste era el caso de Luis. Hablaba de su presunto «ateísmo» con insólita agresividad, pero, en el fondo, no estaba seguro de nada. Veía venir el final y las dudas que le habían acompañado durante toda su vida se manifestaban con virulencia, sin posibilidad de disimulos.

Creo que ya nos tuteábamos cuando le dije:

—Tú sabes muy bien que te has pasado la vida buscando a Dios. Y esa búsqueda se refleja en todas tus obras.

Me dio la razón con su silencio, y preguntó:

—¿Pero usted sabe, de verdad, si hay algo después de la muerte?

Unos días más tarde volví al hotel y nos encontramos en la terraza. El sol apretaba fuerte, y se había puesto un sobrero blanco y unas gafas oscuras. Me dijo que estaba esperando a una periodista que quería entrevistarle.

—Entonces lo mejor será que me aleje.

—Por mí…, imagínate lo que me importa ahora que me vean con un eclesiástico —Luis siempre me llamaba así—. Si a ti no te molesta, a mí tampoco. Que piensen lo que les dé la gana.

—¿Y si nos sacan una foto?

—Mejor. Salimos en portada…

Luis, el viejo anticlerical encallecido, tomaba café en público con un cura. Realmente habría sido noticia.

Aquella mañana estaba contento. Hablamos del último libro que yo había leído: «señora de rojo sobre fondo gris», una conocida novela de Miguel Delibes, y la conversación derivó hacia la búsqueda de Dios a través de la belleza, del bien y de la propia conciencia moral. Me tocaba a mí llevar la batuta. Mi amigo se limitaba a oír en silencio con el rostro serio e inexpresivo como una piedra. Los dos dejábamos la vista en el horizonte, en la bruma lejana donde se vislumbraban los primeros edificios de Madrid. De vez en cuando, en las pausas, que fueron muchas y largas, Luis giraba la cabeza y decía:

—Siga, siga, le escucho.

No sé cuánto duró aquella segunda entrevista; pero sí recuerdo la conclusión a la que llegué: cuando se habla a solas con una persona que ya no necesita dar lustre a su propia imagen, ni recibir aplausos, ni escandalizar a nadie, ni ser original; cuando lo único que importa es conocer la verdad y el sentido de la vida, el alma más endurecida se hace permeable y los prejuicios se desmoronan poco a poco.

Luis —lo pensé entonces— nunca había querido «demostrar que Dios no existe». Aquel exabrupto que dio inicio a nuestra amistad era sólo un grito de auxilio. Y las largas pausas de la charla en la terraza estaban llenas de Dios. No me cabía ni me cabe ahora la menor duda.

Pero necesitábamos tiempo, y a Luis le quedaba muy poco.

Antes de marcharme, un poco avergonzado, le pedí un favor: estaba yo terminando entonces un librito, casi un folleto, sobre el que tenía bastantes dudas. Se titulaba «El belén que puso Dios». ¿Querría Luis echarle una ojeada para ver si aquello tenía salida?

Lo puse sobre la mesa, y al comprobar que era muy breve, asintió:

—Mañana le diré algo.

En ese momento llegó la periodista de «El Mundo» y un fotógrafo. Me libré por los pelos.
Han pasado doce años y, como es lógico, no soy capaz de recordar el orden ni el contenido de nuestras conversaciones.

La tercera fue, probablemente, un día después. Yo ya me había arrepentido de haberle dejado el borrador de mi librito. Por una parte, temía que no le gustase y que me lo dijera con demasiada «franqueza», quiero decir sin anestesia, hiriendo mi vanidad de cuentista en ciernes. Por otra, pensaba que corríamos el riesgo de cambiar de conversación. Y yo no estaba allí para hacer crítica literaria, sino para tratar de que mi amigo se reencontrase con Dios,.

Sin embargo, todo salió redondo. Me devolvió los papeles y, con su rostro de piedra, aseguró solemnemente:

—Eres escritor.

Eso fue todo. Un tanto confundido, no supe qué decir ni cómo continuar el diálogo. Pero él me lo puso fácil:

—Tu concibes el mundo como un belén donde Dios nace. Mi visión de las cosas es distinta. Para mí, el mundo es un infierno en el que Dios no ha estado nunca.

Quizá empezamos a hablar entonces de la guerra civil, de la cárcel, de Franco… Aunque ahora pienso que ya estábamos en Madrid. Sí, recuerdo que le hacían un homenaje (otro más) en el Ayuntamiento y me invitó al acto.

—Mira, Luis —le dije—, te seré franco…

—¡Ni se te ocurra! —exclamó—.

Y se rió de su propia gracia con una carcajada no sé si «franca» o democrática; pero, en todo caso, sincera y expresiva.

No contaré más. Sólo el final. Un día quedamos en que, cuando se sintiera morir, me llamaría por teléfono.

—Si hay una puerta en ese muro, no me vendrá mal que me ayudes a abrirla.

No fue posible. En primavera del año 2000 entró en coma a consecuencia de un infarto cerebral y falleció pocos días después. No me permitieron acercarme a su casa ni rezar un responso en el cementerio. Tampoco puse demasiado empeño, la verdad. A cierta distancia del féretro recé las oraciones previstas en el ritual y pedí por Luis ese día y los siguientes.

Un político declaró entonces que mi amigo había abierto «caminos a la luz cuando España estaba a oscuras». Pero yo sé, porque él me lo dijo, que se veía a sí mismo como un ciego que no renunciaba a ver las estrellas.

Dios, que le puso en el alma esa «insensata «aspiración, se la habrá alcanzado ya en el Cielo.

Publicado AQUÍ por un SACERDOTE